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Un microrrelato de amor sin final feliz

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No fue hasta tres años después de casarse cuando pudieron realizar su viaje de luna de miel. Ambos venían de familias modestas y tuvieron que ahorrar durante mucho tiempo para poder dejar su Benidorm natal y visitar Sevilla durante cuatro escasos días.

Corría el puente del Pilar del año 1981, cuando llegaron a la estación de autobuses del Prado. Su alojamiento, una barata pensión en la Gran Plaza, era el punto de partida cada mañana para visitar el centro histórico y la cantidad de monumentos, edificios, bares y paseos que tenían señalados en su guía de viajes.

Muy temprano, cogían el 32 y no hubo mañana en la que él, tras pasar por delante del Sánchez-Pizjuán, no recordara algún partido del Valencia en aquel estadio, sin saber aún que, apenas un par de meses más tarde, su equipo perdería allí por dos a cero gracias a los goles de Pintinho y Magdaleno, ambos en la primera parte. Ella, en cambio, iba más ocupada en conocer los horarios de visitas de la basílica de la Macarena, de la Casa Pilatos o del Alcázar.

Lo vieron todo, lo visitaron todo. Desde el Archivo de Indias hasta la calle Betis, desde Casa Trifón hasta el Rinconcillo, desde la iglesia del Salvador hasta la capillita del Carmen… Todo les gustaba. Todo les maravillaba. Eran unos turistas felices y enamorados.

A su vuelta a Benidorm, nada les hacía más ilusión que contar a sus amistades hasta el último detalle del último rincón visitado. Alguna vecina, que había echado las cuentas, afirmaba tiempo después que el hijo que nació en julio del año siguiente había sido engendrado en Sevilla…

Pasaron los años y ellos siguieron añorando Sevilla. La frase “tenemos que volver” era redundante en sus conversaciones. “Pero es que Sevilla está muy lejos”, se quejaba él con más pena que convencimiento. Y ella contestaba “Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es Benidorm”, emulando a una frase que le habían contado y cuya autoría pertenecía a un torero del que no recordaba el nombre.

Juan, su hijo, creció aprendiendo los valores de respeto, justicia y amor por el prójimo que sus padres le inculcaron. Por el prójimo y por Sevilla, esa ciudad donde no se cansaban de afirmar que habían pasado sus momentos más felices.

Por todo ello, el pasado domingo por la noche, viendo a su hijo en televisión, el señor Martínez y la señora Munuera no se explicaban qué podían haber hecho mal.

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