"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca

El despido de Berizzo ha levantado ampollas y ha sido criticado no solo en Sevilla o en España, sino también más allá de nuestras fronteras. Hay que decir que la mayoría de quienes han levantado la voz, apenas habían visto jugar al Sevilla en esta temporada. Más o menos igual que quienes no nos hemos perdido partido alguno, que esa es otra y, además, la madre del cordero.

Muchas veces, cesar a un entrenador no es más que la estrategia de los dirigentes para acallar las críticas a la marcha del equipo, a una mala planificación, un intento de atajar los malos resultados. Con frecuencia, la defenestración del responsable del banquillo es la solución fácil, pero este no ha sido el caso del Toto, y por diversas cuestiones.

Para quien no haya seguido al Sevilla, se hace difícil de entender que un equipo de su nivel, que a día de hoy marcha quinto en la Liga, que tuviera que despedir a su entrenador. Por mucho que aspire a entrar en Champions, aunque lo haya hecho en anteriores temporadas, a pesar del dinero invertido en fichajes, el quinto lugar en la tabla hubiera sido una posición más que valiosa hasta no hace tanto tiempo.

Sin embargo, han sido las individualidades y no el equipo quienes han otorgado muchos de los puntos que se han logrado. Victorias como las conseguidas ante el Getafe o el Girona, el empate ante el modestísimo Maribor o la rocambolesca clasificación para la fase de grupos de la Champions, son buen ejemplo de ello y, desgraciadamente, no los únicos.

El Sevilla ha carecido de alma, ha sido muy vulnerable, su sistema era tan obsoleto como arriesgado, y por eso nos pintaron la cara de forma vergonzosa en Madrid, en Valencia o en Moscú, a punto estuvo de hacerlo por dos veces el Liverpool, y fuimos un equipo auténticamente ramplón y mediocre ante Barcelona, los dos Atléticos o la Real Sociedad. En el Sevilla fallaba el entrenador. Así de claro, y aún más si a lo ya dicho añadimos que la casta y el coraje habían desaparecido, que la forma física del grupo, no de jugadores aislados, sino la del grupo, se hallaba por los suelos. Encima, y no defiendo en absoluto al jugador, N’Zonzi, el futbolista más destacado de las dos últimas temporadas, formaba un lío de mil demonios en el vestuario. Prescindir del entrenador era necesario, y si me apuran, urgente. Pero al parecer, el hecho de que el entrenador padeciera cáncer de próstata justificaba para muchos que el entrenador siguiera. ¿Por qué, por caridad?

Padecer de cáncer es algo muy serio. Todos lo sabemos, porque todos hemos tenido o tenemos casos más o menos cercanos. Cuando se diagnostica una enfermedad con tan mala prensa, a la que da miedo o impresiona nombrarla, los enfermos se ponen en manos de los médicos, que aplican los mejores tratamientos quirúrgicos y farmacológicos para intentar superar la enfermedad.

El tratamiento es un proceso durísimo, muy largo, y mantener la entereza es difícil y tener las agallas que hasta ahora ha demostrado tener Berizzo resulta de admirar, por más que sea una forma de afrontar el miedo que cualquiera podemos tener. No importa que el enfermo pueda en algún momento desfallecer como ser humano que es, porque la entereza no se puede exigir a nadie, y nadie está en obligación de demostrarla porque eso no significa nada. Nadie es más héroe por estar más entero ante algo que no depende de uno.

No sabemos cómo reaccionará Berizzo en el futuro y por tanto, no podemos especular sobre cuál sería su actitud, de valentía o de miedo (si es que no son caras de la misma cosa), de preocupación, de negación, de…lo que sea. Eso no se juzga, eso no se discute. Pero si estoy seguro de algo, de lo poco de lo que puedo estar seguro en un proceso así, es que la mayor indignidad que puede haber hacia un enfermo de cáncer es sentir lástima de él. Se llame Eduardo Berizzo o Pepe Pérez, que tanto da.

La lástima, esa hipócrita piedad compasiva, es una auténtica falta de respeto a la persona, y lo que merece Eduardo Berizzo, la persona, lo más grande que uno es, sea entrenador de fútbol, estrella de cine o un modesto trabajador cualquiera, es que se trate con respeto a la persona, que se le dignifique como ser humano, y en la profesión que ha elegido, pública y de muchos cambios a lo largo de la vida, no hay mayor respeto que enjuiciar su trabajo en función de parámetros profesionales y no por la pena, y esos parámetros, y bien que lo sentimos todos, nos dicen que su relevo es necesario. Quizás hagan falta otros, pero esos tardaremos algo más en verlos; no más allá de final de temporada, pero ya se vislumbran.

A Berizzo no se le cesa por el cáncer sino por su trabajo. Como entrenador, ha tenido mucho éxito en equipos que ha dirigido, pero aquí no lo ha tenido. Y no habrá sevillista que no le desee, por la profesionalidad que ha tenido en todo momento, por sus ganas de trabajar y, claro que sí, por el trance vital que está pasando, suerte en el futuro.

Todos deseamos, primero, que recupere su salud, y segundo, que aprenda de los errores que aquí ha cometido, para que vuelva a ser el entrenador competente que ha sido hasta ahora, y que su fracaso en el Sevilla solo haya sido una mancha en el curriculum fácil de borrar, como a otros les ha ocurrido. Muchas fuerza, míster, mucha suerte. De su recuperación nos alegraremos todos los sevillistas

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