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No cejad en la fe sevillista

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«No pertenezco al tipo de hombre riguroso que prefiere expresar correctamente lo que no quiere decir antes que expresar incorrectamente lo que quiere decir» (G. Chesterton).

Joseph Henrich, director del Departamento de Biología Evolutiva Humana de la Universidad de Harvard, piensa que la fe, creencias sin evidencia racional ni empírica directa alguna, se deriva de replicaciones de la tradición y tiene un buen basamento evolutivo: la memoria biocultural de la especie. Al sevillismo le toca ahora, en esta semana en que el cristianismo celebra su gran misterio fundacional, la muerte y resurrección del que nunca ha estado muerto (dios es eterno), tener fe. Muchas veces la hemos tenido y nos fue muy bien. ¿Por qué ahora no?

Ciertamente, la última Junta de Accionistas fue patética. ¿Cuál no ha sido? ¿Cuál no es? Todas las juntas de accionistas son patéticas porque toda sociedad anónima lo es; así es el capitalismo patético. Pero si un enfrentamiento público entre un padre y un hijo en cualquier otro escenario puede ser trágico, en la junta de accionistas no adquiere esa terrible grandeza, allí es simplemente patético. ¿Pero quién ha dicho que lo que tú y yo sentimos, amigas y amigos sevillistas, sea una sociedad anónima y menos deportiva? Eso lo dicen las leyes, pero los dictámenes sentimentales de nuestra fe heredada de padres y madres a hijos e hijas. Por supuesto, ese dictamen heredado no es una sociedad anónima, sino secreta, intangible, más innumerable que innumerable. Nadie da lo que nosotros damos por una sociedad anónima, pero sí por una sociedad secreta, como la historia muestra en numerosas ocasiones.

El capital es el monstruo más inhumano que hemos fabricado, a su lado la IA más potente es un infante curioso, y el capital ha penetrado ya en el fútbol. Lo que nació como un pasatiempo improductivo fuera de las fábricas manchesterianas ha colonizado ya al juego, improductivo por esencia. Al igual que el Catedrático de Teoría del Estado de la Universidad de Padua, Toni Negri, gran aficionado del Bolonia, describió cómo el postfordismo supuso el paso de la fábrica como un lugar en la ciudad a la ciudad como un no lugar de la fábrica, hemos transitado del fútbol como espacio autónomo del capital al fútbol capitalizado que incluso convierte en mercancía los sentimientos: lo llaman «experience» ahora la mercadotecnia deportiva. Pero todo eso nada tiene que ver con nuestra fe.

¿Nunca se han preguntado por qué los Biris persisten a lo largo de los años a pesar de la criminalización permanente? Porque tienen fe y actúan como una sociedad secreta, pero quien los ampara no es la oscuridad de las catacumbas sino la deslumbrante luminosidad del gol norte del Sánchez-Pizjuán. No hay nada más invisible que la excesiva visibilidad. Los Biris son la peña más grande del Sevilla Fútbol Club y carecen de legalidad. Nadie es Biri y todos son Biri. Es el común el que ahí habita y que se expresa por las rendijas de la realidad, a veces en cosas tan aparentemente estúpidas y banales como el fútbol.

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