Escrito en la hierba, la columna de Isaac Paez, en La Colina de Nervión | Imagen: La Colina de Nervión
Escrito en la hierba, la columna de Isaac Paez, en La Colina de Nervión | Imagen: La Colina de Nervión

He de confesar, al igual que ya hiciera Nick Hornby en su maravillosa y futbolera obra literaria Fever Pitch, que he dejado de lado numerosos compromisos sociales como comidas familiares, cumpleaños o presentaciones de libros porque ese mismo día jugaba el Sevilla y, ante tal tipo de situaciones, la elección siempre fue sencilla. A quienes se pregunten cómo puede un poeta verse seducido por algo tan pedestre como el fútbol, me gustaría contarles un suceso que el cineasta Paolo Sorrentino confesó en una entrevista. Sorrentino, declarado hincha del Nápoles, durante su juventud pedía continuamente a sus padres que lo dejaran ir a ver un partido del Nápoles como visitante, pero el «no» era la respuesta que indefectiblemente recibía. Y así fue hasta un mes de septiembre de 1986, cuando llegó por vez primera el permiso que tanto había anhelado. Sus padres se marcharon a la casa donde solían veranear, mientras el joven Sorrentino aguardaba la llegada del alba para ir a Empoli y ver jugar a Maradona, ese ídolo del que dijo: «Maradona es el mundo antes que cualquier cosa, Maradona es mi infancia». Por la mañana, cuando sonó el timbre, pensó que uno de sus amigos se había adelantado demasiado a la hora acordada para partir, sin embargo, comprobó que se trataba del portero del edificio, quien le dio la noticia de la muerte de sus padres en la casa de veraneo por inhalación de monóxido de carbono. «Maradona me salvó la vida», declaró, o lo que es lo mismo: el fútbol le salvó la vida a Sorrentino.

Pero aquello que puede salvar vidas también puede sesgarlas, y en este aspecto el fútbol y la poesía tienen no pocas semejanzas. Antonio Puerta, Jarque y, recientemente, nuestro eterno capitán José Antonio Reyes son como los malogrados jóvenes poetas: Silvia Plath, Bécquer o el genial John Keats; quien murió con veinticinco años lejos de su país y en cuyo epitafio puede leerse: «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito sobre el agua». De no haber sido futbolistas o poetas, la muerte hubiera pospuesto su llegada, estoy seguro, porque la muerte no es nada, tan solo un segundo que se prolonga sin final, igual que un verso de Vallejo o un gol de Cantona, creaciones que trascienden al tiempo y se graban a fuego sobre el alma de sus fieles, sabiendo que esa brevedad de lo imposible es la llave de la eternidad. Qué difícil es matar a algunos muertos…

He de admitir que, aún hoy, cuando mi casa está en silencio y emborrono versos durante la madrugada, al irme a la cama y agarrar la almohada con la fuerza del náufrago que se abraza a un madero, no pienso en sílabas, encabalgamientos, metáforas o acentos. Yo sueño con el minuto noventa, el estadio hasta la bandera y un balón que cae botando ante mí (que llevo el once en la espalda) y lo golpeo con toda la fuerza de lo que no soy. Entonces, el esférico entra tras chocar contra el larguero y el grito primordial de la alegría se agolpa en la garganta de la noche. Pero ¿y si fuera yo quien ya no despertara? … ¿y si me quedara dentro de esas ensoñaciones para siempre con mi nombre escrito sobre el agua? Si así fuera, recordaría que, como dijo Chateaubriand, es más duro asumir la muerte que padecerla, y me consolaría pensando que, al otro lado del tiempo, hay un futbolista dormido que está soñando ser poeta.

Sorrentino lo expuso con brillantez: «el futuro no existe para alguien que está condenado a vivir en la memoria de todos». Por ello, la muerte nunca podrá con Puerta, Bécquer, Jarque, Sylvia Plath, Keats o José Antonio Reyes: eternamente vivos en la memoria de la Gran belleza.

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