"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca

Estoy en Uruguay desde el pasado jueves. Esperaba que la lejanía mitigase el dolor de la nueva derrota como visitantes que se preveía, pero el hecho de estar por acá con el amigo Joaquín Dholdán ha logrado que la tragedia la hayamos vivido como si hubiésemos presenciado el partido en el mismísimo Alcoraz. Qué desastre. A Joaquín, la policía uruguaya le llamó la atención, porque al finalizar el encuentro se daba chocazos en la cabeza contra la puerta de la Ciudadela, monumento nacional, tal era su desesperación. Luego, cuando explicó lo que le pasaba, los mismos policías se abrazaron a él, lloraron de pura compasión y le mostraron su solidaridad. Hasta tal punto fueron cariñosos, que incluso nos ofrecieron una pistola para acabar de una vez con nuestra angustia vital.

Yo mismo recogí (bueno, aquí no se debe decir coger o recoger nada más que en la intimidad); yo mismo recibí (mejor) varias monedas por la calle de la lástima que daba mi aspecto, e incluso, cuando entramos con los ojos hinchados de llorar en la famosa Librería Puro Verso, uno de sus empleados, tan amable él, nos condujo directamente a la sección de Autoayuda.

Obvio incidir en los WhatsApp que Jul y Gan me enviaron, los memes sobre Machín, al que cada día se le ve más cerca de regresar a su Soria natal. Tanta fue la desesperación que optamos por no conectarnos a wifi alguna que nos trajera noticias, resúmenes del partido ni nada que pudiera desangrar aún más nuestras venas abiertas en América Latina, parafraseando con dolor al gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, tan futbolero él.

Y mira que habíamos comenzado bien la estancia en el país, con los resultados de Copa del Rey que hicieron de la casa de nuestros vecinos, por lo que me contaron mis amigos, una tumba que ni la de Paquirri. Ni el gol de Rakitic, que no pudimos dejar de ver en un bar en el que intentamos olvidar lo sucedido, nos alegró la noche. Nada. Cuando nosotros no funcionamos, cuando estamos tan tristes como ahora, no nos valen las desgracias vecinas.

Qué desolación sentir que la primera vuelta fue un espejismo. Qué congoja asistir a la falta de argumentos del entrenador para revertir lo sucedido. Porque no es obcecación, o al menos no lo parece, por un sistema; es no saber entrenar de otra forma. No, no es una cuestión de ser fieles a una forma de jugar, sino de la incapacidad para colocar al equipo de otra forma. Qué lástima comprobar que un tipo humilde, que ha venido de abajo, que tiene un perfil que había entrado bien en nuestra idiosincrasia, no da la talla para el puesto.

Las decisiones que se tomen no deberían retrasarse, porque aún no es demasiado tarde para la Champions y la UEFA, por muy poco nombre que tenga el Slavia, ha llegado a octavos, se está empinando. El problema no se puede explicar únicamente de haber comenzado tan pronto la temporada. Quizás sea lo contrario, que comenzamos muy bien por eso y que al menos los puntos conseguidos en aquellos tiempos nos sirvieron de colchón para lo que ha venido.

Mientras algo sucede, Joaquín y yo hemos quedado en ir a visitar la estatua a Pablo Bengoechea que se encuentra en las instalaciones del Peñarol. Desamos encomendarnos a él que, por cierto, era un auténtico genio en el libre directo y en la estrategia. Y como me quedan dos semanas por aquí, y los partidos de la Europa League me los voy a perder, voy a preguntarle a mi amigo Joaquín si el policía que le riñó por hacer de la puerta de la Ciudadela un muro de las lamentaciones le dejó su tarjeta. Total, después de haber resucitado a más gente que otro señor también con barba, a Machín no le importará devolvernos la vida a dos grandes sevillistas como nosotros, hundidos en la miseria junto al río de la Plata.

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