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sábado 24 octubre 2020

La mentira del fútbol ofensivo, el toque y la posesión

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Hace dos años, el director deportivo que ahora realiza sus labores (y parece que muy bien) en la antigua capital del Imperio Romano, decidió que era el momento de cambiar. De abandonar aquello que había funcionado y que había llevado al Sevilla a conquistar títulos, para apostar por un estilo diferente, más atrevido y ofensivo. Para ello, eligió al entrenador argentino Jorge Sampaoli y le hizo un equipo a medida, como el que se va a un sastre y se hace un perfecto traje a medida de la mejor lana italiana.

Es cierto que aquel cambio en el banquillo vino motivado por la marcha de Unai Emery al París Saint Germain. Pero Monchi también pudo haber optado por un técnico de perfil parecido al del vasco. Sampaoli aterrizó en Nervión con el ‘amateurismo’ por bandera y difundiendo su particular dogma de fe, el fútbol ofensivo, de ataque, de toque… la idea de ser protagonistas en el campo, tener el balón el mayor tiempo posible, jugar en campo contrario, someter al rival, presionar arriba… Es decir, el Ajax y la Holanda de Cruyff. Todas estas frases y otras eran escuchadas a diario por el aficionado sevillista.

Es verdad que Sampaoli lo intentó y, en poco tiempo, el estilo de juego del Sevilla cambió radicalmente. Pero el cuento del amateurismo se terminó en el primer partido de Liga, con aquella victoria por 6 a 4 ante el Espanyol, un resultado más propio de un partido de tenis o de un fútbol primitivo. Aquello fue puro espectáculo, sobre todo, para el aficionado neutral, pero un equipo de élite no podía conceder tantas facilidades en defensa y no siempre iba a conseguir marcar seis goles.

Tras aquel partido, Sampaoli se dio cuenta de que tenía que cambiar y lo hizo. En el primer partido de Champions League, en Turín ante la Juventus, el técnico argentino demostró que también sabía defender y consiguió volver con un punto que, a la postre, resultó ser importantísimo. Poco a poco, el entrenador se fue amoldando a la Liga española, sabedor de que no era lo mismo que entrenar en Chile.

El resultado no fue tanto un fútbol ultra ofensivo, sí un equipo que atacaba pero que, sobre todo, tenía mucho carácter y agresividad, un equipo muy competitivo que durante varios meses fue capaz de pelear el campeonato con el Real Madrid y el Barcelona. Luego acusó un fuerte bajón que le hizo bajarse del tren de la Champions y perder la enorme ventaja que le sacaba a su perseguidor, el Atlético de Madrid. Pero cumplió su objetivo de dejar al equipo entre los cuatro primeros, que es ese, y no otro, el objetivo del Sevilla.

Sampaoli se fue a Argentina y el Sevilla se encontró con un problema. El traje a medida que le había confeccionado al de Casilda ya no valía para otro. O quizás sí, para otro enamorado del ‘bielsismo’, Manuel Eduardo ‘El Toto’ Berizzo. Un entrenador que había demostrado en el Celta ciertas virtudes y un fútbol parecido al de su compatriota. Así, el objetivo número uno del nuevo director deportivo, Óscar Arias, fue fichar a Berizzo y darle continuidad a la plantilla elaborada un año antes por Monchi.

El Toto’ Berizzo llegó a Nervión con la vitola de gran entrenador de primer nivel y con unas exigencias económicas desmesuradas. Hay que recordar sus números en el Celta la temporada pasada: décimo tercero clasificado, 45 puntos, 13 victorias, 6 empates, 19 derrotas, 53 goles a favor y 69 en contra. Unas cifras para nada deslumbrantes. No obstante, fue el técnico elegido. Y Berizzo comenzó a trabajar con la misma filosofía: el toque, la posesión, el fútbol ofensivo, la presión arriba, jugar en campo rival, someter al contrario y todo ese cuento del país de Nunca Jamás.

Pero la realidad es que ha terminado el año 2017 (futbolísticamente hablando, para el Sevilla) y el equipo no juega absolutamente a nada. No hay ni un solo atisbo de ese estilo que, supuestamente, quiere imponer el entrenador argentino. Y lo que es peor, no hay ni rastro del gen competitivo que siempre caracterizaba al Sevilla.  Ni tampoco hay un solo jugador a su nivel, esto último, reconocido por el propio técnico, asumiendo su culpa. El ‘La casta y el coraje’ y el ‘Dicen que nunca se rinde’ se han evaporado.

