Opinión
No ganan
Ante cualquier otro rival, el Betis hubiera ganado cómodamente este domingo. Pero no ganó y ya van… Y ante cualquier otro rival, el Sevilla Fútbol Club hubiera perdido, pero no perdió y ese es el pobre consuelo que nos queda. Lo que a ellos, el escudo, les pesa a nosotros nos levanta. Ocurrió en la ida del año pasado y ha vuelto a repetirse. Nosotros seguimos mal. Casi no tenemos pulso, ni idea colectiva del juego. Carecemos de misión y de ambición; la inestabilidad de arriba se traduce en el desorden de los de abajo.
Navas, Soumaré o Rakitić sostienen al Sevilla Fútbol Club en la caída, pero eso da solo para empatar, muy pobre. Llevamos tres años en que cada visita, en liga o Champions, al Sánchez-Pizjuán es un purgatorio para el sevillismo. Otra cosa es el paraíso de la Europa League, pero no siempre nos va a quedar Budapest o Glasgow o Varsovia o Turín… El mapa de capitales europeas se agota. Londres fue una pesadilla, una especie de eutanasia del fútbol, ni dos toques de balón seguidos, las oleadas del Arsenal azotando y Mariano andando. Malos sueños para las noches de los martes o los miércoles, nada que ver con las ensoñaciones de los jueves de UEFA y primavera.
Es difícil encontrar el sentido de la alineación del Sevilla Fútbol Club en las islas, salvo que alguien le dijera que el partido importante era el del Betis. Grave involución colocar de nuevo en nuestro faro al palmerín. ¿No quedamos en que el Betis es solo para nosotros como un cuñado incómodo y gracioso que nos irrita y entretiene a ratos? ¿A qué viene volver a medirnos con esa vara local tan cortita de leche? Sigo confiando en Diego Alonso, aunque todas las mejores evidencias disponibles me inclinan a pensar lo contrario.
El equipo de las criaturitas debería haber marcado en varias ocasiones en el primer cuarto de hora del partido, pero el virus sevillista ya ha agarrado al ingeniero chileno y le provoca cierta niebla mental cuando se ve delante de futbolistas que llevan nuestro escudo en las camisetas. El equipo del agrónomo chileno es como todos sus equipos: estable, sólido, bien armado y hasta un puntito elegante, pero muere muchas veces estéticamente en la orilla. El domingo ante el Sevilla Fútbol Club, y con el virus colorado ya inoculado, cayó de nuevo en la orilla. Esto no le resta méritos a Don Manuel Pellegrini, cuyo currículum es apabullante y que le ha regalado a los de la carreta de Cádiz el mayor periodo de estabilidad de los últimos años.
El currículum de Pellegrini es superior al de técnicos como Guardiola, Mourinho o Ancelotti, que siempre han entrenado con red, sostenidos por plantillas millonarias. El chileno lo mismo hace jugar al Málaga que al City, al Villarreal o al River. Cogió un Betis en plena turbulencia y lo serenó, rehabilitando a desahuciados como Canales o Isco. Esta plasticidad adaptativa de los métodos del chileno le da una ventaja comparativa con el resto de entrenadores de élite.
Pero me sirve este breve y elogioso análisis de la trayectoria del entrenador bético, circunstancialmente sentado donde está, para entender que debemos seguir confiando en Diego Alonso. Con el número de partidos que tiene ahora el uruguayo en el Sevilla Fútbol Club, Pellegrini tenía al Betis en descenso. No lo echaron; otro al que salvaron los estadios vacíos de la pandemia, y el Betis remontó dentro de lo que sus cortas alas le permiten. En un sistema de juego y un entrenador, es más importante que la calidad, la estabilidad y la continuidad en los patrones. Es cierto que nosotros sin la estabilidad en el banquillo y en los patrones hemos ganado mucho más que ellos, pero eso es un asunto del escudo, otra cosa, otros algoritmos, la lógica de la creencia colectiva, algo de lo que no es bueno seguir abusando.
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