España, España. País, sufridor de una burbuja económica que llegamos a alimentar. La construcción resonaba como alarma al trabajador, era címbalo al empresario. Y así, así crecía una burbuja que incluía todo un repertorio de consecuencias arriesgadas. E innegable es, que aún sentimos el latir de lo que un día explosionó. Fue un vicio, el del ladrillo, responsable de traer ondas culpables. Causantes de lo que muchos sufren, de transformar miles y miles de currículums en papel mojado. Y parece que un “ya le llamaremos”, es amigo íntimo del silencio. Un silencio frustrante, síntoma de una impotencia que espera, pero que también desespera. Mientras tanto, familias enteras deciden combatirlo, cueste lo que cueste. Y como resultado, emerge una valoración inédita, espléndida. Una mirada a lo que sería insignificante dentro de la burbuja. De hecho, es ahora, cuando la simple compañía de un hijo, podría catalogarse entre los mejores regalos. Y todo por buscar empleo más allá de nuestras fronteras, de nuestra España. Toda una fuga de cerebros, pero también pérdida de futuro nacional. Se van, se van porque el radar de oportunidades se estremece.

Y he aquí, el aroma futbolístico que inunda cada una de las palabras del artículo. La construcción ha dejado a un lado el alzamiento de edificios, para levantar postes. Postes, que frenan oportunidades de empleo, acrecientan fracasos en intentos de futuro. Estamos entre las realidades más absurdas de nuestra historia. Parece que, incluso, la alta cualificación no se amolda a la portería de oportunidades. La burbuja ha construido postes demasiados anchos, trabajos que terminan en temporalidades precarias. Y parece que muchos, no visualizan la red de portería. Ni siquiera saben si existe, si es posible la adquisición de un empleo de acuerdo a la formación recibida. Y mientras que la oratoria política trata de derribar tales postes, la ciudadanía está inmersa en un área de cansancio. En un terreno fatigado de colas en el paro, de mirar un reloj que busca respuestas y de ceñirse a un abanico de compras fijas. El címbalo tras el estallido ha cambiado. Ahora, solo la fe crea nitidez en cuanto a miradas a portería. Nos queda creer, mantener la esperanza de que los postes, las dificultades para trabajar, caerán. Caerán para levantar dignidad en la familia. Para vivir bajo el umbral del descanso, para no desesperar a fin de mes, para resecar el papel mojado de los currículums y cambiar el menú.

Siempre habrá obstáculos, toda una multitud de postes esperan para frenar el balón. Y a veces, la anchura de estos, será mayor que la red de portería. Se reducen las posibilidades. Motivo por el cual, muchos deciden cambiar de dirección, aún sabiendo el precio de llegar a una nueva área de solución. Y  es este, el paro. Un poste para la mayoría de la sociedad, y solo nos queda creer. Creer que la situación política y económica, ensanchará la red de oportunidades. Una esperanza constante, persistencia capaz de derribar semejante economía de postes.

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