Nadie sabe cómo acabará esta historia, pero lo cierto es que ha empezado bien. Dejen que otros se conformen con esa patraña de las «buenas sensaciones» que de nada sirven y poco contentan. Y es que la pareja Monchi-Lopetegui ha nacido bendecida por el poeta latino Ovidio porque es fruto de una metamorfosis, me explico. Ambos, en el pasado, fueron probablemente dos de los peores porteros de la primera división, con carreras llenas de momentos funestos. Cómo olvidar aquella malograda palomita de Julen mientras la gloria de un vuelo perfecto se le escurría entre las manos; cómo olvidar también a Monchi, abatido tras el tercer gol del Isla Cristina en la fatídica eliminatoria de Copa en septiembre de 1997.

Pero gracias al arte de saber metamorfosear, juntos han logrado resarcir e incluso rescribir las derrotas del pasado. Los dos siguiendo máximas del gran poeta latino: «Para agradar debes olvidarte de ti mismo», en el caso de Monchi y «Sé paciente y duro; algún día este dolor te será útil», para el técnico vasco.

Cierto que aún el juego no es vistoso y quién sabe qué ocurre con Dabbur, pero La Liga es un oficio de constancia. El propio Ovidio nos lo enseñó: «la gota horada la roca no por su fuerza, sino por su constancia». Por ello, la metamorfosis del Sevilla no ha hecho más que comenzar, seamos duros y pacientes como ellos.

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