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Fútbol de salón

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Manuel Machucahttp://www.tresmilviajesalsur.es/
Escritor nacido en Sevilla. Ha publicado tres novelas, una de las cuales, "Tres mil viajes al sur", ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla. Ha participado y coordinado la antología de relatos "El derbi final"

Creo que no haría falta hacer una encuesta, ni siquiera un referéndum legal, para poder afirmar que los equipos que mejor fútbol hicieron en la última década han sido el Barcelona y, curiosidades del “procés futboler”, su álter ego, la selección española de fútbol, que cuando mejor le ha ido ha sido emulando la forma de jugar del principal equipo de la capital de Cataluña.

El Barcelona, desde la época en la que Johan Cruyff lo entrenó, revolucionó el fútbol, y pasó de ser un juego de once contra once en el que siempre ganaba Alemania, a un deporte en el que la belleza había dejado de ser incompatible con la victoria. De hecho, los germanos no volvieron a ganar hasta que, después de años intentándolo, consiguieron interiorizar el nuevo concepto, cuya cumbre, en lo que a ellos se refiere, fue aquel 1-7 a Brasil en el segundo maracanazo de la historia.

Pero, a pesar de la belleza, y mal que le pese a Gary Lineker, el fútbol continúa siendo un juego de once contra once, en el que la belleza, la posesión, el toque, no son más que un medio para perforar el arco contrario más veces de lo que lo hace el contrario con el propio. Para que la belleza se produzca el balón tiene que estar en los pies de quienes la hacen posible, y para ello tienen que suceder dos cosas: tener la pelota y con ella en los pies mirar a la portería enemiga, y recuperarla lo más pronto posible cuando se pierde. Lo demás es puro artificio, un mar de burbujas de cava, en este caso no catalán, que se queda en eso.

Todos recordamos los pases imposibles de los culés, también españoles, al menos en lo que a selección se refiere, Xavi o Iniesta, ese rodillo de fútbol de ataque al que el Sevilla derrotó en una noche mágica de Supercopa de Europa, pero quizás no tengamos tan presente cómo presionaba aquel fantástico equipo, cómo atosigaba a la defensa contraria hasta recuperar el balón y cómo cualquier movimiento tenía un único objetivo, ese espacio rectangular conformado por tres palos y una raya de cal, que delimita la frontera entre la gloria y el fracaso.

Todo esto me vino a la cabeza, me viene, más bien, tratando de interpretar el juego del Sevilla. A qué juega nuestro equipo, es un gran dilema para mí. Si es un equipo de fútbol, o por el contrario se ha convertido en uno ballet, en el que saltan los pompones al menor arreón del equipo rival. Hay una falta de agresividad alarmante, tanto a la hora de meter la pierna en los balones divididos como en el caso de tener que perforar a la portería contraria. Y las burbujas que produce, más que champán francés, son de Gaseosa La Revoltosa.

Es cierto que en casa el Sevilla hasta ahora ha madurado los partidos, ha tenido confianza y ha esperado con paciencia el momento, su oportunidad para salir victorioso, pero no lo es menos que hasta ahora los equipos que nos han visitado no han sido nada del otro mundo y la suerte no nos ha sido esquiva. ¿Servirá esto cuando nos visiten los equipos más potentes? Me temo que no.

¿Y en los partidos que hemos jugado fuera de casa? Getafe, Girona, Liverpool… ¿Cómo le llamamos a eso? No, no se le llama suerte, por lo visto, ni siquiera hay apelación al milagro. Es calidad en la definición, suerte, esperar el momento propicio, etc, etc. ¿Y qué podríamos decir de las visitas a los Atléticos?: ¿tuvieron suerte en los detalles? ¿Marcaron cuando mejor jugábamos? ¿Los fallos puntuales nos llevaron a la tumba?

¿Qué es lo que podemos esperar del Sevilla actual si el marcador se pone en contra? Me temo que, o mucho cambia, justo lo que nos sucedió frente al Athletic de Bilbao, conseguir una derrota, quizás corta, aparentemente digna a la hora de defenderla en la sala de prensa, pero absolutamente descorazonadora cuando la calidad de quien ha vencido es inferior. Al igual que si un equipo italiano se pone por delante es difícil de derrotar, cuando el Sevilla de Berizzo se ponga por detrás, como ha ocurrido con los Atléticos, va a ser tremendamente ardua la remontada. Y que conste que nada me gustaría más que comerme mis palabras.

Hablar de quién merece una victoria, de que nos maten los detalles no es bueno, porque quiere decir que o no se sabe de fútbol, o que lo que se pretende es usar la justificación del perdedor. Las victorias en fútbol se consiguen o no, no se merecen. Merecer no puntúa, eso es en el boxeo. Lo de merecer puede servir, aunque lo dudo, en otros aspectos más racionales de la vida, pero no en el fútbol. Si el artista anhela que la inspiración le llegue trabajando, el futbolista también necesita pelear antes de crear la belleza. Si era así en el Barça de Guardiola o de Cruyff, en la España de Del Bosque o de Aragonés, imagínense si no tiene que ser así en equipos más modestos como el nuestro. Porque para bailar, en vez de al estadio, nos vamos a la discoteca. Porque en la Liga que nos queda―y de la Champions, ni hablamos― los equipos a los que nos vamos a enfrentar no entienden de danza española ni de sardanas. Y como esto no cambie, en primavera no estaremos ni en Champions ni en Europa League. Todo lo más, en Eurovisión.

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