jueves 17 junio 2021
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Segundo tiempo

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Manuel Machucahttp://www.tresmilviajesalsur.es/
Escritor nacido en Sevilla. Ha publicado tres novelas, una de las cuales, "Tres mil viajes al sur", ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla. Ha participado y coordinado la antología de relatos "El derbi final"

Regreso, después de tres semanas fuera, con una buena torrija encima que nada tiene que ver con las que se abren paso estos días en los escaparates de las confiterías sevillanas. La denominan jet lag y, aunque el corrector de Word me la subraya en rojo, como la indumentaria con la que le ganamos al Espanyol, no encuentro otra palabra que defina mejor a esa torrija nada dulce que llevo en lo alto.

Me fui con Machín y regresé con Caparrós; me fui con Caparrós y regresé con Monchi; me fui en un mar de dudas al que no caí porque volaba en avión, y regresé con Jesús Navas entrando a cuchillo por la banda derecha con la camiseta de la selección. Machín se llevó las gardenias que eran para ti bastante mustias, alicaídas y blandengues hasta el ridículo, como nuestra defensa en Praga, y regresó el equipo de indios arapahoes, con el cuchillo en la boca y dispuestos a cortar todas las cabelleras posibles en la Liga de Fútbol Profesional, con la sana y nada descabellada intención de dejar al enemigo como la cabeza de Zinedine Zidane, otro que regresa a la UVI florentina del Bernabéu.

Han bastado tres semanas para retrasar el reloj del tiempo una década, para que vuelvan a tener sentido los cánticos de échale huevos y de que hay que animar al Sevilla aunque vaya perdiendo. Por volver, hasta el Schalke 04, club señor donde los haya, ha paseado su camiseta azul por el estadio en el día que recordamos a su verdugo, al gran Antonio Puerta. Incluso Dani Alves ha insinuado su regreso a la casa en la que se hizo hombre y, por supuesto, Joaquín Caparrós ha salido por patas de ese Imserso en forma de despacho en el que se sentía acorralado para ponerse el chándal de nuevo. Desconozco si en las prisas por salir al pasto se puso el suyo antiguo de Joma o el de Nike.

Así da gusto volver. A pesar de la torrija, cuánta seguridad nos da regresar de esta forma. Al lugar, al momento en el que fuimos felices, para lamer heridas y retomar la lucha. Volver, con la frente marchita, sin importar que las nieves del tiempo hayan plateado nuestra sien. La de todos, aunque para algunos la plata se esconda bajo una capa de tinte sin amoníaco y para otros se haya despejado como la nueva pista de aterrizaje del aeropuerto de San Pablo, con más calvas que el campo del Valladolid.

Volver a ser lo que fuimos, dice la letra del himno de Andalucía que escribió Blas Infante. Ninguna frase como esta subraya la esencia de nuestro ser andaluz, aunque para algunos lo que fuimos corresponda al mundo de las ensoñaciones y la ciencia ficción. Para nosotros, no. Lo que fuimos, para los sevillistas, no se construye con el fuimos, un tiempo verbal que señala un pasado demasiado lejano y que no se corresponde. Más bien podría ser un pretérito perfecto, lo que hemos sido, o si miramos con cierta condescendencia al presente y aceptamos que ningún equipo es inmune al fracaso, lo que somos, presente rabioso. Ahora toca apostar por el futuro, por el seremos, claro que sí.

Acabo de regresar a Sevilla y yo también rabio por volver. Por volver al Sánchez Pizjuán, del que mi último recuerdo es el de la faena que nos hizo un astro argentino que atiende por Messi, ese que nada más que cruza el charco se convierte su estrella en mero fuego de artificio. Por cierto, y perdonen el inciso, pero les adelanto la exclusiva de que la Asociación de Fútbol Argentino, vista la ruina de su equipo, ha solicitado a la FIFA que las selecciones a las que deban enfrentarse en las eliminatorias de la Copa América vistan bien de blanco o de verdiblanco, porque si no es así no ven manera alguna que la pulga se motive.

Hecho el inciso, y para no irme por las ramas de nuevo, cuento los minutos para que llegue el domingo y nos visite el equipo que fue víctima de la chorla de M’Bia, esa cabeza que fundó una peña y nos dio tanta gloria. Ardo por ver a un entrenador sin libreta que corra la banda como si fuera a doblar al campeón del mundo de Los Palacios. Ardo y quizás no me haga falta arder, porque vaya temperatura que me he encontrado cuando acabamos de abandonar el invierno, esa estación que quizás sea la que no vuelva más.

Dice Pessoa, el escritor paisano de nuestro capitán Dani Carriço, que los sueños son esa realidad que no existe. Pero también dijo Gandhi, ese paisano canijo de Osho, los que le vamos a meter al equipo del rubio teñido de la toalla como preludio de la Semana Santa, que los sueños, al principio parecen imposibles, luego improbables y más tarde, cuando nos comprometemos, se tornan inevitables. ¿Será este nuestro caso? Queda todo el segundo tiempo para enderezar el rumbo. Soñemos. Comprometámonos.

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