Las crónicas de José Balero, un periodista sincero | Imagen: La Colina De Nervión

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Les reconozco que estaba seguro que la Supercopa era nuestra. Una oportunidad única pero que, para darse, se debían cumplir ciertos requisitos. Recuerden esta palabra: Rebeldía. Eso es lo maravilloso del fútbol, es cruel e imprevisible, aún con los débiles. Porque esa copa era para nosotros, y no la perdimos porque Ben Yedder erró un penal (por favor, repitan conmigo “fuerte, al lado natural y ajustado al palo), tampoco porque faltó tensión o puntería, sino convicción, como siempre, pero lo peor no fue eso. Tampoco por el calor infernal (con calor a nosotros nadie nos debería ganar). Es un tema psicológico. El día que se decidió jugar en Tánger no se tuvo en cuenta que los  visitantes seríamos nosotros. ¿Nadie consideró que en Marruecos el Barcelona es local? A Messi lo ovacionan más (que digo más, ¡muchísimo más!) que en Argentina. La toca, y el estadio tiembla. ¿Perdimos por eso? No solamente. Miren ustedes los pequeños gestos. ¿Por qué el árbitro casi anula el primer gol? Se los contesto, porque era el Barca, y era local. Me dirán que nos cobró un penal, pero no están entendiendo el punto.

Podíamos ganar porque es un torneo menor de pretemporada, que estaba librado más al azar que lo que sucede en común. Al Barca le hubieran perdonado no ganarlo, pero desnuda la cruda realidad. Lo perdimos nosotros. Si no le plantas cara, cualquier equipo te come. El resto del periodismo le quitará importancia. Les parecerá lógico perder con el Barca, después de todo es una copa más, tiene más de 20 de esas. Lejos de ser un buen síntoma para ese club, es un pésimo síntoma del fútbol. Igual que la idolatría marroquí por Messi, una pequeña desgracia. Un triunfo del marketing. En esta crónica no entraremos en política, por eso no nos detendremos en decir que Marruecos invadió y ocupa hasta el día de hoy tierras saharauis, que eran colonia española y nuestra responsabilidad devolver a sus dueños al retirarnos de allí, pero en cambio y de espaldas a todas las resoluciones de la ONU, su monarquía les niega el derecho a decidir. Nos detendremos en proyectar ese fenómeno para lograr que al menos en los pueblos de Andalucía sientan orgullo al elegir un equipo perteneciente a nuestra comunidad autónoma y no uno que te vendan por TV. Nuestro equipo sabe jugar bien, sobre todo cuando se aleja de la especulación del fútbol moderno. Jugar sin especular, ganes o pierdas. Para eso sirve esta copa para que ensayemos la sensación de tener dignidad en la derrota. Debemos ser pacientes. Creer en lo que hacemos, sobre todo cuando lo hacemos. Me gusta que los jugadores protesten porque los cambian. Eso hace falta, tensión, precisión. Recorrido. Este equipo juega hace poco, le falta mucho para ser un equipo. Por eso hay que prohibir decir que Messi es el mejor. ¿Si es tan imparable porqué no ganó el Mundial? Se los digo yo, porque es un buen jugador y nada más. Nosotros podemos ser un buen equipo, el mejor colectivo. Debemos ser nuestro propio marketing. El fútbol, sus directivos y sus periodistas funcionan como esas sectas que te lavan el cerebro. Piden que repitas los mismos. “La posesión”…”La importancia de los cambios”… “Los fichajes de este año”…

En Madrid están desesperados porque su estrella mediática, inflada hasta el infinito, no logrará ser sustituida, el carisma tiene esas cosas, es rentable hasta ser odiado. Y en el Barcelona no pueden vender a Suárez, aunque ya no les rinda, porque es el mejor amigo de su estrella, inflada hasta el infinito, (gracias que hasta ahora han podido echarle la culpa a su selección de sus continuos pinchazos), pero es más grave que eso. Las estrellas de los equipos, en un mercado como el actual, son una falla del sistema. La máquina de hacer dinero funciona perfecta, pero tiene desperfectos intrínsecos y uno de ellos es que este juego conserva una dosis de imprevisible dignidad, de la que debemos adueñarnos si queremos marcar la diferencia.

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