Opinión
Era otro tiempo, otra mentalidad
Camino tranquilo. Por el centro de Sevilla, con mis cascos, con mi Zatu en la cabeza. «Era otro tiempo, otra mentalidad», resuena.
Y claro, de tanto resonar esa frase, uno piensa. Pero me quedo ahí, en esa frase, no indago, la obvio. Enciendo el móvil para ver las noticias (porque mi generación ya no mira el periódico, desgraciadamente) y me encuentro de sopetón con esta: tres meses desde la salida de Bryan Gil. Miro en los comentarios y aficionados del Sevilla Fútbol Club ‘alegrándose’ de que a un canterano, a uno de los nuestros, no le vaya bien. «¿Cómo puede ser esto?», grito. Pobrecitas las señoras de al lado, se comieron mi enfado.
Entonces, la voz grave del Zatu vuelve a resonar: «Era otro tiempo, otra mentalidad». Ahora sí. Ahora entiendo. Incrédulo de mí. Mi enfado es de otro tiempo; es de otra mentalidad. Cuando se lloraba la marcha de un canterano y su logro fuera se compartía en Nervión. Recuerdo las lágrimas de José Antonio Reyes, de aquel que nos salvó de lo que pudo ser una tragedia económica. De aquel que se volvió ‘invencible’ en Londres. De aquel del que nos acordamos cada día y al cual aclamábamos. También recuerdo ese manteo al bueno de Jesús Navas, que se iba a Manchester a seguir creciendo porque, nos guste o no, aquel Sevilla Fútbol Club se le quedó pequeño al Duende de Los Palacios.
A estas alturas de mi camino ya me he dado cuenta. Ahora entiendo porqué cada fin de semana me acerco a la Carretera de Utrera a ver al Sevilla Atlético o al Sevilla C. Ahora, sí. Añoro ese otro tiempo, esa otra mentalidad. Veo a chavales allí que de verdad sienten lo que hacen. Sienten la camiseta, el escudo… y, por qué no, añoro esos tiempos anteriores. Cuando eran los canteranos los que se manchaban de barro en el primer equipo del Sevilla Fútbol Club. Pero os voy a contar un secreto: añoro algo que no he vivido.
Aún me sigo sentando en el sofá de casa a escuchar las historias de mi padre. Un sevillista más, pero uno que ha vivido todo. Me cuenta con una sonrisa de oreja a oreja quién era Manolo Jiménez jugador, gracias al cual tuvo importancia el entrenador. También me explica lo que era ver a un Sevilla de Segunda, un equipo sin objetivos, sin fuerza. Pero eso sí, todo con una sonrisa de oreja a oreja. Y qué le voy a decir yo. Yo me callo, escucho y disfruto. Porque este Sevilla Fútbol Club no tiene sentido sin aquel. Porque las lágrimas que me suelta en cada final, gracias a esas historias, recobran valor.
Mientras sigo mi camino, vuelvo a pensar en aquella frase del Zatu. Entonces, ¿tengo suerte por haber nacido y conocido solo a un Sevilla Fútbol Club campeón? Contra todo pronóstico, no. No, porque lo de ahora no se entiende sin lo de antes. Y es aquí cuando hay que dar las gracias. Gracias por saber transmitir, contar, hacer sentir y poner los pelos de punta a los más jóvenes. Gracias papá, abuelo, tío mío. Porque el futuro es nuestro, de los más jóvenes. Pero no hay futuro sin pasado.
De repente, me paro. Suena el móvil. Me llama un amigo. Que coja el metro que hay partido en la Carretera de Utrera. Perdónenme, la semana que viene volveré con más. Más andadas para contar, más caminos para conocer el punto de vista de los que solo conocemos a un Sevilla Fútbol Club y añoramos al otro. En fin, Sevillista de finales.
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