Gradas del Ramón Sánchez-Pizjuán reformadas | Imagen: Sevilla FC
Gradas del Ramón Sánchez-Pizjuán reformadas | Imagen: Sevilla FC

Tú. Sí tú. Da igual que no te guste el fútbol. Los relojes señalan la hora de levantar conciencia hacia algo que nos afecta a todos. Realmente, es apasionante. Es admirable cómo un conjunto de voces son más que suficientes, para retumbar el suelo del estadio. Es el triunfo de la unión, que hace florecer las fuerzas de la grada. Y solo es necesaria una señal, para dar comienzo a lo imprescindible. Basta con una mera orden, la del árbitro. Sólo eso. Y emergen noventa minutos, donde cada segundo queda invadido por la presión. Este es el motivo, el propósito del levantamiento de pancartas junto a himnos que hacen temblar el balón. Juntos. Capaces de influir en los objetivos del campo. Y todo gracias a una afición ardiente por conseguir aquello que se canta, el deseo de que las palabras pasen a ser realidades. Sólo así es posible.

Pero hay algo que destacar. También debemos ver tal poder de unión fuera del estadio. Una vez terminado el partido, la calles rebosan de voces que promulgan lo vivido. Están dispuestos a comentar sensaciones, momentos y sobre todo, de querer volver. Volver, para formar parte de un sentimiento de pertenencia, de fuerza. Y es triste que aquellos expertos en levantar voces de presión, sólo lo hagan en el estadio. Porque la grada de la ciudadanía, de la sociedad, también las necesita. Y quizás, el problema es la carencia de motivación. Muchos, no participan en política, porque no captan la esencia de su relevancia. Por ello, la presión juega en el mismo campo que la motivación. Pero qué ingenuidad. Deciden no coger el asiento de la grada que concierne a la sociedad, cuando absurdamente, están inmersos en ella. No hay salida de tal estadio. Como ciudadanos, extendimos nuestra mano a coger la acreditación de participación pública. Y sin embargo, parece que no captamos la presión en los objetivos nacionales. Que hable la grada de nuestra sociedad. Y sino, dime. Dime quién. ¿Quiénes serán los que influyan en las decisiones políticas? ¿Quiénes se atreverán a denunciar toda una multitud de injusticias sociales? ¿Serán otros, los que promuevan la necesidad de acatar la problemática de los refugiados? Tenemos el poder, la responsabilidad. La grada reparte asientos del Congreso, pero muchos, no están dispuestos a coger el suyo. Y es difícil, nos cansamos de ejercer presión. Porque sabemos, que este partido no durará noventa minutos. Nos jugamos decisiones que afectarán a futuras generaciones.

Por lo anterior, hoy y por siempre, que hable la grada. Que la educación invierta en voces motivadoras, y asiente responsabilidades ciudadanas. En sociedad, funcionamos en cadena. Y el voto individual, pasa a formar parte de un colectivo. Esta es la esencia de la grada. Nuestro voto cuenta. Tenemos una confirmación para avivar la presión: las pasadas elecciones son ahora papel mojado. Nuestro asientos están llenos de motivos que reivindicar. Los objetivos están de nuestra parte, y la grada debe ser capaz de establecer prioridades en exigencias. Levantémonos, ahora. Que se oigan himnos, pancartas que declaren puntos de enfoques sociales. Que juntos, nazca la oratoria de una grada que no deje asiento al silencio.

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