Opinión
El día que el Sevilla eligió vivir
El partido contra el Mallorca fue una bifurcación, como la del encuentro ante Osasuna de la tarde del sábado. Aquella podía proyectarnos hacia la competencia por Europa, mientras que la de este choque con Osasuna, en caso de derrota, podía empujarnos hacia abajo, a la parte baja de la tabla. En física clásica, especialmente en el ámbito de la dinámica no lineal y la teoría del caos, una bifurcación es un punto de cambio cualitativo en el comportamiento de un sistema. Ocurre cuando, al variar ligeramente un parámetro de control (en este caso, un partido concreto), el sistema pasa de un régimen estable a otro, o aparecen —o desaparecen— nuevas soluciones estables posibles.
La mañana había empezado muy bien, con la victoria del equipo de remo en el ya clásico Sevilla–Betis. Los remeros saltaron al Sánchez-Pizjuán y saludaron al sevillismo. Buenos presagios para una primera parte más pesada que un avión de mármol: espesa, tediosa, no pasó nada. Pero parece que de eso se trataba. Según explicó Almeyda en la rueda de prensa posterior, el objetivo era sellar la fuga de agua de los errores propios. Luego todo cambió. En el minuto 2, Nyland hizo la parada de la jornada, solo ante Adams, muy bien visto por Juanlu. Después llegó el penalti, que tanto le costó pitar al árbitro pese a ser clarísimo en las imágenes de televisión. Finalmente, lo señaló y Vargas ejecutó. A partir de ese punto, el Sevilla fue más reconocible y pudo haber aumentado la cuenta con dos disparos de Adams y otro de Ejuke, junto con un cabezazo de Marcao en el que Herrera volvió a demostrar su calidad. El sufrimiento duró hasta el final, y Odysseas dio seguridad con una mano a mano prodigiosa. Cada día está más claro que hay portero.
La enorme alegría del sevillismo al terminar el duelo no se debía tanto a la importancia de lo conseguido como a las penurias que se evitaron. Del mismo modo que en economía se usa el concepto de “coste de oportunidad” para indicar qué tipo de beneficio se pierde al elegir un curso de acción y no otro concreto, aquí podríamos hablar de daño cesante o de “coste de inoportunidad” a partir de esta victoria.
La sombra de Peque fue, paradójicamente, muy alargada y estuvo presente en todo lo bueno —que no fue mucho— que hizo el Sevilla en la tarde del sábado. Juanlu, sin llegar a entusiasmar, me gustó. Nianzou, bien. Sigo viéndole muchas cosas y posibilidades de las que hasta ahora no ha podido demostrar, pero el jovencito francés que enamoró al Bayern de Múnich emergerá, confío. Lo mejor es que la edad aún le da cuerda para ese reloj. No estuvieron dos piezas clave, como son Azpilicueta ni Agoumé, y eso fue una catástrofe.
A esta telenovela, si no finaliza y termina con el triunfo de los buenos, no podremos dormir tranquilos los sevillistas. Esto se torció el día en que uno de los que nos aupó a la gloria, subido sobre los hombros de gigantes como Caparrós, Monchi o Pablo Blanco, fue a la cárcel con todas las de la ley por corrupto. Desde ese momento se instaló un personaje de verbo tan groseramente florido como vacuo, en una estrategia de desgaste y erosión contra el SFC que ya es conocida por todos, a la cual los socios mayoritarios —el conjunto de familias que forjaron el pacto de gobernabilidad— no supieron responder con inteligencia. Cometieron error tras error hasta la traca final del nombramiento de Junior. Entre esos fallos estuvo la apertura de las puertas a los vampiros americanos de los tres sietes. Seguiremos observando para que la telenovela de enredo no termine en una telenovela gore.
Presiento que el Sevilla sufrirá menos ante el Espanyol. Tengo buenas sensaciones para este partido. El club catalán tendrá que llevar la iniciativa, y ahí el Sevilla de Almeyda —que ya deberá tener recuperados a varios jugadores clave, como el navarro y el francés— puede encontrarse más cómodo que ante la tosquedad insistente de Osasuna, que mantiene un pacto de siglos con el antifútbol. Bien hallada esta feliz bifurcación ante Osasuna. Lo de las bifurcaciones está muy bien, pero, como ocurre con las grasas, no se puede abusar de ellas. Un estado permanente de bifurcaciones, para un sistema dado como es un club de fútbol, sería un estado caótico y, por tanto, inviable como sistema (véase el exitus o muerte). Y eso no lo queremos, ¿verdad?
“Cuando un sistema físico alcanza un punto de equilibrio inestable, cualquier causa infinitesimal puede determinar su futuro curso, de modo que una mínima desviación puede decidir entre dos estados posibles de movimiento.”
(James Clerk Maxwell)
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