"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca

Presenciando el bochornoso espectáculo que el Sevilla nos regaló la tarde del pasado sábado, humillante en la primera parte pero también falto de dignidad en la segunda, recordé un pasaje de “El monarca de las sombras”, la última novela de Javier Cercas, dedicada a uno de sus antepasados extremeños, combatiente caído en uno de los episodios más crueles de la Guerra Civil, la Batalla del Ebro.

Javier Cercas es hijo de emigrantes, un catalán nacido en Extremadura que siendo un niño se trasladó al nordeste de la península de la mano de sus padres. Investigando sobre el antepasado que de alguna forma protagoniza la novela, tuvo que volver al pueblo en el que nació, al que durante muchos años había regresado en verano. Constató su atraso, la inmensa distancia que en España se ha consentido entre unas tierras y otras, ese lastre nacional que amenaza con romper el país si antes no se le pone remedio.

El escritor catalano- extremeño pertenecía a una familia considerada en el pueblo como aspirante a patricia, de vida campesina pero con ciertos reflejos y aspiraciones aristocráticas, con costumbres y tradiciones adquiridas de forma reciente y que trataban de reflejarse en el espejo inalcanzable de las de la nobleza propietaria de las tierras de labranza. Sin embargo, esa misma familia, una vez que decidió trasladarse a Cataluña,  se fue dejando todo ese carácter patricio a lo largo de los kilómetros que separaban el pueblo de Barcelona, y al instalarse en los arrabales de la Ciudad Condal comprobaron que no era sino puro espejismo, una pseudo aristocracia que se esfumó en cuanto dejaron atrás el cementerio del pueblo.

En nuestras tierras sevillanas conocemos bien a este tipo de personajes, a señoritos de provincias, aspirantes a codearse con personajes de largos apellidos y que solo se acodan en barras de bar atestadas de cristos y vírgenes, desde las que pontifican y discuten con pasión exacerbada acerca de cuestiones cuya relevancia se desintegra conforme nos alejamos por la avenida de Kansas City, por mucha que le den ciertos cronistas burgaleses.

El comportamiento del equipo sevillista en el Bernabéu fue el del paleto acomplejado que llega a la capital y en el camino se ha dejado todos los títulos y grandeza provinciana, con una conducta muy parecida a la que exhibió en el resto de escenarios importantes que ha visitado esta temporada, haya recibido o no un correctivo tan abultado como el que obtuvo junto al Paseo de la Castellana.

Es cierto, jugamos una Liga desigual y amañada, en la que los equipos que no pertenecen a la selecta aristocracia apenas pueden aspirar a recoger las migajas y a que sus mejores jugadores se vendan por precios dignos a los clubes patricios de este negocio de dueños oscuros, de monarcas sombríos. Es verdad que nuestra Liga puede irse al garete de puro aburrimiento ante las grandes diferencias existentes. Pero eso no justifica la vergüenza.

Amar al Sevilla implica asumir que la derrota nunca será excepcional. Quienes no estén dispuestos a aceptarla ya saben lo que tienen que hacer, recorrer el camino que han seguido otros en muchos pueblos y ciudades, el de amar equipos ajenos que nunca les corresponderán ni les tendrán en cuenta. Quienes tuerzan por equipos lejanos y victoriosos podrán ganar casi siempre, pero lo que casi nunca harán será abrazarse como nosotros a un desconocido que porta nuestra camiseta, y gozarán de sus triunfos en soledad, porque ni en los pasillos de su bloque lo podrán hacer, aunque, eso sí, podrán saltar todo lo que quieran en el salón de su casa, ante la televisión. Y cuando la ciudad disfrute de las escasas alegrías que nos dan, ellos no tendrán motivo alguno para salir de casa.

Sí, la derrota es parte de nuestro camino, pero no lo es, nunca lo debería ser, la falta de orgullo, la ausencia de ese coraje que es lema. Si no me das victorias, dame al menos dignidad. No me la quites. Los aficionados no jugamos, no marcamos. Los aficionados, ya nos gustaría, no podemos defender en el césped la camiseta que amamos. Los sevillistas aceptamos la derrota, lo que no consentimos es la falta de orgullo. Y eso fue lo que vimos el sábado, un Sevilla sin dignidad. Y el gran problema es que la dignidad y el orgullo la adquieren los jugadores sabiendo lo que significa el escudo que llevan en el pecho y, sobre todo, sabiéndolo quienes los dirigen, en el vestuario y en los despachos. Y el Sevilla de este año es débil, predecible y sin carácter. Y lo que parece es que lo de los partidos frente Villarreal o Liverpool no fueron sino espejismos.

Hace falta, no uno, sino varios golpes en las mesas. Porque hay varias, y de diferente calidad de materiales, en las que hay que darlos. Porque en la derrota  la que debe aparecer tiene que ser la tristeza. Nunca la vergüenza.

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