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Tutti per la pasta

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Emilio Butragueño, actual director de relaciones institucionales del Real Madrid y en su momento destacado delantero centro en su club, fue el primer futbolista en sobrepasar los cien millones de pesetas de ficha anual, unos seiscientos mil euros al cambio, y a pesar de lo que suponía la cifra en aquellos tiempos, fue tentado por la liga italiana, en aquella época la más poderosa de Europa. Sin embargo, el máximo exponente de la llamada Quinta del Buitre rechazó la oferta, aduciendo que la diferencia entre ganar mucho y muchísimo dinero no era tanta, y lo decía un jugador que además era licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, y que sólo se marchó de su club cuando su carrera comenzó a decaer a un retiro dorado en el Atlético Celaya de México.

Recuerdo la anécdota durante este tórrido verano, en el que cifras astronómicas calientan la cabeza de muchos futbolistas, que no saben qué escudo van a besar la próxima temporada. Ya aquellos seiscientos mil euros de entonces son hoy el chocolate del loro, bendito loro sería, por cierto, para la inmensa mayoría de los que nos leemos.

Ahora, lo que es mucho y es muchísimo es sustancialmente diferente a los tiempos de Butragueño. Los contratos no los negocian los jugadores sino los representantes, y el dinero se ha convertido en el único Dios verdadero de esta época, y no sólo para los futbolistas, sino incluso para cualquiera. No hay más que ver a quienes elegimos para proteger nuestros intereses, a nuestros políticos, que no dudan en atentar contra nuestros derechos adquiridos y sacrificarnos en cualquier altar si la Diosa Economía lo estima conveniente.

Vivimos una era en la que todo se supedita a las ganancias con la excusa de la corta carrera del futbolista, carrera, por cierto, que si acaso en estos tiempos, y gracias a los métodos científicos de entrenamiento y las condiciones de los estadios, son cada vez más largas. Y ya, que un futbolista pase más de diez temporadas en su propio club se ha vuelto un privilegio reservado para equipos como el Real Madrid o el Barcelona, que son los que tienen el potencial económico y deportivo para mantener a los mejores en su seno. Un potencial conseguido, por cierto, a costa de los demás, reservado a dos o tres equipos en este país, porque ya me dirán ustedes qué tipo de competición es una en la que un tercer clasificado puede quedarse a su antojo o desestabilizar la plantilla si lo desea del cuarto, y de ahí para abajo.

Es cierto, la carrera del futbolista es corta, y que quieran ganar lo máximo posible es legítimo. Al menos, respetable. Pero no lo es menos que, si se pretende mantener un club al margen de peligrosos vaivenes económicos que lo puedan desestabilizar o hundir en el medio plazo, hay que saber hasta dónde se puede llegar. No, no quiero que mi equipo sea un Súperdepor.

Así que lo que les toca decidir a algunos es si quieren jugar en el club de sus amores, o enviar el dinero a donde lo manda el de las Azores. ¡Ah, no, que es de Madeira! Bueno, disculpen la tentación de un modesto escritor a buscar una rima, pero ésa es la idea. Y si prefieren la pasta, siempre quedará Turquía. O Qatar. Incluso China, donde hay mucha pasta; sobre todo en los arrozales. Como los de Los Palacios.

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