Querida Eurocopa. Parece que la violencia de algunos, os arrebata los mejores titulares de las primeras páginas. Portadas se revisten de primicias que no la merecen. Es sin duda, una absurda contradicción. Son los enfrentamientos, las armas para conseguir diferenciación nacional. Pero, espera. Una vez más, los extremismos confluyen para sin querer, acabar compartiendo un mismo resultado. Y en esta ocasión, cuando predomina ese algo, los colores de la afición pasan a un segundo plano. Algo más fuerte aún, les acaba uniendo. Es el parásito de la violencia. No hay árbitro que señalice el comienzo de tal hostilidad. Ni reglas, ni muchos menos, fútbol. Menudos hooligans. Actúan en nombre del deporte universal por excelencia, del que deberían reafirmar la importancia del otro parásito: el respeto. Se han confundido de extremo. Y para qué engañarnos, a la violencia lo que menos le importa es el fútbol. Con fines de redactarlo lo más sutilmente posible, diremos que se trata de orgullo, de dejar claro quién manda. Lo típico. Inmadurez. Ultras, que deciden “apoyar” perjudicando, siendo protagonistas de lo incoherente.

Querida Marsella, ¿para eso vienen? Qué vergüenza. Treinta y cinco personas hospitalizadas, una en estado crítico y tres heridos graves. ¿En serio? Y al atracón de palizas, añadámosle la explosión de gases lacrimógenos, y los mejores vuelos de sillas. Todo un espectáculo al que habría que acudir de lejos. Porque eso sí. No es recomendable un mayor acercamiento. De lo contrario, podríamos ser nuevas víctimas de tal horrendo parásito. Y contra este, aún no han salido vacunas que lo contraigan. Estamos a la espera. Mientras tanto, porfavor hagamos énfasis a la importancia de la educación. Desde luego, como diría mi madre, en estas situaciones te das cuenta de que hay personas para todo. Confirmación que está demasiado vista y, ahora que lo escribo, siento no atribuir novedad al artículo. A los hooligans se les va de las manos, o peor aún, se han dejado el pasaporte cerebral en casa. Es así. Se les va la cabeza. Pero para qué más teoría, acudamos a un ejemplo “práctico”. Entre la multitud de altercados, los medios de comunicación otorgaron el privilegio de escribir a cerca de un peculiar ultra. Una persona que optó por la racional idea – nótese el alto porcentaje de ironía – de camuflar una bengala en su recto. Para ser más precisos, dieciocho centímetros de largo por cuatro de diámetro, según ha aclarado el fiscal de Niza, Jean-Michel Prêtre. Sí señores, sin anestesia. Cumbre del parásito de la violencia.

Querido mundo. Seamos ultras o no. Reivindiquemos siempre, los mejores valores del fútbol. Construyamos una percepción del deporte favorable, llevando a la práctica el parásito del respeto. Bendito contagio. Porque al fin y al cabo, ello es lo que nos hace disfrutar del deporte. Resaltemos la necesidad de combatir la educación hooligan. Porque en realidad, querido lector, no existe apoyo con violencia, ni  bengala sin herida.

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