Opinión
Tramposos y dictadores
La liga española es una vergüenza. Después de una victoria, se debe decir con mayor rotundidad para que los tramposos no pueden escudarse en el manido argumento de que sólo se quejan los perdedores. El Sevilla Fútbol Club ganó el viernes con mucho esfuerzo y sacrificio al Granada por 4-2 cuando podía haber resuelto el partido con mucha más facilidad si el árbitro de ese día hubiera pitado un penalti clarísimo a En-Nesyri con empate a cero en el marcador y hubiera dado validez a un gol de Rafa Mir cuando el partido iba 2-1.
Dos atropellos más que se suman a los innumerables que durante toda la temporada viene sufriendo el Sevilla Fútbol Club, el único equipo al que se le rearbitran jugadas desde el VAR, desobedeciéndose la norma reiterada desde principios de liga de que el vídeo sólo intervendría cuando el error del árbitro de campo fuera evidente.
La liga española es una vergüenza porque todos los artífices de las trampas que se cometen lo hacen con descaro y sin esconderse. El origen de todo ello está en el modelo de negocio en el que se basa la competición en España. La Liga de Fútbol Profesional compite en los mercados televisivos internacionales vendiendo un modelo basado fundamentalmente en la dicotomía entre el Ladrón Madrí y el ‘másqueunclub’ en el que el resto de equipos no son más que cooperadores necesarios, incluido un Patético de Madrí que se conforma con que le caigan algunas migajas.
En la pelea por la segunda plaza de la clasificación en la que participa nuestro Sevilla Fútbol Club, llama poderosamente la atención el diferente trato que recibe con respecto al ‘másqueunclub’, cuya plasmación se ha hecho evidente no sólo en el terreno de juego a través del indiscutible penalti de Araujo que el árbitro no quiso pitar en el último enfrentamiento directo entre ambos, sino también en los privilegios que se han otorgado al club catalán para que recomponga su depauperada plantilla en el mercado de invierno.
Incomprensiblemente, dada la situación de quiebra económico-financiera en que se encuentra, la LFP permitió a los culés incorporar a tres jugadores de élite nada menos que desde la liga inglesa, sin que hasta ahora se haya explicado cómo es posible que haya recuperado su capacidad para fichar cuando sólo tres meses antes no podía ni pagar las fichas de sus futbolistas. Privilegios, por tanto, dentro y fuera del campo para que el club abanderado futbolístico del ‘Españanosroba’ juegue la próxima temporada la Liga de Campeones, pues sin los millones de la máxima competición continental se vería abocado a una crisis financiera aún mayor.
La adulteración de la competición está, por lo tanto, en la raíz misma de la competición, como lo demuestra un simple análisis comparativo con respecto a otras competiciones deportivas mundiales que también concurren en el mercado televisivo mundial. En los 21 años completados en este siglo, la liga española es la que menos campeones ha tenido, sólo 4, contando incluso la presencia testimonial del Valencia, que ganó en 2002 y 2004, y del Atlético de Madrid, venciendo en 2014 y 2021.
Los 17 campeonatos restantes han sido para Ladrón Madrí y ‘másqueunclub’. Sin embargo, en Italia y hasta en Alemania, donde la superioridad del Bayern de Munich es manifiesta, se han sucedido 5 equipos campeones. En Inglaterra, 6; y en Francia, 8. Este reparto de los campeonatos no tiene nada que ver con los de otras competiciones que también mueven miles de millones de euros procedentes de las televisiones como las de soccer, fútbol americano o baloncesto de Estados Unidos, donde la amplitud de equipos campeones en este siglo es impensable en Europa.
La razón es elemental: mientras que el concepto anglosajón de competición se basa en el espectáculo que genera la competencia, el modelo español vende simplemente la rivalidad entre dos equipos potentes, de ahí que la desaparición de uno de ellos haga tambalear el modelo de negocio en su integridad.
Por ello, cualquier elemento de distorsión tiene que ser machacado por todos los medios y con la intervención de todos los estamentos. De ahí el carácter dictatorial de la competición, que acalla mediante sanciones y expulsiones a todo aquel que pone de manifiesto públicamente las trampas que semanalmente se cometen en los estadios para beneficios de los dos clubes ya mencionados. Le ha ocurrido a Pablo Sanz, segundo entrenador del Sevilla Fútbol Club, y le va a ocurrir al celtiña Iago Aspas, que se enfrenta a una sanción de entre 4 y 12 partidos por sus declaraciones después de que su equipo sufrió un auténtico atropello en forma de 3 penaltis en contra y un gol anulado en su partido ante, obviamente, el Ladrón Madrí.
Su queja por la desvergonzada actuación del árbitro González Fuertes, a quien el sevillismo ya conoce bien por su costumbre de expulsarnos jugadores, le puede costar no volver a jugar en toda la temporada. Una competición en la que, además de que te perjudican, te cercenan tu libertad de expresión no puede ser calificada más que como dictatorial.
Así pues, aquellos sevillistas ingenuos que a veces sueñan con hitos mayores de los conseguidos hasta ahora, déjense de ensoñaciones y de ingenuidades. El Sevilla Fútbol Club está en el máximo nivel en el que puede estar; ahora lo que corresponde es mantenerse.
12 de abril de 2022 · 05:30
Lo más leído
Pepe Castro, ganar al Real Madrid y errores arbitrales
Álvaro Salas Pérez
12 de abril de 2022 · 11:29
Diego Carlos, a un paso de conseguir la doble nacionalidad
Álvaro Romero Bascón
11 de abril de 2022 · 15:39
El Sevilla FC se empapa de Semana Santa dos años después
Javier Góngora Robles
11 de abril de 2022 · 13:02