Partido de ida de semifinales de Copa del Rey. Sevilla FC-RC Celta de Vigo. / Foto: Ismael Molina

Primer aviso del artículo. Queridos lectores, respirad profundamente antes de que comience la lista. Es un conjunto de nombres, todo un catálogo de personajes públicos y un sin fin de actuaciones ilegales. Así, inmersos entre las grandes tramas de corrupción, encontramos un aprovechamiento ilícito del prestigio social de la Casa Real. Es el famoso “Caso Noós” de gran actualidad, cuyo juicio desde hace tiempo abordó el panorama mediático. Iñaki Urdangarin junto a su gran socio Diego Torres, Jaumes Matas y como no, la Infanta Cristina. Sigamos. “Caso Bárcenas”, ex tesorero del Partido Popular y responsable de la contabilidad B. Por cierto, cuyo partido, en su intento de mantener la apariencia dignificada, destruyó los discos duros que empleó el ex tesorero. Sí, hablamos del grupo parlamentario que obtuvo más de siete millones de votos en las pasadas elecciones. Y qué decir del espectáculo político valenciano. Cantidades excesivas de gastos en “Ritaleaks”, ahora el “caloret” parece haber perdido su sentido humorístico. Paralelamente a estas “barberidades” encontramos a más actuaciones deplorables de la mano de Alberto Fabra o Alfonso Rus. Y sigue con el “Caso ERES” en Andalucía, “Caso Pujol” en Cataluña o la gran trama “Gürtel”. Sin duda, España refleja un mapa político espérpentico, distorsionado, una falta de transparencia que insulta a la ciudadanía. Al margen de la crisis económica y de la incertidumbre de gobierno, encontramos la siguiente contradicción: la exclusión social avanza de la mano de la corrupción.

Después de la vergonzosa lista, ¿es el fútbol el opio del pueblo? A lo largo de la historia, el deporte se ha catalogado como el espectáculo capaz de adormecer al pueblo de las verdaderas preocupaciones. Es lo que tiene el entretenimiento. Un deporte capaz de convertirse en protagonista de la esfera pública, un juego de balones que merece gran espacio en los informativos. Estamos en un momento que merece ser resaltado. Ahora, ni siquiera el fútbol evita que en la mente de los españoles se asiente la corrupción. No hay tal opio que valga. Conversaciones en las calles, autobuses y espacios públicos, hacen énfasis en aquello que roban. Así, la corrupción se ha constituido como la segunda preocupación de la ciudadanía.

El segundo aviso, no tiene nada que ver con el primero. El fútbol, perdiendo su efectividad de “pan y circo”, no puede evitar que se hable de corrupción. Pero sí para muchos, significa 90 minutos de ilusión, de oportunidad de salto en la grada y levantamiento de pancartas. Cánticos que, momentáneamente, parecen olvidar lo robado. El fútbol es una afición trasversal que interesa a gente muy diferente y las une con la sencilla finalidad de disfrutar de 90 minutos de partido. Como el que se vivió ayer, un Sevilla FC que pasa a otra final. Y hoy, la televisión nos dirá que pensemos sobre corrupción, pero el fútbol supuso un descanso para aquellos que aprecien el deporte. Un “parón” que deja al margen los problemas, pero no los adormece. En definitiva, la corrupción parece anular todo opio social, incluso el fútbol. Pero ello no significa que pierda su esencia. El fútbol, continúa dejando al margen toda una red de problemas, aunque sea de forma momentánea. Y qué necesario son esos momentos.

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