Un árbitro no es un juez

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Se vio en Cádiz que las quejas contra los árbitros no son una exclusivamente de los aficionados del Sevilla Fútbol Club, aunque hayamos sufrido un cierto ensañamiento por parte de los colegiados sobre todo al principio de la temporada. Cualquiera que trabaje o desarrolle alguna actividad dentro de un colectivo sabe perfectamente que no es necesario que se den instrucciones directas y precisas para que cada uno de los componentes haga lo que tiene que hacer. Existen métodos menos fehacientes pero igualmente efectivos para instalar un determinado clima de opinión dentro de un colectivo.

Opiniones como las que se revelaron por parte del presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, expresando su odio hacia “los palanganas” son más que suficientes para que los árbitros, que están bajo sus órdenes, estén tranquilos a la hora de cometer un error, pues saben que nunca les será penalizado equivocarse en contra del equipo al que odia su jefe. Por contra, a ver quién tiene la osadía de cometer un error que perjudique al amado equipo de la RFEF, el Real Ladrón Madrid, o al equipo que tenía comprado al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, el FC Barcelona. Instalar una corriente de opinión es mucho más fácil de lo que parece y mucho más efectivo ya que no deja ‘huellas’.

Ahora bien, tampoco creamos que esto es exclusivo del fútbol. Recientemente en un disputadísimo partido de un torneo del circuito de pádel ocurrió un hecho clamoroso que demuestra uno de los grandes males de la actividad arbitral como es la impunidad con la que actúan. Un error flagrante reconocido por el mismo árbitro evitó que una pareja ganara la finalísima en el segundo set, obligándoles a tener que competir en un tercero para poder proclamarse campeones nada menos que ante los números uno del mundo. Para desesperación de los jugadores perjudicados por el error, el árbitro admitió su error pero éste quedo sin subsanación posible: aunque ciertamente habían ganado el partido en el segundo set, se veían obligados a disputar el tercero porque el fallo arbitral no podía ser corregido.

Item más. En otro hecho reciente en el campeonato del mundo de Fórmula Uno hemos asistido a dos bochornosos espectáculos. El primero de ellos con Fernando Alonso como protagonista al cual desbancaron los árbitros de su tercera plaza en el Gran Premio de Arabia Saudí una vez que ya había finalizado la carrera. Posteriormente, los árbitros corrigieron su decisión y, días después, volvieron a restituir al piloto asturiano en el puesto que había conseguido en buena lid deportiva. Más recientemente, este mismo fin de semana, el perjudicado ha sido Carlos Sáinz, quien ha tenido que sufrir una penalización casi al finalizar la carrera por un incidente similar a otros muchos que ocurren a lo largo del año sin que comporten la más mínima sanción.

Todo estos hecho, más otros muchos que suceden en todo tipo de deportes, nos llevan a una conclusión universal: los árbitros son muy malos. Pero no son malos porque no sepan desarrollar su cometido sino porque el sistema arbitral es, por sistema y en su concepto, muy deficiente.

Argumentaba hace unos días en un programa de radio el ex-arbitro Iturralde González, de infausto recuerdo para los sevillistas, que las abultadas sanciones que se aplican a todos aquellos que cuestionan la labor arbitral se debe a que están poniendo en duda la honorabilidad de unos jueces. Ahí radica un problema principal: un árbitro deportivo no es un juez por mucho que lo pronuncien a boca llena y con arrogancia. La figura del árbitro deportivo no aparece en el ordenamiento jurídico de ningún país ni tiene entre sus cometidos el de impartir justicia. Decir eso es una memez por mucho que lo repitan hasta la saciedad. El árbitro deportivo simplemente aplica la normas de una competición para que pueda desarrollarse sin favorecer a ninguno de los contendientes.

El segundo de los grandes males es el ya mencionado de la impunidad: por muy grave que sea el error cometido por el árbitro nunca tiene repercusión sobre sí mismo. En el caso del fútbol, un error del colegiado acaso lo mantiene un par de partidos ‘en la nevera’ y ya está, de ahí que les importe poco acumular errores uno tras otro. Eso sí, mientras no perjudiquen al Madrid o al Barça, ellos saben perfectamente que no serán sancionados gravemente. 

 

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