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Resacón en Madrid

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Se vino de vacío el Sevilla Fútbol Club del Santiago Benabéu, un lugar en el que se prodiga menos la honradez que en la cueva de Alí Babá. No obstante, y sin que sirva de precedente, ganó el equipo local de forma deportiva y sin que hayan mediado los árbitros de manera torticera con cualquier interpretación rocambolesca de los hechos, como suele ocurrir en ese lugar que se ha convertido en una gigantesca fiambrera en las que antes nos ponían la comida nuestras madres cuando íbamos de excursión con el colegio. Ese estadio es hoy más feo que el que proyecta Del Nido Carrasco en Nervión.

En ese semejante adefesio de escenario en el que generalmente se cometen atracos deportivos dejó el Sevilla Fútbol Club una buena imagen, como ha hecho tantas veces, para caer finalmente merced a una acción individual; algo habitual cuando se tiene mejores futbolistas que el equipo contrario. El entrenador local sacó a un suplente llamado Luka Modric y el entrenador visitante tenía en el banquillo al exfutbolista Januzaj; la diferencia es obvia y así se puso de manifiesto en el marcador. El cambio es tan desigual como el que se protagonizó en el equipo arbitral cuando el titular Díaz de Mera cayó lesionado y tuvo que ser sustituido por quien ejercía de cuarto árbitro, un tal Fernández Buergo de 29 años que pita en la categoría de Primera RFEF, quien al parecer podría carecer de la tecnificación obligatoria para arbitrar en la máxima división del fútbol español.

Este posible incumplimiento de la normativa lo ha puesto de manifiesto un excolegiado que en los últimos tiempos se viene significando públicamente por su oposición a la mafia arbitral y federacional, quién sabe si por intereses ocultos o simplemente por despecho debido al trato recibido durante su tiempo de ejercicio activo. Sea por el motivo que sea, el caso es que Estrada Fernández ha mostrado un camino que, cuando menos, merece ser estudiado por los servicios jurídicos de la planta noble del Sánchez-Pizjuán y que pase lo que tenga que pasar si finalmente se observa que hay motivos para la impugnación. A partir de ese momento, que los tribunales del putrefacto fútbol español determinen lo que tengan que determinar, pero cualquier acción que sirva para poner de manifiesto la podredumbre federativa merece la pena el esfuerzo.

Tampoco va a tener consecuencia alguna la denuncia de los vídeos antiarbitrales que, en el colmo de la desfachatez y la desvergüenza, realiza la televisión del Real Ma(fia)drid, como del mismo modo ha quedado en el olvido la ausencia de la directiva del Sevilla Fútbol Club en el palco del campo del FC Barcelona, el otro tramposo, por el caso Negreira. Es evidente que nada que se haga de manera unilateral por un solo club va a tener resultados efectivos, más allá del simbolismo de mostrar públicamente su rechazo a los tejemanejes de los dos clubes prepotentes que mangonean el fútbol patrio. No obstante, en esa cruzada que está emprendiendo el Sevilla FC en solitario, convendría dar un paso más para dejar en evidencia también al resto de clubes profesionales de España, cuyo silencio ante las tropelías de los mafiosos es, paradójicamente, atronador; por lo que sería deseable incitar a sus aficionados a que clamen contra la actitud cobarde de los dirigentes de dichos clubes.

El objetivo último, pues, de la actuación del Sevilla Fútbol Club debe ser, por tanto, rebelarse contra el ‘statu quo’ que impuso la mercantilización extrema del fútbol cuando las televisiones privadas se adueñaron de este deporte para convertirlo en un negocio. En ese momento decidieron que el atractivo económico del balompié nacional estaba en la dicotomía entre madridistas y culés, de tal forma que el resto de equipos no serían más que cooperadores necesarios para el sostenimiento del tinglado, participando en desigualdad de condiciones con respecto a los dos privilegiados. Sin duda se trata de una batalla quijotesca mientras existan, por ejemplo, presidentes de clubes como el mediocre getafense Ángel Torres que se dedica a agradecer en público a El Padrino Florentino la llegada del francés Mbappé, cual vasallo que besa la mano de su amo. Cualquier acción que favorezca este tipo de actitudes babosas merece un aplauso generalizado. Y si las hace el Sevilla FC, más orgullo para el sevillismo.

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