Hablemos de Lucas

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Corre la banda Bryan Gil con el balón en los pies, centra al área, En-Nesyri arrastra a los dos defensas de la Juve que le llevan persiguiendo todo el partido y el espacio libre en torno al punto de penalti es aprovechado por Lamela para hacer estallar de júbilo a los diablos locos que se han citado en el Ramón Sánchez-Pizjuán. En la banda, está uno de ellos, Lucas Ocampos. Quizás, el más loco y el más diablo de cuantos conviven en el vestuario del Sevilla Fútbol Club.

Ataviado con peto desde que fue sustituido, Lucas Ocampos apenas se ha sentado en el banquillo, transita constantemente por la banda dando ánimos a sus compañeros y haciendo de enlace para que la sangre roja que hierve en la grada se traslade al terreno de juego. Cuando el testarazo de Lamela pone el 2-1 en el marcador, Ocampos estalla y empieza a vivir una especie de éxtasis del que no despertará hasta casi una hora después cuando, en plena celebración compartida por aficionados y equipo, entra en una especie de trance al apagarse las luces del estadio y quedar encendidas sólo las linternas de los móviles de los aficionados.

¿Qué estaba pasando por la cabeza de un Lucas Ocampos que ha encontrado la felicidad futbolística en una ciudad que, probablemente, le era desconocida hasta hace unos pocos años? ¿Qué ideas tenía en ese momento de euforia impensable hace apenas un par de meses? ¿Qué recuerdos se le agolparían después del errante deambular con el que inició la temporada fuera del Sevilla Fútbol Club?  

Era 19 de agosto cuando el Sevilla Fútbol Club se enfrentaba al Valladolid en un partido empatado agónicamente, que empezaba a mostrar las fatigas que iba a sufrir el sevillismo en esta temporada. Lucas Ocampos entraba al campo en el minuto 62 para sustituir a Jordán. Casi media hora después, recién empatado el partido gracias a un gol de Rekik, el extremo argentino soltaba una escalofriante patada en la banda a un rival que le valió una benévola amonestación por conducta violenta. Esa acción revelaba no sólo el nivel de desquiciamiento que vivía un futbolista que, apenas dos años atrás, había encontrado en Sevilla su mejor nivel futbolístico, sino también cómo la descomposición del Sevilla Fútbol Club, lejos de detenerse durante el verano, se había agudizado. Lucas Ocampos era un futbolista en profundo estado de ira, con un futuro en tendencia a empeorar.

Dos semanas después de aquello, el futuro le deparaba uno de sus peores episodios con aquella rocambolesca operación que dio con sus huesos de mala manera en Amsterdam, donde vivió unos meses infernales como él mismo ha reconocido. Es posible que tan desagradable vivencia volviera a su cerebro cuando, el pasado jueves, el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán quedaba a oscuras mientras saltaba y cantaba la banda que forman afición y equipo. Es su segunda clasificación con el Sevilla Fútbol Club para una final de la Europa League, pero la primera que puede compartir con los diablos locos de Nervión y sus demostraciones de euforia son suficientemente elocuentes del sentir de su corazón.

Porque Lucas Ocampos es hoy la viva imagen de la importancia fundamental que tiene el estado de ánimo en el desempeño de un profesional. Bajo la excusa de los ceros que se agolpan en sus emolumentos, los aficionados descartamos con suma facilidad la consideración personal de quienes se enfundan la camiseta del Sevilla Fútbol Club, a los cuales exigimos un rendimiento máximo e inmediato con independencia de las circunstancias y coyunturas que les rodeen. Cometiendo en ocasiones extraordinarias injusticias, denostamos el trabajo de unos profesionales que difícilmente pueden, como tampoco nosotros podríamos, abstraerse de hechos que les rodean y les afectan como afectarían a cualquier otro ser humano. ¿Cómo podría no influir en el estado de ánimo de Lucas Ocampos la amenaza de ser transferido a otro club por mor de unas desavenencias con tu jefe, el entrenador?

Por citar otro caso flagrante: ¿cómo no iban a influir en Youssef En-Nesyri los murmullos y risas que provocaba en la grada cuando a principio de temporada su estado de ánimo era de tremenda inestabilidad por la desconfianza que le trasladaba su jefe, el entrenador del Sevilla Fútbol Club? Por mucho que los ceros se acumulen en sus cuentas corrientes, no se puede pretender que un futbolista se comporte como una máquina o como un muñeco de futbolín.

Lucas Ocampos, ese potro desbocado que hace unos meses era incapaz de controlar su ímpetu porque era incapaz de controlarse a sí mismo, es hoy un futbolista feliz, sereno, comprometido, calmado, capaz de asumir responsabilidades máximas e incluso de ejercer funciones de líder. Qué gloria para el Sevilla Fútbol Club y para el sevillismo contar con una persona así dentro de su plantilla. Cuánta importancia ha tenido para el cambio de tendencia del equipo la incorporación de Ocampos. Mucho más de lo que en principio pudiera parecer.

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