Opinión

La potencia imprevisible

La potencia imprevisible

Toda aquella persona que haya tenido la santa paciencia y generosa lectura de seguir mis posts en La Colina de Nervión no podrá dudar de mí, espero, fundamentado optimismo en lo que se refiere al Sevilla Fútbol Club. Pero después del partido en Mendizorroza tampoco podrán poner en duda que partidos como este, con diferencia el peor de esta temporada, someten este inveterado optimismo a una durísima prueba. ¿Desanimado? ¿Hundido? ¿Alguna luz en el horizonte? Ni lo uno, ni lo otro, ni lo de más acá: «En España quien resiste, gana», decía Cela. No hay motivos para la euforia, ni el panorama augura mejoras notables, pero eso no me hunde ni me desanima porque mi optimismo no es flor de un día, ni se asienta en datos coyunturales de antes de ayer, sino en una línea tendencial que no la quiebra ninguna tarde lluviosa en algún Mendizorroza del mundo.

En mi particular camino de Damasco, los títulos europeos, aparte de llenarme de un inmenso gozo como a todo el sevillismo (incluidos los protestantes), me sirvieron para detectar un hilo rojo invisible, como aquel que ensartaba, según Bloch, a toda la tradición del pensamiento univocista desde Aristóteles a Marx, y que definía al Sevilla Fútbol Club desde Spencer y Kinke: la potencia, por seguir con el estagirita al que tanto amo, imprevista. Y por imprevista invisible, en muchos casos a los ojos del mundo (y especialmente a los propios, como los míos hasta el gol de Puerta). Y esto comprenderán ustedes, amables lectores y lectoras, está muy por encima de la indolencia deplorable vista en Vitoria o del espectáculo, aún muchísimo más penoso que el juego del equipo, de la pelea accionarial.

¿Potencia imprevista? Qué delirio palangana, ¿no? Lo explico. El sur no existe para la España futbolística, quizás tampoco para las restantes Españas, sino como esperpento (el jugador número doce de la selección, el “manque pierda” del Heliópolis, los chistes de Joaquín…) o escándalo (los equipos andaluces son los que más multas y cierres atesoran). En medio de esa densa niebla mental es imposible ver la realidad de un club que nació en 1890 y que es uno de los grandes innovadores de la historia del balompié español y europeo. Ha tenido que ser Europa la que evidencie esta potencia imprevista oculta. Las siete copas europeas son el espejo donde debemos mirarnos. Un ejemplo reciente de este espejo fidedigno: mientras que los saltimbanquis de los medios madrileños ningunean a Navas y elogian al gracioso —tener gracia o ser un gracioso no es lo mismo precisamente para la semántica sevillana— de Joaquín, *The Guardian*, uno de los grandes diarios ingleses —para mí el mejor— acaba de publicar un encendido y justo elogio de la trayectoria increíble del duende de Los Palacios.

La clave es seguir sostenidos en una mayoría accionarial sevillista. Que el Sevilla Fútbol Club siga en manos de sevillistas de cuna debe ser la consigna. Cuando los Biris gritan con toda la razón del mundo: «¡El Sevilla somos nosotros!», están diciendo esto mismo. Porque aquí el secreto, como en la pizza, está en la masa; la masa de sevillistas que a lo largo de tres siglos hemos vivido por el club y muerto con la sana e imposible esperanza del tercer anillo. De esta potencia imprevisible han dado cuenta con rigor empírico y solvencia científica admirable el área de Historia de nuestro Sevilla Fútbol Club. A ellos debo agradecer que mis intuiciones —ese hilo rojo inasible— no fueran un simple trastorno mental transitorio de un palangana venido arriba con un zurdazo de ensueño. Ellos han demostrado que esa potencia ha existido desde los primeros momentos y que esa tendencia histórica es constante a condición de que no cambie su naturaleza prístina.

«Tengo el alma de nardo del árabe español», comenzaba Machado, Manuel, uno de los más bellos y espeluznantes poemas que mejor definen al andaluz. «Alma de nardo». De ese alma de nardo árabe español brota la potencia imprevista de nuestro Sevilla Fútbol Club y sobre la cual asiento mi imperturbable optimismo. Antes —un poco más arriba— le expliqué; ahora les cuento: yo nací al sevillismo en una época de decadencia para el club —primeros años sesenta— y a falta de ver victorias inmediatas me tuve que conformar con escuchar leyendas pretéritas. Al terminar los partidos —frecuentemente con derrotas humillantes o con empates insulsos— íbamos (mi padre y yo) a una confitería que estaba en el tercio final de la calle Feria —más cerca de la Resolana que de San Juan de la Palma— regentada por un matrimonio sevillista devoto donde endulzábamos nuestras penas y rememorábamos —yo también aunque no había nacido en esos momentos— los viejos y perdidos buenos tiempos. Les digo solo el nombre y lo entenderán todo: esa pastelería se llamaba —y esto no es ninguna licencia poética— La Gloria.

"Si dios fuera absolutamente libre, no habría creación. 
El ser infinito ha asumido en si el misterio de la limitación".

Rabindranath Tagore

Francisco Garrido Peña

Calendar 23 de septiembre de 2024 · 09:46

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