"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca

Hay quien le duele más el Sevilla que Andalucía. No digo yo que yo no sintiera, y mucho, la derrota frente al Barcelona, pero en mi visión del mundo, la que me sale a través de estos ojos plagados de dioptrías de presbicia y astigmatismo, con las cataratas próximas a desaguar, en el 4-0 del Camp Nou vi la derrota de Andalucía en un país plagado de desigualdades, de fractura social, en el que parece que lo único que importa es el color de la bandera bajo la que te resguardas.

En el fracaso ante el Barça sentí la fuga de talento que cada vez que hay oportunidad desangra nuestra comunidad y hace trizas su futuro. El talento enriquece, engrandece y otras ‘eces’ a quienes detentan el poder (las heces con hache son para nosotros), mientras a nosotros nos obliga cada año a empezar de cero, ya sea en el fútbol o en la empresa. Este es el sino del Sevilla, como representante de más prestancia del fútbol en el sur, y este es también el sino de Andalucía, condenada por la huida de quienes podrían darle la vuelta a esto y sin embargo, escapan por su desolador y a la vez legítimo derecho a buscarse mejor la vida, incapaces o hartos de enfrentarse a esa mediocridad que nos gobierna y nos manda (el poder y el gobierno son dos cosas diferentes que acaban por aliarse en la mayoría de las ocasiones) y de la que los de abajo también tenemos una importante cuota de responsabilidad.

Este panorama desolador lo representa el triple fallo de un futbolista honesto como De Jong, a quien me niego a atacar, y el bellísimo escorzo de Luis Suárez en el primer tanto. En la España vaciada por madrileños y catalanes se reflejan la impecable zurda de Leo Messi y los clavos de las botas de Vaclik atornillados en el césped. Es la diferencia que marca el paradón de Ter Stegen y la mirada del portero checo acompañando cada disparo letal blaugrana. Querer, pero no poder. Quizás la causa de que gusten tanto las procesiones de Semana Santa en Andalucía sea que siempre estamos esperando el milagro de la resurrección, aunque para los andaluces la llegada del tercer día se nos esté haciendo muy larga. Demasiado.

El milagro no llega porque lo tenemos que hacer nosotros. Como en la política, que esa sí que es mucho más dura porque tiene a un millón y medio de andaluces relegados a la pobreza y en riesgo de marginalidad, nosotros no protestamos, nos conformamos con ser comparsas de la Ciudad Condal y de la Villa y Corte, que, no contentos con lo que tienen, con lo que exprimen, se atreven a decir que Andalucía les roba, que Extremadura les roba y que Teruel no existe. La España vaciada y la España esquilmada que continúa aceptando sus migajas, asumiendo que tienen razón.

La liga española es una batalla desigual. Han bastado ocho jornadas, ni siquiera alcanzar el primer cuarto de competición, para que los tres de siempre tomen la cabeza. Solo el Granada resiste, y esperemos que por mucho tiempo, aunque su destino, de ser exitoso, lo condenará a ser vaciado para la próxima temporada.

Este país es así. La modernidad es exclusiva de la bicefalia de las metrópolis. En todo, y aún más en el fútbol. Me pregunto si alguna vez los demás nos daremos cuenta del juego. No el del fútbol, sino del juego real que daña y mata, en el que unos y otros tienen con quienes nunca hablamos, con quienes nunca nos quejamos, con quienes continuamos sin hacer nada esperando con el traje de chaqueta puesto un milagro que nunca llega, y que jamás llegará si no es por obra y gracia de nosotros mismos. Que de una vez por todas digamos basta y dejemos de ser la materia prima sobre la que otros levantan sus glorias.

Unos fallamos ocasiones, otros las acertaron. Perfecto, es fútbol. O no. Sería fútbol si todos fuéramos en igualdad de condiciones, pero resulta que no. Y así seguirá siendo hasta que lo resuelvan los únicos que lo pueden resolver. Que no son Tebas ni Rubiales, ni Pedro ni Pablo (los otros Picapiedra). Eres tú, andaluz, quien tienes la palabra y te la callas. En un mes puedes hablar, pero mucho me temo que solo vas a sacar la mano y preguntar en voz baja qué hay de lo mío.

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