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Menos rollo

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Define el diccionario de la Real Academia Española como ladrón a aquella persona “que hurta o roba”. Teniendo en cuenta que existen dos sentencias firmes que condenan a un accionista del Sevilla Fútbol Club por desviar dinero público para su beneficio y por enriquecerse de forma ilícita con obras públicas, no resultaría extraño que los restantes accionistas puedan preguntarse si es conveniente que un ladrón llegue a ostentar la Presidencia de la entidad.

A corto plazo, la pregunta aún no parece planteable pues sobre el condenado pesa todavía una inhabilitación para cargo público que le impediría cumplir su deseo de presidir el Sevilla Fútbol Club, de ahí que por el momento todos sus movimientos sean indirectos y subrepticios. No obstante, todo llegará, pues la terquedad es característica habitual en quienes tienen la avidez de amasar fortuna y otorgan a esta pasión más valor incluso que al amor paterno-filial.

Porque, dejémonos de rollo, aquí lo único importante es la pasta, el vil metal. Por muchos golpes de pecho de sevillismo y por mucho que proclamen su amor a los colores del Sevilla Fútbol Club, lo que va a imperar en las próximas juntas generales, al igual que en las anteriores, es el aprecio al dinero y al poder que profesan todos y cada uno de los asistentes. Demostrado está desde hace años que, sea cual sea el número de títulos que posean, quienes en las reuniones de accionistas apelan con tanta fruición al sentimiento sevillista, o bien mienten como bellacos, o bien pretenden engañar al resto de asistentes para esconder sus verdaderas y aviesas intenciones, que no son otras que proseguir con su enriquecimiento. ¿Y es esto ilícito o reprochable moralmente?

Por supuesto que no. Nada hay de irregular en pretender obtener rentabilidad de una inversión afrontada con el patrimonio propio, sin duda; así pues a qué vienen esas enfervorizadas soflamas sobre sevillismo. Tan legítimo es pretender recibir dividendos como aspirar a cobrar un salario por las responsabilidades de miembro del consejo de administración como obtener suculentas ganancias mediante la venta de acciones. ¿Acaso no son sevillistas aquellos que están vendiendo sus participaciones  a ‘los americanos’ a 2.000 euros el título? Pues entonces.

No suenan más que a fariseísmo todas esas acusaciones hacia el socio americano que se trajo el aún presidente Pepe Castro bajo el argumento de que sus intenciones son estrictamente monetarias sin que anide en sus corazones el más mínimo sentimiento hacia una entidad de la que hasta hace tres días desconocían incluso su existencia. Pues claro que el tal Blázquez y sus jefes de Miami o Delaware no profesan el más mínimo amor por todo lo que representa el Sevilla Fútbol Club. Pero, por qué no tuvieron en cuenta esas razones las principales familias sevillistas cuando fueron en su búsqueda para contrarrestar la acumulación de acciones que estaba emprendiendo el anterior presidente encarcelado.

Los prolegómenos de las juntas de accionistas que se van a celebrar en fecha próxima vuelven a poner de manifiesto que la categoría ética, moral e intelectual de los propietarios de la entidad no alcanza ni la suela de los zapatos de los profesionales que cada día trabajan para el Sevilla Fútbol Club. Desde el más alto ejecutivo hasta el más humilde de los empleados, pasando evidentemente por quienes defienden nuestros colores en el terreno de juego, todos ellos ostentan con sinceridad su condición de asalariados, a la vez que le añaden para su desempeño la pasión sevillista que brota de los valores de la entidad. Mucho más sevillismo hay en las lágrimas de despedida de profesionales nacidos a mil kilómetros de aquí, como Banega o el Mudo Vázquez, que en los golpes de pecho de Pepe Castro, Del Nido o el ‘sursumcorda’ que asista a las reuniones de accionistas.

Alejémonos y descreamos, por tanto, de todos aquellos socios, grandes o pequeños, unidos o solitarios, que apelan a los sentimientos sevillistas cuando lo que está en juego no es más que dinero y poder institucional, pues sus apelaciones sólo ocultan el interés en su beneficio propio. Un interés tan desmesurado que no lo alivia ni la vergüenza del presidio ni el amor por un vástago.

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