martes 20 abril 2021
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El sur también existe

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Manuel Machucahttp://www.tresmilviajesalsur.es/
Escritor nacido en Sevilla. Ha publicado tres novelas, una de las cuales, "Tres mil viajes al sur", ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla. Ha participado y coordinado la antología de relatos "El derbi final"

Pero aquí abajo, abajo
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol
y también los eclipses
apartando lo inútil
y usando lo que sirve.
Con su fe veterana
el Sur también existe.
Mario Benedetti

Cuando Yassine Bounou impidió que Romelu Lukaku perforara nuestra puerta por segunda vez, no pudimos evitar recordar la pelota que Iker Casillas sacó a Arjen Robben en la final del Mundial de Sudáfrica. Jul y Gan me miraron, y yo a ellos. Y entonces, los tres, los cuatro si añadimos a nuestra mascota Coke23, supimos que la final la íbamos a ganar. Desconocíamos el cómo o el cuándo, si sería por penaltis, en la prórroga o gracias a una chilena de Diego Carlos, pero en ese momento tuvimos la certeza de que la victoria iba a ser nuestra, del Sevilla Fútbol Club.

Habrán leído decenas de concienzudos análisis acerca de los factores que determinaron la victoria: que si Monchi o Lopetegui, que si Bono o De Jong, que si Jesús Navas o Banega, que si la fuerza de ser un equipo. Incluso, para quienes no quieren ver la realidad, achacar el triunfo a ese punto de suerte que haya podido haber, como si los porteros no jugaran. No voy a entrar en nada de eso, doctores tiene la iglesia y la única religión que profeso es la del ser humano. El éxito responde siempre a un cúmulo diverso de factores que esta vez se han alineado a favor, pero no de nuestro equipo sino de la justicia. De la justicia con mayúsculas, que es la poética, que es la épica.

Detesto el verbo merecer, sobre todo cuando se utiliza en beneficio propio. No creo que ninguno de los veintitantos futbolistas que saltaron al terreno de juego se dejase nada en el alma por merecer la victoria, pero el mundo necesita de referencias como la que representa el Sevilla Fútbol Club para resistir la crisis social en la que estamos inmersos, una crisis cuyos síntomas, que no su causa última, se manifiestan con una pandemia y con el desmoronamiento de un sistema económico al que no le veíamos sus pies de barro, débiles e injustos cimientos de una sociedad que ahora no sabe qué hacer y se debate entre negarlo todo o negar parte del todo, que no sé si es a la larga peor aún.

La conquista de la sexta por parte del Sevilla Fútbol Club se cimentó en la fuerza del equipo, una fuerza que hizo mejores a los futbolistas de lo que ya eran. Porque si se cree en la fuerza de la comunidad (eso, y no otra cosa es una patria), el partido no se juega contra once, sino contra muchos más. Porque el triunfo, desde semanas atrás, radicaba en la fuerza del colectivo, en el nosotros: en las miradas de los futbolistas después de los penaltis que nos pitaron; en el consuelo de Koundé a Diego Carlos en el descanso de la final por la floja primera parte que había jugado; en el abrazo y conversación de Vaclíck y Lopetegui en el pódium minutos después de la entrega de trofeos; en las lágrimas del entrenador, en las de Reguilón en videollamada con su familia. Y al igual que el triunfo, la derrota de los otros estuvo en entregar por exclusiva la confianza a los cerrojos el día de los Wolves; en los reproches de Bruno Fernandes, ese magnífico futbolista portugués que se empeña en imitar lo peor de Cristiano Ronaldo, a sus defensas ante el error que motivó el gol de De Jong frente al Manchester; en la mirada de Lukaku en la final tras errar el mano a mano con nuestro gran portero marroquí; o en tantos signos de impotencia que hemos presenciado en rivales que pensaban que un escudo por sí solo puede llevar a la victoria. Ojalá recordemos siempre esto. Porque las lecciones las deben aprender los que pierden y los que ganan.

