Bienvenidos a España. País de balcones que añoran banderas. Roja, amarilla, roja. No todos gustan de la simbología de nuestros colores. Pero eso sí. Atención. Una aclamada selección española se aproxima al campo, y todos. Todos se acuerdan del cajón. Del lugar donde se guardó una bandera. Perversa polvareda que se levanta con ella. Es una pena. Entre falta de costumbre y pasado dicen, motivo por el que no se exhiben. Toda una infinidad de excusas la hacen desaparecer y la crítica es más que sencilla. Lamentablemente, es necesario un mundial. Una sucesión de partidos que recuerden unión. Y es que, qué bonitas imágenes se vieron el día que ganamos. Y qué bien suena una primera persona del plural en la frase anterior. Un 11 de julio de 2010. En Sudáfrica. Gol de Andrés Iniesta. Momento en el que, más que nunca, emerge el orgullo de ser españoles. El arte de la fotografía nos reveló lo implícito. Da igual de qué equipo seas, hoy ha ganado España. Nuestra selección. Y por primera vez, los goles se transforman en celebraciones unísonas. Monocolores. Tan solo en esos días, las banderas se atreven a tocar el viento.

Y hasta aquí el fabuloso sueño banderil. “Se acabó el fútbol, es hora de ir quitando la bandera, no vaya a ser que piensen que soy un facha”. Bienvenido al país de la bandera temporal. Los prejuicios vuelven a surgir. El deporte en general, y el fútbol en particular, son los únicos que han conseguido alentar nuevas miradas banderiles. España, ese país, donde por diversas razones, la bandera se viste de un color político indudable. Ahora bien. No hace mucho, un joven con total inclinación de izquierdas pedía a gritos un regalo. «Quiero una camiseta de la selección Española». Un joven que jamás, colgaría en su balcón esa bandera. Mismo escudo, mismos colores. Pero connotaciones diferentes. Desde antaño, lo razonable es usar la bandera únicamente en partidos. Lo irrazonable, más bien diría impensable, es su exhibición pública sin motivos futbolísticos. “Míralo, ese es facha seguro”. Pero hay algo más. Me parece increíble el poder de una selección, capaz de menguar los afanes independentistas. Los adormece. Quien diría que en esos días,  las banderas también se exhiben a manos de independentistas. Qué contradicción.

Es una pena. No sólo que viva entre rincones de un cajón. Estamos en 2016, y en lo implícito, a muchos les recuerdan heridas del pasado. Pero es necesario una nueva mirada banderil. La aceptación de nuestro pasado no se completa hasta que no emerjan nuevos valores. Y sí. Nuestro país es sufrido, pero también victorioso. E ignorante sería, si niego que hay mucho por hacer, tanto por aprender. Pero que muchos quisieran, vivir en este país, donde aún no se ha cumplido el preciado sueño banderil.

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