El director de cine John Huston buscaba de forma desesperada la forma de financiar una película. Quería filmar “Dublineses”, basada en el libro del genial James Joyce. Deseaba, más que nada, trabajar sobre el cuento “Los muertos”, meterse en esa obra con toda su alma. Sin embargo salió de los estudios de cine con una propuesta diferente, metido en el bolsillo de atrás del pantalón, en un papel que dobló con poco entusiasmo. Era una anécdota de la II guerra mundial sobre la que le pedían una película. Para ella podía contar con buenos actores y estrellas de Hollywood.

Su hija Angélica le dio ánimo, ya habría tiempo para hacer “El honor de los Prizzi” y si había sido capaz de hacer “La reina de África”, “El halcón maltés” o una de James Bond con la misma frescura, podía al menos darle una oportunidad a esa historia.

En su despacho, abrió el papel y leyó:

“El 19 de septiembre de 1941 Kiev fue ocupada por el ejército nazi. Durante los meses siguientes llegaron a la ciudad cientos prisioneros de guerra liberados, a los que no se permitía trabajar ni vivir en casas, por lo que se veían abocados a la indigencia. Entre aquellos soldados desnutridos estaba Nikolai Trusevich, portero del “Dinamo de Kiev”.

Josef Kordik, un panadero de origen alemán, reconoció a Trusevich, su ídolo, y, saltándose la ley, lo contrató en su panadería. También ocupó en su panadería a tres futbolistas del Lokomotiv. Así nació el equipo de futbol FC Start.”

¿Una película sobe fútbol? Intentó recordar si existía alguna, y continuó:

“El FC Start jugó su primer partido el 7 de junio de 1942. Vencieron 7-2. Sus siguientes rivales fueron una escuadra húngara (victoria por 6-2), luego un conjunto rumano (les hicieron 11 goles). El 17 de julio, el “FC Start” ganó por un contundente 6-0 a un equipo del ejército alemán.  El 6 de agosto, convencidos de su superioridad, los alemanes prepararon un equipo con miembros de la Luftwaffe, el Flakelf. El “Start” volvió a vencer por 5-1. El 9 de agosto se anunció la revancha, en el repleto estadio Zénit. Antes del choque, un oficial de las SS entró en el vestuario  y dijo: «Soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto». Ya en el campo, los futbolistas del “Start” alzaron el brazo, pero se lo llevaron al pecho y en lugar de gritar ¡Heil Hitler!, corearon «¡Fizculthura!», un eslogan soviético que proclamaba la cultura física. Los alemanes marcaron primero, pero el Start llegó al descanso ganando 2-1. Hubo más visitas al vestuario y los jugadores se plantearon no salir, pero finalmente lo hicieron. Con 5-3 a su favor, Klimenko regateó al portero y cuando todos esperaban el gol, se dio la vuelta y pateó hacia el centro del campo. Los alemanes lo consideraron una humillación peor que perder el partido, el estadio aplaudió a los héroes soviéticos”.

Huston, resignado a hacer la película, buscó consuelo en que podía contar con Max Von Sidow como el alemán malo y Michel Caine como el capitán de los buenos (¿sabrá jugar al fútbol ese hombre?, al fin y al cabo, es inglés). También le obligaban a poner a un actor de moda, el había pensado en el de “Rocky”, serviría de portero. Pero lo que más le interesó fue el final de la historia:

“La Gestapo visitó la panadería y arrestó a todos los futbolistas rusos. El primero en morir torturado en comisaría fue Kortkykh. Los demás arrestados fueron enviados al campo de Siretz. Allí, como respuesta a un ataque de la resistencia, mataron a Kuzmenko, Klimenko y Trusevich, que cuentan que fue fusilado con su camiseta de portero puesta y gritando: «¡El deporte rojo nunca morirá!». Goncharenko, Tyutchev y Sviridovsky, que no estaban en la panadería en el momento de la detención, sobrevivieron escondidos hasta la liberación de Kiev en noviembre del 43. El resto se esfumó en el caos de la guerra.

Los jugadores del “FC Start” son héroes de la patria y su trágica historia forma parte  de los libros de texto que se estudian en los colegios de Kiev. En el estadio Zenit se mandó esculpir en mármol una placa con la siguiente leyenda: “A los jugadores que murieron con la frente en alto ante el invasor nazi”. Además, quienes fueron testigos de “El partido de la muerte”, conservan la entrada y tienen asegurado un pase vitalicio para asistir a todos los encuentros del Dínamo de Kiev.”

El director pensó que, para no caer en una película exclusivamente de fútbol, podía ambientarla en un campo de prisioneros y centrarlo todo en sus intentos de fuga. “Evasión o victoria”, escribió en el reverso de aquel papel.

Sabía que Hollywood nunca aceptaría ese final. Bastante que tendría que pedir a algunos futbolistas que hicieran de actores. Esperaba que ellos les coreografiaran las jugadas.  Pensó en el argentino Osvaldo Ardiles, que había visto jugar en Inglaterra y si todo salía bien quizás le consiguieran al mismo Pelé, total, estaba seguro  que tampoco permitirían que los héroes fueran los rusos. Harían la historia con un equipo aliado, con final feliz, muy lejos de la verdad.

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