El triunfo del Sevilla Fútbol Club, un equipo, como se ha dicho, del sur del sur de Europa, es el de la humildad, de la familia, del sentimiento colectivo. Es la victoria de un club que rara vez sale en los telediarios nacionales porque estos se han empeñado desde que existen en elevar a nacionales las noticias locales de Madrid o la de sus enemigos de Barcelona. Representa también, no se olvide, el efímero éxito que nos recuerda la locución latina sic transit gloria mundi y que, fíjense lo que son las cosas, hizo suya nuestro sevillano Miguel de Mañara, ejemplo de humildad como nuestro equipo, y se le atribuye al arzobispo de Colonia Tomás de Kempis. Sevilla y Colonia unidas desde hace siglo.

Decía, no sé si Arrigo Sacchi o Jorge Valdano, que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes, y no estoy de acuerdo. El fútbol, que representa lo peor de esta sociedad en los minutos previos a los partidos y en sus descansos propagandísticos, en la publicidad de la mayoría de las camisetas y en la catadura moral de muchos de sus dirigentes, durante los minutos en los que rueda la pelota puede llegar a ser, aunque solo lo sea algunas veces, un espejo en el que mirarse la sociedad. Y esta vez el Sevilla Fútbol Club, nuestro Sevilla Fútbol Club, ha sido buen ejemplo de ello. Porque nos ha dicho que, pese a las dificultades, pese a las presiones por ningunearnos, es posible cambiar lo que pensábamos inamovible. El sur es posible. Frente al norte, frente al centro absorbente y devorador de sus hijos, frente a la indigencia cultural y moral de las élites sureñas, frente a su eterna vagancia especuladora y de plazos fijos. Sí, hay una sociedad que se desmorona, pero en nuestra mano está que emerja de sus cenizas una más justa o permitir que lo que nos trajo hasta aquí resurja y termine por devorarnos a nosotros o a nuestros hijos.

De acuerdo, a pesar de la talla de los rivales derrotados a lo largo de estos años, no ha ganado ninguna Champions, es cierto que queda un trecho aún largo para llegar a donde otros han llegado, y en un mundo como el futbolístico, tan condicionado por el dinero, parece imposible, como lo era pensar en ganar una UEFA hace quince años. Puede ser que en los próximos días, como tantas otras veces, vengan clubes que nos diezmen el equipo a fuerza de talonario. Nos podrán robar jugadores, pero lo que nunca nos podrán quitar es el alma. Y ahí reside nuestra fuerza.

Mañana, o pasado mañana, dejaremos de ser noticia. Messi y sus dudas para liderar un nuevo Barça volverán a copar los titulares. Un nuevo tatuaje de Sergio Ramos, la posible fractura de la uña del dedo gordo del pie izquierdo de Benzema o el cambio de peinado de Marcelo serán las noticias de interés. La Ciudad Estado volverá a levantar sus muros y los andaluces solo ocuparemos nuestros espacios tradicionales en las noticias relacionadas con nuestro retraso, la picaresca o los nuevos chistes de Joaquín. No importa, ignorados, ninguneados crecimos. Y podremos seguir haciéndolo hasta que nos vean como un peligro para su poder. Pero cuando lleguemos a ese río, ya cruzaremos ese puente, dijo Julio César a sus generales.

La lección más grande que ha dado el Sevilla Fútbol Club ha sido la de que es posible cambiar el mundo si en lugar de reprocharnos los errores, como hizo Bruno Fernandes a McGuire, nos consolamos y nos ayudamos, como actuó Koundé con Diego Carlos. Porque el único equipo, la única patria posible, nace de trabajar por un éxito común para todos y no para la gloria de unos cuantos. Y el Sevilla, hoy por hoy, es la patria. No la de los Brunos Fernandes o Lukakus de la vida, la de las élites que nos atemorizan cada día en defensa de sus propios intereses, sino la de todos, la del equipo. Desde Lara o Pablo Pérez hasta Ocampos o Reguilón, la de Monchi y Lopetegui. Que no caiga en el olvido.

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1 COMENTARIO

  1. Joder eres un puto crack, y el que no entienda la profundidad de tú acertado analisis no lo entenderá en su puta y triste vida, porque será tan pobre que solo tenga dinero, o lo que es aún peor, ni eso

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