En lugar de jugar, el equipo nervionense se limita a tocar la pelota en campo propio o en el centro, allí donde no encuentra ninguna oposición del rival. Pero, en el momento en el que se acerca tímidamente al área del contrario, se apagan las luces, se nubla la vista. Como si de repente una espesa niebla surgiera de no se sabe bien dónde que obliga a retroceder. Pero mantiene la posesión, hasta un 70 u 80 por ciento (como ante el Maribor). Eso sí, ni un tiro a puerta, como si en este fútbol moderno que algunos intentan imponer, lo más importante fuese el porcentaje de tenencia de la pelota y no los goles.

Hay que decir las cosas claras de una vez. Esto del fútbol moderno, ofensivo, de toque y posesión es más viejo que una cueva. Ya lo practicó el Ajax de los 70 y la propia selección holandesa y, anteriormente, aunque sin tanto rigor táctico, la selección de Hungría en los años 50. Y, más adelante en el tiempo, lo practicó Johan Cruyff en el Barcelona, con brillante resultado y transformando, para siempre, el estilo y la forma de jugar del equipo azulgrana. Y lo recuperó Pep Guardiola hace ya algunos años. También en Argentina hubo una escuela parecida, la de Menotti, continuada después por Marcelo Bielsa y hoy por Sampaoli y Berizzo.

Pero hay un detalle que parece que se les escapa a todos los seguidores de este modo de juego: para llevarlo a cabo con éxito, se requiere de unos jugadores muy específicos. Jugadores que el Barcelona ha tenido (y tiene) y que también tuvo el Barça de Cruyff y aquel Ajax triple campeón de Europa. Y también la selección española, campeona del mundo y doble campeona de Europa. Si no, entonces, ¿por qué solo estos equipos han sido los único en desarrollar esta forma de jugar, que dicho sea de paso, es la más entretenida y vistosa? Todos los equipos jugarían así, sin embargo, solamente un selecto club lo ha logrado. ¿Por qué? Porque es muy difícil disponer de los jugadores específicos para ello.

Ahora hay muchos entrenadores defensores de este estilo ofensivo, cada uno a su manera. Paco Jémez, Quique Setién, Luis Enrique, Unzué, Eusebio… pero también en otros países, como Italia, cuna del fútbol táctico y físico, donde técnicos como Eusebio di Francesco, de la Roma, practica un esquema 4-3-3 con un marcado carácter ofensivo, aunque sin descuidar la defensa. Cesare Prandelli intentó modificar la forma de juego de la selección italiana hacia un fútbol más atrevido. En Alemania, el anterior entrenador del Borussia Dormund, Thomas Tuchel, o el del Hoffenheim, Julian Nagelsmann, por no hablar de Joachim Löw, en la selección teutona, son otros ejemplos. O Jürgen Klopp en Inglaterra.

Sin embargo, la mayoría de todos esos equipos no consiguen absolutamente nada jugando así. Hay excepciones, como Alemania, pero la mayoría de los equipos que juegan a ese fútbol, acaban practicando, más bien, un ‘gilifútbol’. Mucho toque, mucha posesión estéril que no inquieta para nada al rival y ni un tiro a puerta. Así es imposible ganar los partidos y deja en bandeja al equipo contrario para que arme un contragolpe letal en el momento en que robe la pelota.

La afición del Sevilla lleva ya dos temporadas soportando este discurso de la posesión, el toque y el sometimiento y ya está cansada de que la engañen y le insulten a la inteligencia. Así no se va a ninguna parte. El proyecto para esta temporada se consumó por completo anoche en Anoeta. Da igual el once, da igual que Berizzo introduzca algunas variaciones tácticas. El equipo está absolutamente muerto y no muestra ninguna señal de esperanza de cara a los próximos compromisos (Cádiz en Copa y el derbi ante el Betis).

La plantilla más cara de la historia del Sevilla está siendo un fracaso estrepitoso, cuyo principal responsable es el entrenador, seguido del director deportivo. Pero, aunque el nivel de la plantilla sea inferior a la de la temporada pasada, hay mimbres para hacer mucho más. A 21 de diciembre, no puede ser que el equipo esté como en pretemporada, sin un patrón de juego, sin un once titular, sin un bloque y con los jugadores a un nivel bajísimo. Y eso es responsabilidad de Berizzo. Urge un cambio radical, abandonar el cuento del toque y la posesión y volver a lo que hizo grande al Sevilla.

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