Una monstruosa anomalía

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Soy el socio número 17731 del Sevilla Fútbol Club, no tengo ni idea de gestión ni de muchas otras cosas relevantes para evaluar la trayectoria gerencial del presidente Pepe Castro. Soy un simple sevillista, aunque no sé si sevillista y simple son adjetivos compatibles. El sevillismo me viene desde el linaje de Spencer, pero no por eso debo callar ante el linchamiento de un hombre con el cual no tengo amistad ni enemistad, nunca lo he visto.

Este señor, nacido en Utrera y con mucho orgullo, fue elegido por un grupo mayoritario de accionistas (Sevillistas de Nervión) cuando el anterior presidente tuvo que dimitir por motivos conocidos. Sevillistas de Nervión ha garantizado, después de la expropiación del club y su conversión en sociedad anónima deportiva, dos cuestiones muy relevantes para mí como simple sevillista: (a) La seguridad de que el Sevilla Fútbol Club siga en manos de sevillistas. (b) La etapa más brillante y exitosa de su historia.

El crecimiento del club en estos años ha sido espectacular. Los éxitos europeos son admirados en todo el mundo del fútbol. La leyenda de un club imbatible recorre el inconsciente colectivo del juego. Mucho hay que agradecer a muchos, ciertamente, pero el Sevilla Fútbol Club puede sobrevivir, como lo ha hecho durante más de cien años, sin los éxitos colosales del siglo XXI, pero no sin la continuidad y estabilidad institucional. Es decir, el club puede aguantar sin copas pero no resiste sin sevillistas. El deterioro institucional nos afecta y daña.

Las formas en que ese deterioro institucional puede manifestarse son múltiples: divorcio entre las elites dirigentes y la afición, presencia dominante de capital externo en el accionariado, guerra civil entre las elites sevillistas… La inestabilidad institucional hace que se escape el alma del Sevilla Fútbol Club y esta brecha es la más necesaria y urgente de cubrir.

Afortunadamente, el Sevilla Fútbol Club no es una marca comercial hueca que se pueda comprar y vender, porque la marca vacía solo valdría por el patrimonio material acumulado (estadio, ciudad deportiva) y solo atraería al capital más expoliador posible, pero no a nuevos dueños ajenos al sevillismo. Aquí no interesa invertir a jeques ansiosos de legitimación. Cualquiera que compre el club lo haría para poner en venta su capital inmobiliario. La labor de estos vampiros financieros, como algunos que todos conocemos, sería más de taxidermistas que de gestores o empresarios deportivos.

La marca comercial Sevilla Fútbol Club es conocida pero no es popular, excepto para aquellos que la queremos tanto. En plena sociedad globalizada del espectáculo, nuestro club es una monstruosa anomalía y es monstruosa porque combina anomalías en un mismo cuerpo institucional: el éxito deportivo fabuloso sin dejar de ser un club pobre del pobre sur, ajeno a toda mercadotecnia tan glamorosa como vacua.

No en vano, el enamoramiento entre sevillismo y Mendilibar no se debe solo a los resultados futbolísticos del vasco, que también, porque el amor siempre demanda el uso intensivo de narcóticos como son los goles, sino fundamentalmente porque hemos encontrado en este hombre la misma anomalía monstruosa que nosotros mismos somos. Por eso, ser sevillista hoy es seguir aferrados, con alcohol (con Monchi) o sin alcohol (sin Monchi), a esta repugnante anomalía en el fútbol actual que es el Sevilla Fútbol Club.

Todo lo que he escuchado contra Pepe Castro y sobre lo que puedo opinar son virtudes: cateto de Utrera, ex camarero, sin títulos académicos, marioneta del Consejo… En fin, estos insultos califican más a quienes los profieren que a quienes los reciben. Los datos relevantes para un simple sevillista como yo indican que la inmensa mayoría de los ataques a Pepe Castro están basados en prejuicios e intereses oscuros. Por el contrario, ver a Castro llegar a las reuniones de la UEFA entre tanto fantoche millonario me llena de orgullo… y verlo decir: «Ea, aquí estamos otra vez, los que nunca hemos sido invitados, los pobres del pobre sur». Pepe Castro allí y ahora es una monstruosa anomalía, al igual que el Sevilla Fútbol Club.

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