Moravec no es un nuevo delantero

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El partido contra el Girona es nuestro último encuentro como tigre y así nos fue. En Madrid, el Sevilla Fútbol Club demostró que sigue fiel a una hoja de ruta fiable y segura: solidez defensiva, disciplina táctica, esfuerzo solidario, en fin, todas las virtudes de los equipos presa que tanto necesitamos. Apretados en torno al magnífico Nyland e intentando dar alguna mordida rápida arriba. Nada nuevo, pero nada menos que lo que demanda la actual situación del club. Quique Sánchez Flores parece que se ha hecho con las riendas del equipo. A partir de ahí, todo es posible. Nada está concluido y menos la salvación, pero la senda pinta bien.

El fútbol es muy difícil, ya lo hemos hablado; enseñar fútbol aún más. Hans Moravec no es un nuevo delantero croata del Sevilla Fútbol Club, sino un investigador austriaco en Robótica e Inteligencia Artificial que formuló la llamada paradoja de Moravec. La paradoja de Moravec es el hallazgo de la inteligencia artificial (IA) y robótica de que, de forma contra intuitiva, el pensamiento racional (inferencia lógica y cálculo matemático) demanda poca computación. Es decir, los algoritmos que simulan en máquinas este tipo de procesos son poco complejos de formular y poco costosos de diseñar. Por el contrario, representar funcionalmente las habilidades sensoriales y motoras humanas no conscientes y compartidas con otros muchos animales, requiere grandes esfuerzos computacionales. Por ejemplo, diseñar una máquina que juegue al ajedrez mejor que el campeón del mundo humano es fácil y relativamente barato. Aquello que nos parece más complejo (el cálculo diferencial, por ejemplo) es lo más simple, y lo que más fácil nos resulta (sentir calor en un dedo de la mano) resulta computacionalmente lo más complejo de representar.

Moravec afirmó: «Comparativamente, es fácil conseguir que las computadoras muestren capacidades similares a las de un humano adulto en tests de inteligencia, y difícil o imposible lograr que posean las habilidades perceptivas y motrices de un bebé de un año». No somos conscientes de lo más complejo porque lo más complejo habita en la inconsciencia. Y gracias a esta bendita inconsciencia, no terminamos agotados y exhaustos al final del día. Si consumimos al día 1500 calorías, no llega a 150 calorías las gastamos en calcular y en operaciones conscientes. Por ello, es tan estresante y agotador la autoobservación continua.

La explicación de esta paradoja, que al mismo tiempo es una metáfora social muy lúcida, está en la teoría evolutiva. Las funciones sensibles y motoras han costado millones de años de evolución, mientras que las funciones conscientes son relativamente nuevas y poco depuradas. La conciencia es la puntita de un inmenso iceberg sumergido en el océano de la inconsciencia. El fútbol no va de cálculos conscientes, sino de automatismos, como decía Emery. Cuenta el físico chileno del MIT Cesar Hidalgo que en una visita que realizó Pep Guardiola al laboratorio de robótica del MIT, donde investigaban sobre la fabricación de robots futbolistas, la cualidad más importante para un entrenador no es acertar en la programación de la estrategia y los dispositivos tácticos, sino persuadir a los jugadores de la conveniencia de la misma. Motivar al jugador para que crea en lo que hace en los entrenos diarios: lo que en fondo decía Guardiola es que la conciencia de los jugadores, creencia colectiva, refuerza a la inconsciencia, lo realmente importante, el entreno diario, los automatismos. Esto diferencia al buen entrenador del mero charlatán; no se trata de convencer solo, sino de convencer en lo correcto de aquello que se entrena cada día.

Los jugadores tienen que tener fe en el entrenador, y esto lo está consiguiendo Quique Sánchez Flores. Un entrenador dota a los jugadores esencialmente de automatismos que se entrenan, pero no se aprenden. Luego viene la estrategia, que es la disposición táctica de cada partido con base en el rival y a la evolución del encuentro. El entrenador tiene que disponer de distintos modelos de estrategias, pero todas son factibles solo si se dan dos condiciones en los jugadores: (a) la interiorización (inconsciencia) de eficientes esquematismos de coordinación y (b) la fe, creencia irrealista, en el entrenador. Volviendo a Moravec, el fútbol y los deportes de equipo en general han sido tan despreciados por la intelectualidad, no por su simpleza, sino por su complejidad, aunque ellos, la intelectualidad, son tan simples que no lo saben. Igual suerte ha corrido la supuesta brutalidad animal no humana, demasiado compleja para ser comprendida por individuos tan simples como los intelectuales. La pretendida simplicidad animal esconde ante la mirada logocéntrica una complejidad exuberante, como muestra la paradoja de Moravec. La ciencia, por medio de la ortopedia cognitiva, nos ha permitido saber hasta lo que no sabemos, pero sí hacemos. Cada día la ciencia está más cerca del fútbol y esto, lejos de producir un fútbol mecánico y aburrido, nos abre las ventanas al fascinante mundo de lo que no sabemos que hacemos, pero lo hacemos.

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