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"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca. La Colina de Nervión, noticias del Sevilla FC y mucho más

Jul y Gan entraron indignados en casa el pasado jueves, después de afearle a nuestro vecino en el portal la actitud de su equipo ante uno de nuestros rivales directos en la liga del coronavirus.

– Yo solo le dije que preferían perder con tal de perjudicar a nuestro Sevilla FC. Ni más ni menos que el Evangelio -se quejó Jul, que había acompañado a Gan a sacar a Coke23 a dar un paseo-. Y el nota el único argumento que me saca es el del sentimiento.

– Vamos, como si a nosotros nos pagaran un sueldo todos los meses por ser sevillistas- añadió Gan mientras rociaba con un spray de agua oxigenada diluida las patas del perro, para que no nos contaminara la casa, como recomendaba el motorista epidemiólogo más famoso de la tele.

– Igualitos que los vascos, que siempre se ayudan unos a otros- volvió a quejarse Gan, después de que Coke23 saliera disparado hacia la comida una vez finalizada la limpieza patil.

El sentimiento. Parece que hay aficionados de equipos -que, por cierto, suelen ser por lo general bastante malos- que aseguran gozar en exclusividad el sentimiento de amor a sus colores, cuando en realidad lo que sucede no es otra cosa que es de lo único que pueden presumir, de sentimiento. Porque, les guste o no, tal sentimiento lo comparten con todos los aficionados de todo el mundo. Cada cual a su equipo, pero tan verdadero uno como otro.

El amor a un equipo de fútbol nace mucho antes de tener lo que antes se conocía como uso de razón. Los factores que predisponen a ello son externos a la decisión propia de quien los asume. Nadie nace sevillista, bético o del Athletic, sino que nos hacen. Y en esto, la familia interviene de forma decisiva, en ocasiones alimentando el amor a unos colores tradicionales en su seno, y en otras como respuesta, como rechazo a tales influencias. La inmadurez en la decisión adoptada explica ese sentimiento irracional, desmedido, incomprensible hacia unos colores futbolísticos que, además, se asumen como definitivos en las lágrimas que provoca una derrota. Como dice el escritor argentino Eduardo Sachieri, una vez que has llorado por un equipo, ya no hay vuelta atrás.

Evidentemente, esto solo vale para personas que son futboleras de verdad. Hay gente a la que el fútbol no le llama la atención y todo lo que hemos dicho se la trae al pairo. Se la refanfinfla, como diría el poeta, aunque digan reconocerse de un equipo. Vamos, eso de yo soy de tal equipo, pero a mí no me gusta el fútbol, y que tanto nos suena habérselo escuchado a más de uno de los que creen haberse apropiado del sentimiento.

Es cierto que hay veces que el amor a unos colores llega después, al mudarse de ciudad, al conocer a alguien importante en su vida… El amor, y de lo que estamos hablando hoy es de amor, al fin y al cabo, puede ser algo de madurez, y también no tiene por qué ser exclusivo. La vida, vaya. Porque, quién no ha estado enamorado de más de uno, o de una, en diferentes épocas o al mismo tiempo. Eduardo Cruz Acillona, nuestro vecino de columna, sin ir más lejos, nació del Athletic porque allí vivió su juventud y hoy es más sevillista que el escudo. Y, como recordó en el último enfrentamiento entre los dos clubes de sus amores, ¿o son tres con su Mirandés natal?, su deseo es que empaten y ambos se lleven los tres puntos.

Muy diferente es en el caso de ciudades, incluso de gran tamaño, de poca tradición futbolística, y del mundo rural, entornos ambos en los que tanto daño causó la UHF, la antigua segunda cadena de televisión, cuando solo había dos y la del váter, y que hizo a tantos lugareños seguidores -que no aficionados, como distingue bien nuestro gran sevillista Martín Lucía- de la bicefalia cancerígena de la liga española, esa que solo goza con la derrota del enemigo. Y es que, en realidad, en primera división puede que compitan veinte equipos, pero solo unos cuantos pueden presumir de una afición importante, de esas que no se vende a clubes multimillonarios. Aficiones todas ellas que saben lo que se goza una victoria y se sufre una derrota, a las que se les puede hablar de sentimientos porque todas los tienen, aunque las vitrinas unas las tengamos más llenas que otras, en especial si no se cuentan los antiguos torneos de verano.

El cabreo que traían Jul y Gan aquel día duro bastante, pero cambió de súbito el sábado gracias a Nolito y su último servicio al que ha sido su club durante estos tres últimos años. Y hoy, que jugamos un partido de lo más importante, ya todos lo son, ante el Éibar, todos los que sentimos el escudo de Nervión estamos nerviosos porque los tres puntos de hoy nos acercarán un poquito más a la gloria. Y a soñar con volver a reunirnos, con mascarillas y a distancia prudencial, a cantar en la Puerta Jerez el himno que nos une y nos eriza la piel. Vamos, lo que compartimos con todos y cada uno de los aficionados del mundo cuando nuestro equipo nos necesita. Unas veces para llorar y otras para gozar, pero siempre juntos. Porque todas las aficiones tenemos sentimientos, pero algunas además tenemos otras cosas. En las vitrinas.

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