Sergio Ramos celebra su gol ante el Sevilla en COpa del Rey | Imagen: AS.com

Yo era de los que defendía la tesis de que si Ramos no fuera español, tendría un balón de oro, o al menos hubiera estado nominado. Pero algo intangible, político, la misma mano negra que le arrebató el premio a Iniesta, Xavi o Iker, prefería darle el premio al lobby “Messi/ Cristiano”. Valoraba sus goles (incluso los que nos dejaron sin copa), su rol en la selección, estuve de su lado cuando quería irse a la Premier. Por eso cuando fue a patear el penal pensé que lo iba a tirar afuera. Un gesto inesperado, hermoso, poético, que hubiera callado a quienes lo insultaban, que hubiese justificado su estatua en Camas, justo enfrente del “Decathlon”. Nuestro Sevilla (dice que es su equipo) había dado una batalla sin igual, durante muchos minutos todos soñamos. No hay mayor magia, no hay mejor síntoma de dignidad, tu equipo tiene todo para perder y va ganando. Hay que hacer una remontada imposible y por muchos minutos esta se toca con los dedos. Los medios, al día siguiente, hablarán de un empate, de un equipo eliminado, pero todos sabemos lo que pasó.

¿Por qué quiso patear un penal (por llamarle penal a eso) que ni siquiera iba con él? ¿Por qué querría certificar la eliminación de su equipo del alma? La explicación que dio es tan mediocre como el gesto. “Algunos lo insultaban”. A ellos le señalaba su nombre en la camiseta, a los demás nos pedía disculpas. Su teoría es que para callar a los que pitan hay que darles la razón, merecer esos insultos y otros. Afiliarse a la imbecilidad de los que dicen que las críticas animan a jugar mejor.

Pero todo fue aún peor. No sólo pide fríamente patear un penal, sino que lo hace “a lo Panenka”, sólo para que la humillación sea mayor, más cruel. Hay un segundo en que nuestro joven portero mira con estupor, no al balón, sino al jugador. Me pareció que intentaba entender el motivo que lleva a alguien a hacer algo así. El penal “a lo Panenka” tiene valor en una final, cuando un jugador demuestra tener la sangre fría de jugarse algo importante con un sutil toque. Sergio Ramos logró lo contrario, demostrar que su gesto de desprecio era meditado, frío e imperdonablemente poco elegante. Humillar a un colega, porque si, para ni siquiera quedar bien con los tuyos, porque los que hoy te festejan son del tipo que mañana te desprecian. Ellos también te pitarán y podrías haber tenido un refugio a nuestro lado.
Cuando el jugador italiano insultó a la hermana de Zidane, este le dio un cabezazo y se expulsó del mundial, a él y a su selección. Se jugó todo, el desprecio de su gente, el rechazo de sus compañeros, su prestigio. Ramos ayer no se jugó nada. Hizo un gesto inútil, bajo, que ojalá todos olvidemos pronto, pero que él recordará siempre.

Muchas noches, cuando ya ni siquiera juegue en el Madrid, pensará en su tierra, en la bella ciudad de Sevilla. Esta ciudad hermosa, contradictoria, que hoy te ama y mañana te odia, que un día te pita y la otra te aplaude. Que una semana baila y toma rebujito y otra reza (y toma cerveza). Tu ciudad Sergio. Moderna y rancia. Que parecía querer más a un croata que a uno de Camas. Quizás lo parecía, pero no era así. Hasta el jueves. 

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable A&A Comunicación y Medios S.C. .
  • Finalidad Moderar los comentarios. Responder las consultas.
  • Legitimación Su consentimiento.
  • Destinatarios A&A Comunicación y Medios S.C..
  • Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.