Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira. Artículos de opinión sobre el Sevilla FC
Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira. Artículos de opinión sobre el Sevilla FC

Llevo apareciendo por esta Colina ya casi seis meses y todavía no les he hablado de mi cuñado… Mi cuñado es un entendido en fútbol. (Soy consciente de que juntar las palabras “cuñado” y “entendido” en la misma frase es una manifiesta y manida redundancia, pero es que es así)

Ya desde pequeñito, mostraba una clara y apasionada inclinación hacia este deporte. En una ocasión, jugando al futbolín, y habiendo marcado su equipo un gol, quiso amarrar el resultado poniendo a todos sus jugadores a defender… Y se cargó el futbolín.

Recuerdo con inmenso cariño y ternura la primera vez que le invité a que viniera conmigo al fútbol. El partido transcurría con monótona normalidad, con escasas ocasiones en las áreas y sin definirse un claro dominador. Era, incluso, hasta aburrido. Pero allí estaba mi cuñado para hacernos revivir del sopor. Cuando el equipo visitante nos marcó el primer gol, y ante el abatimiento de la grada, mi cuñado siguió en silencio y muy atento el movimiento de los jugadores contrarios hacia su campo y el de los nuestros al círculo central para el nuevo saque. Mirándome con cara extrañada, me preguntó: “¿Y la repetición?”. “¿Qué repetición?”, le contesté extrañado… “La del gol, la repetición del gol”. Ante mi cara de asombro, pensando que no había entendido nada, lo cual era cierto, continuó: “En la tele, cuando un equipo marca un gol, luego hacen la repetición del mismo más despacio. Y aquí siguen jugando como si nada…”

Hay que poner a trabajar muy deprisa a las neuronas para que, en primer lugar, anulen el impulso natural del cuerpo a tirarse al suelo de risa, y en segundo, a buscar una respuesta que esté a la altura de la pregunta. Afortunadamente, mis neuronas realizaron un trabajo de categoría. No sólo aguanté de pie y sin soltar la más mínima carcajada sino que, además, tuvieron la habilidad de facilitarme una contestación acorde a sus expectativas. “Es que eso sólo pasa en los partidos televisados. Y éste no lo es”… Asintió con la cabeza, dando a entender que había resuelto su duda, acompañó el gesto con un explícito “Ah, claro” y continuó mirando el partido, lo que me permitió dar licencia a mis ojos para que expulsaran a placer todas las lágrimas de risa contenidas hasta el momento…

La segunda ocasión en que fuimos juntos a ver un partido no estuvo a menor altura. Ya en el calentamiento de los equipos, me atreví a decirle “Hoy jugaremos con un esquema 4 – 3 – 3”. Se me quedó mirando fijamente un rato. Reconozco que me dio hasta un poco de miedo. Luego sonrió y dijo “Anda ya, me estás vacilando…” Ante mi cara de estupor, siguió: “Cuatro más tres y más tres son diez. ¿Te crees que no sé que juegan once?…”

Y entonces mis neuronas me gritaron “¡¿Otra vez!?” Pues sí. Otra vez tenían que impedir que me tirara al suelo de risa y buscar una contestación apropiada.

“Verás”, comencé, “es una estrategia que tiene el entrenador para castigar a un jugador que no está rindiendo como debe en los entrenamientos. Lo saca de titular pero da órdenes al resto del equipo para que nadie le pase el balón, para que le hagan el vacío”.

Cómo respiré cuando soltó su expresivo y comprensivo “Ah, claro”. Y desde el pitido inicial estuvo entretenido tratando de averiguar cuál de todos era el jugador ignorado por el resto de compañeros. Iniciada la segunda parte, y cuando los videomarcadores anunciaban el primer cambio de nuestro equipo, mi cuñado exclamó “¡Lo sabía, sabía que era ese!”. No pude por menos que felicitarle por su capacidad de observación. Él se vino arriba y aventuró: “Ahora ya jugaremos con un 4 – 4 – 3”. Y no pude por menos que felicitarle también por su capacidad de análisis y visión de juego.

Desde aquel momento, como si de una revelación se tratase, tuvo muy claro que contaba con un don especial para analizar el transcurrir de cada partido. Y también tuvo igual de claro que esa sabiduría era justo compartirla con el resto de la grada, como no podía ser de otra manera, a grito pelado.

Desde aquel momento, mi cuñado entró a formar parte de esa categoría selecta que hace un par de semanas, en este mismo espacio, dábamos en llamar “el señor de atrás”.

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