Odio a los hinchas

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Umberto Eco pidió que no lo homenajearan hasta pasados 10 años de su muerte. O sea que este texto debe evitar los elogios (hasta el año 2026). No puedo decir que ver la película “El nombre de la rosa” marcó mi vida o que durante años “Apocalípticos e integrados” fue mi libro de cabecera para entender este mundo loco e injusto. Tampoco deberíamos decir que el genial semiólogo, ensayista y novelista italiano publicó un gran texto sobre el fútbol en diario L’Espresso el 15 de junio de 1990.

A Eco le gustaba el fútbol, pero durante el mundial de Italia 90, no encontraba un remanso de paz. Un instante en que los temas fueran otros. Cualquier persona inteligente sospecha de esta situación. Desde siempre algunos poetas observaban atentos como, mientras los medios hablan y hablan sobre uno o dos temas, las tragedias se suceden sin que nadie las mencione. Incluso en la actualidad podemos constatar cómo un gobierno corrupto logra pasar de puntillas por los noticieros preocupados por “la actualidad candente que según las encuestas es lo que de verdad quita el sueño a los ciudadanos”. Pensando esto es que el bueno de Umberto se subió a un taxi. Sin darle los buenos días  el conductor comenzó a hablar del partido entre Argentina e Italia, el de Alemania e Ingaterra, el Irlanda- Italia o de la gloria de Salvador Schillaci frente al infierno de Maradona. Fue tal el dolor de cabeza que no dudó en imaginar una situación similar pero con un aficionado a la música que se sube a ese mismo taxi y dice:

—Oiga, ¿usted llega hasta la quinta variación de Derde doen Daphne d’over?
—Pues verá, yo voy a Parma… 
—Ah, usted toca en F y no en C. ¿Sabe que he descubierto una sonata de Loeillet que…
—¿De Loli… qué?
—¿No empleará por casualidad la digitación alemana?
—Verá, los alemanes… El BMW será un buen coche, pero…
—Entendido, entendido. Usa la digitación barroca. Justo. Mire, los de Saint Martin in the Fields…

Escribió ese texto lleno de rabia, dónde en sólo seis párrafos dejó claro este concepto: “Odio a los hinchas, no al fútbol”.

Como nadie recuerda a los genios, los intereses económicos se han encargado de elogiar a los altares a las aficiones. La “hinchada” es sagrada. “Si la grada nos pita es porque tiene razón”, dicen los jugadores. “Este equipo es mi vida”, dice uno. “Te llevo en el alma”, se tatúa otro. “Lo más importante es la pasión” dice alguien. “Es lo más importante pero el dinero para nosotros”, dicen los directivos. La pasión incondicional ha permitido que el fútbol, este deporte popular y hermoso llene de oro a unos pocos y a otros los sumerja en violencia y frustración.

En realidad Umberto Eco era un hincha, un aficionado del fútbol, pero más todavía era un pensador. Le importábamos tanto que le daba igual de que equipo fuéramos, él sólo quería “ver un buen partido con placer e interés porque aprecio los méritos de este noble deporte”.

En el año 2026 deberíamos hacerle un partido homenaje y darle las gracias por ayudarnos a razonar en un mundo que parece premiar lo contrario.

1 Comentario

  1. No recuerdo quién lo dijo pero, eso no importa. Un partido de fútbol se juega allí en la cancha. Son 11 contra 11 con una misma pasión y un público que vibra con cada jugada. En general no me seduce. Sin embargo cuando alguien mira un partido en mi casa me siento atraída por lo que se ve en la pantalla y admiro la precisión de cada jugada, cada pase, cada gol (sobre todo si es la #celeste# la que juega porque entonces palpita al unísono todo un país, los de adentro y los del Departamento 20 de Jano, entre ellos mi hijo Daniel que hace casi 12 años se radicó en Montréal) No odio a los verdaderos hinchas como mi padre que llegó a cumplir 100 años y entonces #partió# Casi no veía ni oía, pero se colocaba los auriculares y escuchaba la previa, el partido y los comentarios. Esa su pasión por el fútbol y la política en el buen sentido lo sostuvieron hasta sus últimos días. De eso hace apenas un año y medio. Era un militante de la VIDA y por eso no puedo odiar a los hinchas.También mi hija nacida con Sindrome de Down es una hincha apasionada, seguro lo aprendió de su abuelo un trabajador que jamás sintió apego por los bienes materiales y sí un amor incondicional por toda su familia. Por eso, repito no puedo odiar a los hinchas.

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