Escrito en la hierba, la columna de Isaac Paez, en La Colina de Nervión | Imagen: La Colina de Nervión
Escrito en la hierba, la columna de Isaac Paez, en La Colina de Nervión | Imagen: La Colina de Nervión

Ahora que tenemos cerca el derbi y las elecciones, quisiera hacer un llamamiento a la inacción, a la pasividad como actitud ante la vida. Hay quien ya se mueve nervioso ante la duda, pero yo, desde este humilde rincón donde me oculto, reivindico la figura de Oblomov, personaje de la literatura rusa creado por Iván Goncharov, cuya actitud vital consiste en jamás levantarse de sus aposentos permitiendo que todo se derrumbe a su alrededor. Oblomov dejó pasar la riqueza, la juventud y el amor como quien contempla el propio devenir de la naturaleza. Sea pues lo que deba ser, que ganen los extremistas y gobiernen, que vuelvan a expulsarnos a un jugador tras ser agredido en el campo del eterno rival si eso les agrada. En Mestalla hubo dos tarjetas rojas perdonadas al Valencia; el pasado sábado pudimos contemplar un penalti inventado por el VAR seguido de ríos de tinta en los vomitivos diarios de la Corte de «Madriz» hablando sobre la retención de Koundé. La España vaciada está en Madrid y Barcelona, sitios llenos de gente, pero vaciados de sentido común y de capacidad para mirar más allá de sus ombligos. Mientras tanto, Simeone hablará de una liga dirigida contra su Atlético…qué pena que no se puedan injertar neuronas como se injertan cabellos.

            Mejor ser el héroe de la indolencia que de la estupidez, mejor dormir que participar en este juego sin sentido y sin capacidad de sorpresa. En ocasiones es más revolucionario un bostezo que un disparo, y encogerse de hombros puede proteger más que una armadura. Como reivindicó Duchamp, respirar es ya un trabajo, todo lo demás es un sistema asentado sobre nuestro sufrimiento que siempre llena las mismas alforjas. ¡No colaboréis! Acostaos sin más vocación que respirar y, el lunes por la mañana, veréis que nada habrá cambiado pese a todo. Al menos así seremos, como decía el propio Oblomov, «felices porque el día ha pasado y la noche llega para dormir de nuevo».

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