La tradición es volver a donde nunca estuvimos

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No pude ver la primera parte del partido con el Mallorca; tenía clases en la UPO hasta las 21:30. Cogí el metro y llegué para el segundo tiempo. No me perdí nada relevante, según me dijeron mis vecinos de glorias y fatigas; contención alta del vasco Aguirre y juego imposible de los nuestros. Gracias a Ramos llegamos con el cero a cero al descanso. Después entró Suso y todo cambió un poco. Ayer voté en el referéndum de la feria, voté por retornar al antiguo formato; aceptaré de buena gana el resultado. Soy de los que piensan que, al igual que el dogma de la infalibilidad pontificia, establecido en el Concilio Vaticano I en 1870, está restringido a materias de fe religiosa, el Sevilla Fútbol Club también es infalible en asuntos de buen gusto: lo que Sevilla decida, bien decidido está.

La tradición es el regreso a un lugar y tiempo donde nunca hemos estado. Esto no significa que tradición e invención sean sinónimos. En la invención, la imaginación crea lugares novedosos con la ayuda constructiva de la tradición. Por el contrario, en la tradición se regresa a lugares desconocidos orientados por la innovación. La tradición construye, la innovación orienta. La tradición es un ladrillo, la innovación es una brújula. Las expectativas de futuro nos conducen hacia el pasado que nos fundamenta. Tradición y cambio son un mismo estado inactual e inopinado del ser.

En esta semana pasada de feria, he regresado a una feria en la que nunca he estado y me he inventado una feria que nunca será, y he conocido a un descendiente del gran Juanito Arza. El navarro de oro dejó huella genética en Sevilla; una de esas huellas emigró a Flandes, Gante, y se casó con un flamenco del cual nació mi compañero de caseta en esta feria; Adrián Detavernier. Sangre de Arza en las venas, sevillismo genético en la diáspora. Al sevillismo le ocurre como en la «Milonga del moro judío» de Jorge Drexler: “Yo soy un moro judío que vive con los cristianos…”: Somos un exquisito estercolero multicultural como ofensivamente nos califican los racistas.

Viene el derbi. Caparrós ha hablado. Joaquín, que si no es exactamente infalible, se acerca mucho a la infalibilidad para los nuestros; en materia de sevillismo nunca se equivoca. El escudo juega y pesa. Vuelve la tradición de no perder. Se remueven las entretelas de la memoria. Me volveré a esconder en el cine a las nueve del domingo; ahora me toca buscar una película que al menos no sea insufrible.

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