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Maradona: la alegría del pueblo

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Manuel Machucahttp://www.tresmilviajesalsur.es/
Escritor nacido en Sevilla. Ha publicado tres novelas, una de las cuales, "Tres mil viajes al sur", ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla. Ha participado y coordinado la antología de relatos "El derbi final"

Teníamos ya pensado nuestro titular para el artículo de hoy gracias a la frase que sobre el sufrimiento de las cabras grandes nos ofreció Julen Lopetegui antes del partido del Sevilla Fútbol Club frente al Huesca. Sin embargo, la muerte de Maradona y la convulsión que un óbito tan esperado ha provocado en el mundo nos ha impulsado a cambiar de tema. Y el motivo no ha sido que el Diego defendiese durante una temporada nuestro escudo, sino tratar de reflexionar acerca si ha sido el mejor futbolista de la historia.

Sí, me imagino que muchos están llevándose las manos a la cabeza. Que si Di Stéfano, que si Pelé, que si Cruyff, que si Messi… Etcétera, etcétera. Hay que admitir, si consideramos el fútbol como disciplina deportiva en la que se ganan títulos, se marcan goles y se revisan estadísticas, Pelé fue quien ganó más copas del mundo o Messi, más torneos de clubes y marcó más goles que ningún otro. Que Di Stéfano marcó una época con el Real Madrid o Cruyff, con aquel mítico Ajax de Ámsterdam. Que Pelé también hizo historia en el Santos y que el Barça de Messi, el de los entrenadores Cruyff y Guardiola, ha marcado una época en el siglo XXI que explica no solo los éxitos propios, sino, ay patriotas, los de una selección como la española, también referente en este primer quinto de siglo.

Pero el fútbol no es una ciencia sino un fenómeno social, y los métodos cuantitativos de investigación no sirven para todo, por mucho que periodistas que no saben cómo rellenar páginas en papel o digitales nos ofrezcan estadísticas carentes de rigor científico alguno, motivadas por el miedo a la hoja en blanco y destinadas a aficionados paletos, omnívoros en cuanto a información. Para analizar fenómenos subjetivos como quién ha sido el mejor futbolista de todos los tiempos habría que hacerlo por métodos cualitativos y, sobre todo, pasaría por definir qué es el fútbol. Si es un deporte o, como defiende el gran sevillista que es Francisco Garrido Peña en su artículo en La Voz del Sur, es la religión de la clase obrera.

El título de mejor futbolista de la historia jamás podrá otorgarlo con legitimidad ninguna federación o método estadístico. No lo podrán dar ni los mismos futbolistas ni la FIFA, ni tan siquiera los periodistas. Solo los aficionados podríamos dar este título sin trofeo. Y ahí solo valen los sentimientos, las emociones que hemos sentido, el reflejo de nuestra historia y nuestros anhelos, de nuestros deseos y nuestras imperfecciones. Lo que de nosotros hay en ellos, artistas del balón y que conectan con nuestro yo más íntimo, le hayamos dado alguna vez o no una patada con sentido a un balón.

Nadie como Maradona nos explica a nosotros mismos. A nuestro deseo de hacer magia en el mundo, de luchar por unos ideales sin olvidar de dónde salimos, de tratar de hacer del mundo algo más humano gracias a una emoción compartida que sobrepasa nuestras ideas o la camiseta que nos caracteriza. Nadie como Maradona también para señalarnos nuestros defectos a través de los suyos, para recordarnos ese lado oscuro nuestro que precisa de redención. Nadie como Maradona para decirnos que en la vida hay que pedir perdón y saber perdonarnos. Nadie como él para explicar la condena al fracaso que en nuestro mundo sufren las clases más desfavorecidas, abocadas no solo a la ínfima posibilidad de destacar sino a la obligatoriedad de ser perfectos e infalibles, so pena de regreso a los infiernos.

Nadie como Maradona para explicar una sociedad como la nuestra, presta siempre al juicio y no a la compasión, a una sociedad que te utiliza cuando le sirves y te defenestra cuando ya no le eres útil. ¿Creen que es casualidad que el Real Madrid sea el club que más títulos, algo cuantitativo, posee y haya echado sin agradecimiento ni compasión a futbolistas como Casillas y que ya piensa en el sustituto de Sergio Ramos, ahí lo llevas, campeón, porque intuyen que muy pronto ya no les servirá? ¿Entienden por qué Maradona nunca jugó en ese equipo y sí en equipos del pueblo, como el Nápoles o el Boca Juniors, incluso como el Sevilla, otro equipo que surgió del pueblo y de trabajadores, y hasta el hacendoso Barça, cuyos méritos solo se deben a la laboriosidad admirable de la sociedad catalana, más allá de opiniones políticas que también señalan nuestras vergüenzas como pueblo?

Maradona ha sido llorado por todo el mundo. Por sus clubes, por su país. Por aficionados de todo el mundo, incluso por sus enemigos encarnizados de River. La alegría del pueblo.

O en la liga inglesa, en el país que en 1986 quedó dejado de la mano de Dios. Qué elegancia siempre.

Y, a pesar de su vida, se ganó el respeto del fútbol y de deportistas de otras disciplinas como el rugby, que le rindieron un emocionado tributo que nunca podría explicar su lado oscuro.

Porque Maradona fue el héroe que todos quisimos ser, porque fue el villano que también nosotros podemos llegar a ser y porque es el mito de los que nada tienen ni esperan de nosotros, los que nos permitimos juzgar si estamos de acuerdo o no con lo que Jul y Gan sienten por Diego Armando Maradona Franco.

Maradona es fútbol y es vida. Es el dios más humano porque nos permite alcanzar la gloria y nos ofrece el perdón a través de su sacrificio. Maradona nos enseñó que Dios es imperfecto, y por eso su religión es la única que podría unirnos a todos.  Sí, Maradona murió por nosotros, para señalarnos el camino de la virtud y del pecado como un único camino de perfección. Porque la perfección es la imperfección de ser humanos, la compasión y la misericordia, las únicas que nos harán seguir caminando. Lo contrario es elitismo, irrealidad.

Maradona representa a un fútbol de héroes del pueblo y por eso su entierro fue como merece alguien que es de todos. No sé quién ha sido el mejor futbolista del mundo, pero ni el sepelio de Di Stéfano ni el de Cruyff pueden compararse. Y no me imagino igual ni el de Ronaldo ni el de Messi, héroes de la fría época cuantitativa. Ni tampoco el de Pelé, un futbolista que también salió de las favelas pero que con el paso del tiempo las olvidó.

Qué triste que sean los entierros los que calibren la grandeza de algunas personas que, como Maradona fueron ni más ni menos que el fiel reflejo de nosotros. Queramos o no. Por eso, gracias, Diego, por las maravillas que hiciste con balones de reglamento, naranjas o bolas de papel. Gracias por mostrarnos tu profunda humanidad, por abrirme los ojos. Tantas veces. De tantas formas.

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