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Un año ya

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Un año ya… En concreto, y a día de hoy, 367 días. Ese es el tiempo que llevamos sin poder pisar las gradas del Ramón Sánchez-Pizjuán. Dicen quienes han tenido la suerte de poder siquiera asomarse, que todavía resuenan los gritos de euforia tras marcar En-Nesyri el definitivo 3 a 2 contra Osasuna en el minuto 93. Después de aquello, el silencio…

Llegó el estado de alarma, llegó el confinamiento, llegó el cierre de puertas y abrazos, llegó el aprender a vivir detrás de una mascarilla y el redescubrir las azoteas. Llegó el abonarse a las plataformas digitales donde poder ver los partidos o volver a la vieja tradición del transistor. Llegó el comentar las alineaciones y celebrar los goles por whatsapp. Llegó el organizar tertulias vía Zoom, cada uno en su casa y el Sevilla FC en la de todos. Y en los alrededores del estadio, el silencio…

Con las gradas vacías, sólo el tercer anillo siguió recibiendo cada día a sevillistas de bien a los que la ciega y cruel injusticia de un virus les privó de seguir alimentando la antigüedad de su carné de socio. Tuvimos, tenemos, lágrimas para ellos, pero también en silencio…

Empezamos a aplaudir en los balcones, y nunca dejamos de hacerlo en el minuto 16 de cada partido. Porque los sentimientos no se negocian, son fijos en la alineación del equipo de nuestras tradiciones. Ellos son, los sentimientos, nuestro fiel jugador número 10, la estrella indiscutible de ese equipo llamado Afición, que cuenta con la mejor cantera del mundo, renovada cada día, fiel a sus colores. A ellos nos hemos encomendado durante todo este año tan largo, tan extraño como un tren de mercancías cruzando vacío de carga la noche en medio de una tormenta.

Las televisiones pintaban digitalmente las gradas para simular gentío, pero no colaba. Emitían ruidos de fondo para simular los cánticos de la afición, pero no colaba. Nos señalaban los sonidos del golpeo del balón, los diálogos entre los jugadores, los gritos del portero antes del córner o colocando una barrera, las órdenes del entrenador, los quejidos cuando se cometía una falta y las quejas posteriores. Nos decían que poder disfrutar de todo eso era lo bueno que tenía el silencio de las gradas, pero no colaba.

La mano del padre dolía huérfana por no poder llevar al hijo al estadio, por no poder hacer el paseo habitual rodeados de otras gentes, íntimos desconocidos, que compartían los colores de la camiseta, los latidos de la bufanda y el bocadillo en la mochila echada a la espalda.

Desaparecieron los coches en doble fila o sobre las aceras, las interminables filas de motocicletas aparcadas en los alrededores del estadio, los mismos lugares en los que se veían persianas echadas y terrazas recogidas, aceras calladas donde antes había bullicio de cánticos y trasiego de cervezas.

Un año ya…

Aprovecho una puerta abierta, la 4, al lado de la tienda oficial, y me asomo tímidamente. Voy predispuesto a escuchar el silencio y, a cambio, escucho el eco apasionado gritando “¡A ese no, a Messi, que es la segunda amarilla!”, “¡Han tenido efecto las declaraciones del llorón!”, “¡¡¡Vaaamos!!!”. Es el Sánchez-Pizjuán gritando. “Con una sola voz”, se decía siempre. En esta ocasión es literal. Es una sola voz, la de Monchi. La voz que mejor representa al sevillismo, la voz capaz de convertirse en la de los más de cuarenta mil aficionados que deberían estar allí. La voz que llena el estadio y que da alas a los jugadores. La voz que grita, que reclama, que insufla ánimos, que canta cada gol como si fuera el mejor de la Historia. La voz que se despliega como el más grande de los tifos. La voz que sale de nuestras gargantas cuando nos obliga el silencio.

Ha sido un año raro, difícil, pero sabemos que tenemos la mejor vacuna posible. Se llama Monchi, nos la administramos todas las semanas y sólo tiene efectos secundarios en los rivales. Esta noche tenemos consulta médica. Vamos a demostrar que, con esta vacuna, estamos fuertes como robles y que no hay confinamiento perimetral que nos impida estar en el estadio de La Cartuja el próximo 17 de abril. ¡Vamos, Sevilla!

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