Si me queréis, ¡no irse!

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Nunca me voy de un partido del Sevilla Fútbol Club antes de que los jugadores se marchen del terreno de juego. Nunca. Soy un Biri asintomático refugiado en gol sur. Entiendo y comparto lo dicho por Biris Norte. Pero también quiero comprender a los miles de sevillistas que se fueron antes de terminar el partido del pasado sábado. Como diría Cernuda, lo suyo fue un «error de amor». Son tan sevillistas que desean lo peor para el Sevilla porque anhelan vehementemente lo mejor y temen fatalmente que todo esto no sea real.

Dance First es un biopic sobre el escritor irlandés Samuel Beckett, discípulo del gran James Joyce (ahora en cartelera, no se la pierdan). La voz de la conciencia de Beckett le dice a lo largo del monólogo/diálogo de la película la siguiente sentencia: «Hay personas que necesitan para vivir creer que es posible un mundo mejor; tú necesitas creer que un mundo peor es posible». Esta es la máxima de muchos sevillistas, necesitan creer que un Sevilla peor es posible y no esperan, y lo desean con un goce masoquista. No lo digo por el infame partido con el Getafe, la tumba de Diego Alonso. Me refiero a los meses, incluso a los años anteriores. Ese run-run que en muchas ocasiones brota de las gradas es el miedo de miles de sevillistas de que este siglo glorioso haya sido solo un sueño.

Pero los sueños no son una ilusión sino la condición de posibilidad de la percepción de la realidad. Para David Eagleman, neurocientífico de la Universidad de Stanford, soñar nos permite ver la realidad cuando abrimos los ojos y despertamos. Este es un caso donde el uso metafórico y coloquial de un término, soñar, es contradictorio con el uso científico del mismo. Esta teoría sostiene que los sueños son una forma que tiene la corteza visual del cerebro de «defender su territorio» para no procesar las entradas de información provenientes de otros sentidos como el tacto o el olfato. David Eagleman ha propuesto la idea de que soñar es necesario para salvaguardar la corteza visual, la parte del cerebro responsable de procesar la visión. La teoría de Eagleman tiene en cuenta que el cerebro humano es altamente adaptable, con ciertas áreas capaces de asumir nuevas tareas, una habilidad llamada neuroplasticidad. Sostiene que las neuronas compiten por la supervivencia. El cerebro, explica Eagleman, distribuye sus recursos «implementando una competencia de vida o muerte» por el territorio cerebral en la que las áreas sensoriales. Las experiencias a lo largo de la vida remodelan el mapa del cerebro.

Mientras que en el uso coloquial el sueño es sinónimo de ilusión, en el uso neurofisiológico es condición neuronal para la percepción según esta sugerente teoría. O sea que sueño y percepción real no solo no serían antitéticos, sino que el uno sería la condición del otro. Vemos el mundo real porque soñamos mundos oníricos. Eagleman señala a los niños a quienes se les ha extirpado la mitad del cerebro debido a problemas de salud graves y luego recuperan su función normal. El cerebro restante se reorganiza y asume las funciones de las secciones que faltan. De manera similar, las personas que pierden la vista o el oído muestran una mayor sensibilidad en los sentidos restantes porque la región del cerebro normalmente utilizada por el sentido perdido es asumida por otros sentidos.

Como en el famoso cuento de Monterroso, al despertar, el dinosaurio seguía en la habitación; sevillistas, al despertar, las siete copas de Europa siguen en las vitrinas del Sánchez-Pizjuán. Nadie nos las va a robar. Sí, ya sé, el equipo estaba muerto el sábado, los de arriba siguen en la bronca, Diego Alonso ha sido una promesa non nata, Rakitić parece que no corre. Todo esto es real… pero es mucho menos real que la ruta sagrada que va desde Eindhoven a Bucarest. Hay algo mucho mejor que la realización de los sueños, es la realización de algo ni siquiera habíamos sido capaces de soñar. Lo real no es un fotograma fijo y aislado sino la totalidad de la película. Sonaba Quique Sánchez Flores, ya está aquí como el dinosaurio de Monterroso, como las siete copas de Europa. ¡Vamos! Dándole la vuelta al grito de guerra de la genial tía de Quique Sánchez Flores: «¡Si me queréis, irse!»

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