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Los milagros son humanos

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Manuel Machuca
Manuel Machucahttp://www.tresmilviajesalsur.es/
Escritor nacido en Sevilla. Ha publicado tres novelas, una de las cuales, "Tres mil viajes al sur", ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla. Ha participado y coordinado la antología de relatos "El derbi final"

Eran las once de la noche del sábado y Jul y Gan respiraban aliviados por el inesperado resultado obtenido por nuestro Sevilla Fútbol Club en tierras bilbaínas. Si inesperado era desde mucho antes del pitido inicial, quizás incluso desde que el pitido fuese el final pero del partido frente al Salzburgo, qué podríamos decir acerca de lo que sentimos después de una horrorosa primera parte y una discreta segunda que no nos hizo merecedores de haber obtenido otra cosa que el sonrojo. Pero…

También, mientras nos tentábamos la ropa viendo a los leones fallar una ocasión tras otra, nos dio tiempo a recordar aquel partido en el Sánchez Pizjuán de la temporada anterior en el que enterramos las esperanzas de haber optado al título de liga. Fue un encuentro nocturno en el que el Sevilla atosigaba al contrario y fallaba una ocasión tras otra de forma increíble hasta que, a escasos minutos de finalizar el encuentro y con todo el equipo volcado en busca de un gol que certificase la enésima victoria consecutiva que lo habría aupado hasta soñar con el milagro, una contra de un tal Iñaki Williams destrozó la ilusión que albergábamos de romper la hegemonía de los de siempre. Sí, fue el Athletic de Bilbao el que se llevó aquel partido que nos devolvió a la realidad en forma de puñetazo en el estómago, desvaneciéndose la fantasía que nos habíamos creado.

Pero no, este artículo no va de venganza ni de donde las dan las toman. Ni de justicia o merecimientos. Este artículo habla de fútbol y de la realidad de la vida, que, por si no lo saben con solo mirar a su alrededor, no va de eso del éxito, la justicia o el «me lo merezco» que gritaba el Míchel futbolista y calla ahora el Míchel entrenador. Porque, está claro, atendiendo a las ocasiones creadas, el Athletic de Bilbao pudo haber ganado con holgura el encuentro.

Claro que sí, pero para que ello se hubiera dado tendría que haber metido entre los tres palos de Bono alguna de las pelotas que nuestro guardameta detuvo (sí, el portero también juega), o que sus futbolistas hubieran tenido mejor puntería en balones que ellos mismos (no nosotros, no el árbitro) lanzaron fuera o al poste, sin tener en cuenta que muchas de las ocasiones que tuvieron no fueron creadas por su juego sino por los errores de nuestros jugadores.

Dependió de ellos haber marcado y no lo hicieron. Otra cosa será que en primera división la probabilidad de fallar tantos goles sea escasa, pero eso es estadística y la estadística lo que trata es de encontrar tendencias para comprender lo que sucede, pero no impone la realidad sino que la estudia para buscar algún tipo de razonamiento.

Y este artículo, como decíamos antes, va de fútbol y de la realidad de la vida. El Athletic de Bilbao también partió con la ventaja de las seis bajas con las que venía el Sevilla Fútbol Club y con un estado de ánimo bajo mínimos tras la sucesión de desgracias en el seno de la plantilla y la eliminación de la Champions, con lo que eso puede influir en el futuro deportivo de la entidad.

Que las emociones son parte fundamental del fútbol es algo que sabemos de siempre, y el espíritu del Sevilla Fútbol Club que salió al nuevo San Mamés fue el de un equipo alicaído, derrotado, con la moral por los pies. En las increíbles e innumerables pérdidas de balón se notaba que el equipo estaba encogido, impotente. Errar es humano, y repetir los errores, más todavía. Pero surgió el milagro y…

Surgió el milagro y se recuperó el orgullo. Cuando nadie lo esperaba, una contra, una pelota que lucha Gonzalo Montiel, que como buen argentino jamás pierde la fe, y… golazo de Delaney. Un golazo increíble que abrió el camino para que todo cambiara. Aunque para ello hubo que rezar por que el reloj corriera lo más rápido posible hacia el intermedio, porque todavía hubo un tiro al poste por parte del cuadro vasco. Pero ya en los vestuarios hubo un tiempo para recobrar el espíritu, para reelaborar la resistencia. Y la segunda parte, sin ser prodigiosa en cuanto a fútbol, sí que supuso la recuperación del orden y el retorno a nuestras señas de identidad.

De acuerdo, fue un partido horrible para los que sufrimos impotentes en la grada o ante las cámaras de televisión. Pero también lo fue de sufrimiento, de resistencia, de resurgimiento ante la adversidad. Y, por qué no decirlo, de milagro. Y el milagro no es cuestión de dioses sino de fe, de fe en nuestros valores individuales y colectivos. El milagro es poder ver la oportunidad para resurgir de nuestras cenizas y luchar por ello. Y eso fue lo que hizo el equipo, el diezmado equipo, el equipo que tres días antes cayó víctima de unas torpezas que comenzaron en septiembre.

El fútbol, en clave sevillista, nos dio una nueva lección de humanidad ante nuestras fragilidades. Podemos agachar la cabeza y justificar las desgracias o, por el contrario resistir, capear el temporal sin dejar de tener fe en los valores que nos unen con el resto y ascender del infierno en el que estábamos sumergidos. Así fue para nosotros la noche del sábado y elegimos resistir, luchar y ponernos de nuevo de pie. Pero, ojo, no olvidemos. Lo que les sucedió a los bilbaínos también nos pasó a nosotros y nos volverá a pasar.

Ya lo dijo Ignacio de Loyola, si en tiempos de desolación hay que resistir hasta que llegue la consolación, en los buenos tiempos de consolación tenemos que ser conscientes de que la desolación regresará por donde se fue. El Sevilla Fútbol Club ha vivido todo esto en tres días y los próximos diez, con Copa del Rey, Atlético de Madrid Y Barcelona por delante, prometen emociones varias. ¡A por ellas! ¿Quién dijo miedo?

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