Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira. Artículos de opinión sobre el Sevilla FC
Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira. Artículos de opinión sobre el Sevilla FC

Dedicado a Benjamín Prado

Mi infancia son recuerdos de un pueblo de Bizkaia a unos 34 kilómetros de Bilbao: Bermeo, donde nació mi madre. Allí pasaba yo todos los veranos en compañía de mi primo. Y allí tenía mi madre un tío que dirigía una pequeña empresa de fabricación de redes para barcos de pesca. A su vez, también se encargaba de la fabricación de las redes de las porterías de San Mamés, el estadio del Athletic de Bilbao, y de Lezama, su ciudad deportiva.

Quiso el azar que un verano, corriendo y revolviendo mi primo y yo entre aquella maraña de gigantescas redes, nuestro tío nos anunciara que al día siguiente tenía que llevar el nuevo pedido a Lezama y nos propusiera acompañarle. Ríete tú de Disneyland París.

Allá que nos fuimos mi primo y yo con él la mañana siguiente, enfundados en nuestras correspondientes camisetas del Athletic y una sonrisa en la boca imposible de borrar. Era el mes de julio y Lezama estaría desierto, pero era el lugar donde se cocinaban los sueños que luego se materializaban en San Mamés, era la antesala del circo, donde los leones campan a sus anchas y el domador ensaya nuevas filigranas.

Al llegar, y mientras nuestro tío descargaba la furgoneta, un empleado del club nos invitó a visitar las instalaciones: el gimnasio, las habitaciones de los jugadores, las oficinas… Y el campo de fútbol cubierto y con césped artificial de medidas reglamentarias. Ríete tú de Disneyland París.

Allí nos dio un balón y nos dejó disfrutando de un paraíso de cuatro esquinas y dos porterías. Corríamos y chutábamos como si nos fuera la vida en ello, inventando finales de Copa y jugadas cuasi imposibles en el último minuto de descuento que acababan en el gol que nos daba el triunfo y la gloria.

En esas andábamos cuando por una puerta lateral, junto a las gradas, apareció la elegante figura del Chopo, José Ángel Iribar. Vestía su 1,84 de altura, que a mí me parecieron 2,50, con un chándal negro y una sonrisa de oreja a oreja. Nos saludó, hizo caso omiso al hecho de que nosotros no pudiéramos cerrar la boca de la sorpresa y nos dijo: “¿Qué, me lanzáis unos penaltis?” Ríete tú de Disneyland París.

Allí que coloqué yo el balón en el punto de los once metros. Retrocedí unos pasos, avancé y chuté con todas mis fuerzas que eran, obviamente, bastante pocas. Iribar, adivinando la trayectoria del balón antes incluso de que yo comenzara la carrerilla, realizó una espectacular estirada… hacia el lado contrario. Y el balón entró. Fue gol. Le había marcado un penalti a Iribar, a mi ídolo, al mejor portero del mundo… En serio: ríete tú de Disneyland París.

Escribo este artículo en Sevilla. A 870 kilómetros de Lezama y de mi infancia. Aquí llevo viviendo desde el siglo pasado, que se dice pronto. Y aquí se juega mañana el Sevilla – Athletic. El Sevilla – Bilbao, para ser más precisos con el lenguaje local y que mi amigo Luis no me lo eche en cara. Robándole la comparación al Canijo de Carmona, futbolísticamente hablando el Athletic es mi madre y el Sevilla, mi novia. Y uno no puede, ni quiere, renunciar al amor a ninguna de ellas. Lo único que está claro es que, cuando ambas se enfrentan, el primero que sale perdiendo es uno mismo.

Deseo que mañana el partido termine en empate. Pero no un empate cualquiera. Un empate a dos con goles de los que marcan historia por la belleza y la precisión de su ejecución, con jugadas de ensueño en ambos bandos sin solución de continuidad, con todo el graderío gritando “oles” a cada pase de balón, sea quien sea el que lo realice y vista la camiseta que vista; con tanta elegancia, tanto savoir faire y tanta sabiduría que el resumen de las mejores jugadas del partido en televisión tenga que durar noventa minutos; un empate en el que, al final, por decisión unánime de la Liga e incontestable aclamación popular, los dos equipos se lleven los tres puntos. No sé si será posible. Se lo preguntaré a Tebas. “¿A Tebas?”, me dice alguien, “te-vas a enterar tú de lo que vale un peine…”

En fin, que sea entonces lo que dios (o sea, el balón) quiera.    

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