Que vuelva la alegría

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De acuerdo a la teoría que sugirieron Jul y Gan en el artículo de la semana pasada, la derrota de la selección española de manos de Marruecos no augura nada bueno para el Sevilla Fútbol Club. Las lesiones de Delaney y de Telles, el encontronazo entre Monchi e Isco, son cuestiones importantes que ensombrecen aún más el futuro a pesar de que, paradojas de la vida, el Sevilla ocupa como club la segunda plaza mundial en el número de futbolistas que aporta a las semifinales de la Copa del Mundo.

El ambiente enrarecido continúa en la Ciudad Deportiva, la niebla no se disipa y se aprovecha para reyertas internas. Como ejemplo de desmoronamiento de una idea el Sevilla Fútbol Club no tiene desperdicio, urge que lleguen buenas noticias y que la necesaria unidad de todos vuelva a producirse porque, por muchos fichajes y nuevas caras que lleguen, si no cambia la nuestra poco se va a poder hacer.

Dicho esto, y después de la dura derrota de la selección ante Marruecos, qué alegría da ver triunfar a Bono y a En-Nesyri, dos de los nuestros de verdad, que, con mayor o menor acierto siempre se batieron el cobre por el escudo.

Aunque ni Jul y Gan son de fútbol de estado, como señala Francisco Garrido Peña, sino de club, sí que han comentado en estos días el papel de países pobres como Argentina o Marruecos en este campeonato. Solo un país del primer mundo, Francia, porque Croacia lo es a medias, estará presente en las semifinales, y uno sin tradición, representando a África y al mundo árabe, alcanzará por primera vez un puesto entre los cuatro primeros.

A pesar de que el fútbol de estado no les agrade a mis amigos, saben que es la única posibilidad de que muchos países alcancen una posición relevante en el panorama mundial. Tal y como están las cosas, será muy difícil que algún equipo marroquí ni de la liga argentina lleguen a destacar en el fútbol de clubes, de ahí que el Mundial sea su oportunidad para alcanzar la gloria en un torneo de prestigio. Los jugadores de sus selecciones han debido emigrar para poder destacar. Pocos futbolistas de estos equipos participan en sus ligas domésticas y, como muchos de sus compatriotas pero a otra escala económica, también han debido dejar atrás a su gente y a sus familias para buscarse un futuro mejor. Los ciudadanos de estos países solo pueden sentirse felices por las victorias de su selección o, en un tono notablemente menor, porque alguno de sus compatriotas forme parte de una plantilla europea ganadora. Un premio poco relevante.

Que selecciones de países en vías de desarrollo ganen una Copa del Mundo no es ninguna novedad. De hecho, la selección que más torneos ha ganado ha sido Brasil, un país en el que las desigualdades y los niveles de pobreza son acuciantes. Y qué decir de Uruguay o Argentina, vencedores en dos torneos cada una. Pero que el fútbol de selección vaya por un camino diferente al de la riqueza, con la complejidad táctica, emocional y física que conlleva, es muy importante.

Porque, finalmente, y por mucho fondo de inversión o millonario tenebroso que sobrevuele, el fútbol sigue siendo un deporte de barrio para el que basta un descampado y algo más o menos redondo para practicarse. Esa es su grandeza, que difícilmente podrán destruir los petrodólares, los dólares sin petróleo o esa versión de trileros 3.0 a los que se les denomina fondos de inversión. No obstante, hay que decir, y no se debe olvidar, que ninguna victoria deportiva debería ocultar las derrotas sociales de esos países, cuyos dirigentes utilizan las victorias deportivas para pasar de puntillas por las carencias y las injusticias, y así seguir haciendo de su capa un sayo.

La Copa ha puesto en el escaparate a nuestros jugadores marroquíes. Quién sabe si volveremos a verlos vistiendo nuestra camiseta, si serán la ofrenda necesaria para revertir los innumerables errores cometidos a lo largo del último año. Quién sabe si aun así regresará el acierto y la serenidad a la entidad. En enero se abrirá la ventana de fichajes, pero días antes sabremos quién se quedará al mando del Sevilla Fútbol Club.

Puede que no haya que llegar al 30 de diciembre, cuando tenga lugar la Junta de Accionistas. Puede que sea un juez el que baje el pulgar para unos o para otros. Los aficionados del Sevilla Fútbol Club asistimos perplejos, cansados, a todo lo que está sucediendo. No sabemos si, por el hecho de no poder hacer nada en lo accionarial, lo que deseamos es que todo termine cuanto antes y de la forma que sea. Porque si miedo da que el club caiga en manos de fondos de inversión, que lo único que desean es obtener beneficios económicos de las sociedades en las que intervienen, algo parecido se siente de pensar que ciertos incompetentes se mantengan al mando de la nave.

Mientras el futuro se acerca y, además, de forma inevitable, qué alegría da compartir la felicidad con jugadores del Sevilla Fútbol Club como Bono y En-Nesyri. Mucho más que con los tres argentinos, que se burlaron de forma indigna de sus contrincantes en cuartos de final, algo que no por ser bastante habitual en su selección deja de ser algo deplorable y poco digno de un deporte que, siendo bellísimo, lo contaminan muchos dirigentes y futbolistas que sencillamente no saben ganar.

Quedémonos siempre con la belleza, y ojalá que ese equipo disciplinado, fuerte y entusiasta que conforma Marruecos y del que forman parte dos de los nuestros llegue aún más lejos. Porque ellos sí que pueden contagiarnos, y devolvernos, la alegría.

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