"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca. La Colina de Nervión, noticias del Sevilla FC y mucho más

Iniciamos la segunda semana de confinamiento con el anuncio de que el estado de alarma se prolongará durante quince días más. Nuestro vecino, que ha pasado unos primeros siete días extremadamente duros, al celebrarse el sexto aniversario del mal de ojo que sufrió Nono desde el punto de penalti, se ha venido arriba cuando le hemos comunicado la ampliación del periodo a través de la puerta (recuerden que se encuentra guardando cuarentena por estar profundamente infectado de la variedad Coronavirus baetica manquepierdus, una especie poco patógena pero muy persistente en el organismo del infectado ya que, aunque es sensible al ataque de agentes virucidas como el alcohol (para quien tenga), geles hidroalcohólicos (para quien le quede) e incluso agua oxigenada (poco común en estos enfermos, ya que los afectados por este virus la usan esencialmente para teñirse el pelo), y aunque es sensible a ellos, digo, que me he enrollado algo con tanta frase subrogada, rápidamente vuelven a reinfectarse debido a que, como los propios enfermos a quienes ataca, son virus que están acostumbrados a perder y, por tanto, muy difíciles de eliminar.

¿Cuál es la razón de que se haya puesto tan contento nuestro vecino? Muy sencilla. De hecho, se retrató al escapársele la frase en plan Dani Martín nada más que se lo comunicamos. No se le ocurrió otra cosa que sacar fuerzas de flaqueza y gritar que su equipo batiría el récord histórico de sumar cuatro semanas invicto. Y con la portería a cero además, replicó mi compañero Jul al escucharle tamaña sandez.

Escuchando sus gritos de alegría, Gan, que es el más listo de todos nosotros, el que más habría servido para los estudios de no haber caído cuando era niño dentro de una marmita plagada de Marcas antiguos que su padre no había quemado en la chimenea por temor a que se le inundara la casa de merengue, dedujo que la fiebre no debía de haber remitido todavía en nuestro vecino.

– El Coronavirus que lo infecta es sin duda de la variedad moscus coionerus- opinó-. He leído que esta mutación puede causar delirios crónicos irreversibles. Ya no tiene sentido que lo enviemos a una escuela de reeducación cuando se reponga. Este tío morirá sin cambiar de equipo. Pobre.

A Gan la evolución clínica del vecino le entristeció profundamente. Como ya habrán podido adivinar en estos dos años que hace que lo conocen, mi compañero es un idealista de tomo y lomo. El muy cándido había pensado que esta crisis nos iba a servir a la especie humana para modificar nuestra escala de valores. Aspiraba a que entendiésemos que había otra forma de entender la economía, que también se puede llamar economía, en la que el derecho a la salud, a la protección social, a la educación y a la justicia se blindasen ante cualquier ataque, que se antepusieran al presunto derecho a que unos se hagan ricos a costa de otros en nombre de una libertad, la de ellos, a quedárselo todo. Gan alberga, aún hoy, la esperanza de que la ley y la justicia fueran compatibles, y anhelaba que los poderosos no pudieran modificar la legislación a su antojo para hacer y deshacer con total impunidad. Por eso pensaba que, al igual que otro mundo podría ser posible si no desfalleciéramos, si tuviéramos el coraje de mantener en el tiempo la fuerza que acabamos de descubrir que tenemos, también nuestro vecino podría cambiar de equipo. Pero, claro, al escuchar sus febriles saltos de alegría al prolongarse la imbatibilidad de su escuadra -¿o es un cartabón lo de ellos?- se le vino el mundo, nunca mejor dicho, de nuevo encima.

– Ni recuperaremos los cien millones del Corinnavirus ni este tío va a cambiar de equipo. El mundo volverá a ser el que era, al menos durante los próximos cinco años. Hasta que llegue la segunda plaga. Y creo que tiene que haber siete antes de que el ser humano aprenda…

Gan era el único que estaba triste. Bueno, tampoco es cierto. A Jul y a mí, que no nos quebramos tanto la cabeza, que el vecino cambiara de equipo o no nos daba igual. Es más, preferíamos que todo continuara como hasta ahora, porque somos parte de esa gran mayoría de personas a las que nos gusta tener un enemigo cerca, aunque sea fabricado, para meternos con él y que la vida siga igual. De eso viven los poderosos, se llamen Real Madrid o Barcelona (y sus variantes políticas), Trump o Putin y Ortega o Gasset, por no extenderme en los ejemplos. Tenernos entretenidos con pequeños rifirrafes hace que siempre ganen ellos las verdaderas batallas (y las ligas).

Jul y yo preferíamos que el vecino continuase siendo de la acera de enfrente para reírnos de él, para hacer memes y vídeos a su costa, y para continuar carcajeándonos hasta que el rictus se nos endurezca definitivamente y estiremos la pata. Pero Gan se encontraba un tanto desolado, y también nuestro perro Coke23, que estaba hasta los mismísimos de compartir vivienda y comida con Hulio17. A propósito de Hulio17, y con esto de que con el estado de alarma permanecen las peluquerías cerradas, hay que ver cómo se le está poniendo el pelo. Y como no lo podemos teñir, le están asomando las canas entre los mechones rubios y ahora parece más un perro vaticano, de las rayas amarillas y blancas que tiene. Vaya, que en vez del perro del vecino se diría que su dueño es el Papa Francisco.

En resumen, y para no extender más este artículo, la palabra que puede resumir la crónica de esta semana en nuestra casa ha sido la de altibajos. El idealismo de algunos nos contagió (virus no coronavírico) de euforia en algunos momentos, mientras que en otros se nos cayó el alma a los pies (sin posibilidad de chutar el alma porque no está hecha de materia). Y es que tanto tiempo encerrados nos tiene un poco majaretas.

Disculpen, pero les tengo que dejar. Viene Gan por el pasillo con la cacerola por sombrero fuera de horario, como si fuera el ensayo de una banda de Semana Santa. La está aporreando con una cuchara de palo, y eso que le tengo dicho que hay que usarla de metal. Se nos está yendo la olla, aunque ahora la lleve este tío en la cabeza. ¡¡¡Gaaaan!!!

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