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El entierro de Messi

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Manuel Machucahttp://www.tresmilviajesalsur.es/
Escritor nacido en Sevilla. Ha publicado tres novelas, una de las cuales, "Tres mil viajes al sur", ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla. Ha participado y coordinado la antología de relatos "El derbi final"

En estos días va a fallarse el premio literario “Maradona, uno de los nuestros”, que la Peña sevillista Coke Andújar ha organizado en torno al que fuera jugador del Sevilla Fútbol Club. Como miembro del jurado, he podido leer los más de cien relatos presentados, en una gran mayoría escritos por argentinos y que, más allá de su calidad literaria, demuestran el calado de una figura que sobrepasa para sus compatriotas la de un extraordinario jugador de fútbol.

Diego Armando Maradona Franco, el hijo de don Chitoro y doña Tota, fue también un referente social, en lo bueno y en lo malo de su vida, porque si su objetivo como jugador de fútbol fue hacer feliz a la gente, sus desgracias no solo avergonzaron, sino que también hicieron desgraciadas a muchas personas. Porque Maradona fue pobre al nacer en Lanús y nunca dejó de mirar a la vida desde ese prisma de pobreza, por mucha plata que ganara, por mucha que malgastara, por mucha mierda que se echara y se metiera encima. Sin embargo, nunca manchó la pelota. Porque, como dijo él, la pelota no se mancha. Aunque, como también dijo él en una entrevista que se hizo a sí mismo, quién sabe qué jugador hubiera llegado a ser de no haber manchado su vida con ese alcaloide, polvo cristalino blanco, que se administraba vía nasal.

Recordé al leer los textos lo que fue el entierro de Maradona, la conmoción nacional que produjo en el país hermano, el estallido por los aires de cualquier medida de contención que ni una pandemia tan dura como la que está sufriendo Argentina pudo impedir. E inevitablemente, tras la desdicha copera del miércoles, imaginé cómo sería el de Leo Messi, ese otro extraordinario futbolista argentino. Espero por él que solo pueda imaginarlo, ya que, en mi caso, mi edad es más próxima a la de Maradona que a la del jugador rosarino, pero tengo la certeza de que ni en sueños será un entierro parecido. Porque Messi no es Maradona, y no lo digo en sentido estrictamente futbolístico, allá cada cual con sus gustos y aficiones estadísticas, sino en lo que supone como emblema y como orgullo para un pueblo maltratado por sus élites civiles y militares desde tiempo inmemorial. Y no solo para su pueblo, sino también para sus adversarios. No hace falta más que recordar cómo los videomarcadores de la liga inglesa mostraron en la jornada de su fallecimiento el gol que Maradona marcó a la escuadra que defendía su país, el gol más importante de la historia de las copas del mundo.

Leo Messi, a diferencia de Maradona, sí manchó la pelota. Lo hizo, sin ir más lejos, el miércoles pasado en el túnel de vestuarios, cuando se sacudió el acojono de ver que se le escapaba el único título al que podía aspirar este año. Puede que no se haya metido coca en la nariz, es probable que sea un irreprochable padre de familia, que no vaya dejando hijos desperdigados por el mundo, que se cuide y se machaque en cada entrenamiento. Todo esto es más que posible, seguro tal vez. Pero no busca hacer feliz a nadie que no sea él mismo. Es un tipo que busca la gloria a través de títulos y récords con los que le recuerden, pero no piensa jamás en hacer feliz a los que le rodean. Sí, claro que los títulos hacen felices a los que aman la camiseta, pero, mientras para Diego Armando Maradona ese era uno de sus grandes objetivos, para Messi la felicidad de otros no es nada más que un efecto secundario asociado a su gloria personal. Y eso, a la hora de tener buen entierro, marca la diferencia.

Leo Messi nos mandó calentitos a casa desde el túnel de vestuarios. Nos mandó a todos, porque a quien le dijo esas palabras nos representa a todos. Y no solo a los sevillistas, sino a todos los que no son él. Porque solo él es el motor y sentido de su vida. Y si no lo creen, esperen a que acabe la temporada y que no gane la liga. Esperen a que vea cómo el que se va calentito es él en el Parque de los Príncipes parisino. Ya veremos dónde juega la temporada próxima, a ver quién es el que más le da para que pueda seguir sumando récords. O al menos, para no irse de nuevo calentito a casa. Y descarten el Nápoles, el Sevilla Fútbol Club o el Olympique de Marsella. Él no va a ir a levantar a ningún club de pueblo. Qué lástima que le pusieran de niño hormonas de crecimiento y no de grandeza.

Dicho esto, porque creo que lo tenía que decir, sevillistas, pasemos página y rebelémonos contra las adversidades. Estuvimos cerca, pero no pudo ser. Ahora toca otra batalla. Esta vez en Dortmund. Crecer no es fácil en ningún deporte. Hacerlo en uno en el que prima tanto lo económico y lo político, y desde una ciudad humilde, como la Nápoles desde la que luchó Maradona, es aún más complicado El miércoles pasado jugamos contra doce y durante mucho tiempo estuvimos solo diez en el terreno de juego. En España, cuando se juega contra un grande, se hace siempre contra doce. Somos así de serviles. Pero algún día esto cambiará. Y para que el futuro cambie, hay que apretar los dientes desde el presente. Porque la lucha sigue, porque quedan nuevas batallas por librar y porque, regresemos o no calentitos a casa, es lo que hemos elegido ser desde que Roberto Alés, Joaquín Caparrós y Ramón Rodríguez Verdejo se empeñaron en que arrinconásemos en la historia a aquel club mediocre que fuimos. A por los alemanes. Con toda la fuerza, con toda la dignidad. Y regresemos de la batalla, calentitos o no, con la cabeza bien alta. Algo que otros no saben qué significa.

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1 COMENTARIO

  1. Dos goles de ventaja y un penalti desperdiciado. Que buen momento para callarse ante una derrota.
    Así que es lógico que el presidente y el director deportivo increpen a un jugador rival en los pasillos como dos hooligans.
    Maradona, entiendo que fue a Sevilla para hacer feliz al pueblo. Y yo que creí que había ido para preparar su Mundial con Argentina.
    Messi me ha hecho feliz durante años con su fútbol, se lo agradeceré siempre. Sus intenciones ni las sé ni me importa, no estoy en su cabeza como parwce estar usted.

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