"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca

Que en el fútbol son importantes los detalles es una frase que más de uno y más de dos la interpretarían como un lugar común más, en un deporte tan plagado de ellos desde que Valdano se dedicó a dar conferencias y Menotti a empalmar un cigarro tras otro.

Sin embargo, creo que estos dos filósofos del balón, y otros entrenadores que utilizan esta sentencia como excusa ante las derrotas, no se referían a lo que yo estoy pensando cuando sale de sus labios. ¿Y a qué me refiero? Pues a otros detalles.

Confieso que tengo mis dudas acerca del sistema que emplea Lopetegui. Sé que en las gradas del Pizjuán nos sentamos cuarenta mil entrenadores frustrados, en especial el catedrático que ocupa la localidad detrás de nosotros, un tipo que rompe todas las estadísticas sobre el riesgo cardiovascular, porque en vez de a él, a quienes nos va a dar el infarto es a los que tenemos la mala suerte de asistir a los partidos junto a él. No sé si estamos más cerca de la muerte por un ataque al corazón o de la prisión permanente revisable por asesinato comunitario. Por cierto, sugiero al presidente Pepecastro que tenga el detalle de que, a falta de nuevas localidades, y mientras nos decidimos a enviar a este vecino al tercer anillo permanente, que baje los precios en nuestra zona del campo, o se lo suba a él, porque al tipo no hay quien lo aguante.

Desahogo aparte, creo que el equipo llega poco a puerta, y no es tanto culpa de los delanteros como de que no se generan ocasiones en superioridad, que pisamos el área contraria con escasos efectivos y que muchas veces los centros de los laterales no tienen quienes los suscriba, parafraseando a García Márquez, que no sé si fue discípulo de Pessoa (se lo preguntaré a mi vecino de columna Eduardo Cruz Acillona). Si encima fallamos las ocasiones claras que tenemos ― ay, Chicharito de mis entretelas―, pasa lo que pasa.

A pesar de todo, y aquí voy con los detalles, el equipo jamás perdió la compostura, ni los cuarenta mil entrenadores tampoco. Bueno, uno, sí; los treinta y nueve mil novecientos noventa y nueve restantes, no. Se animó, se aplaudió, se jaleó con tantas ganas que conseguimos ahogar las peticiones de dimisión, las sugerencias  a Lopetegui en cuanto a sustituciones y las depresivas exclamaciones der bisho de atrás.

Y finalmente, Deo gratias, llegó el gol. Y todos abrazamos a Luuk De Jong. Diez futbolistas en nombre de los treinta y nueve mil novecientos noventa y nueve técnicos que estábamos al otro lado del foso y deseábamos la victoria, más la decena de jugadores y miembros del staff que se sentaban en el banquillo. Todos nos fundimos en ese abrazo más o menos virtual, detalle de piña, detalle de creer en lo que se hace, detalle de ser un equipo. Qué delicia ver un gol así, más bello aún después de que la pelota cruzase la raya.

Aunque para creer, yo creo en Jesús. En el milagro de ver a Jesús Navas cada domingo, ese Benjamin Button del fútbol cada día más joven. Si su partido fue para enmarcar, lo que sentimos con la carrera que le ganó a Morales, probablemente el jugador más veloz en la liga con el balón de los pies, ya lo hubiera deseado experimentar Santa Teresa de Jesús en uno de sus vuelos sin motor.

El abrazo de todos a De Jong, los gritos coreando su nombre, constituyen el detalle, el maravilloso detalle. Ojalá sea el primero de muchos, ojalá se contagien los demás, ojalá el paisano del otro Jesús, Munas Dabbur, tenga las oportunidades que merece y que los entrenadores de la grada, todos menos uno, podamos darle el abrazo que nos fundió con Luuk. El equipo y la grada somos una piña, así que sigamos teniendo la paciencia que mostramos el domingo mientras el sistema se termina de perfilar. La paciencia, el amor a unos colores, y a los que los defienden o los han defendido con gallardía, constituyen la base del éxito. No lo olvidemos nunca.

Como no hemos podido olvidar a Coke Andújar, a uno de los nuestros. Con cuánto cariño lo recibimos el domingo, cuántos saludos tuvo que hacer en el calentamiento a una grada que recuerda su implicación y su derroche de sevillismo coronado en la noche mágica de Basilea.

Sigamos abrazándonos. Quienes sabemos de dónde venimos y hasta dónde hemos sido capaces de llegar, solo exigimos casta y coraje, y nunca rendirse. Como este domingo por la noche. Treinta y nuevemil novecientos noventa y nueve aficionados, dieciocho jugadores y un puñado de técnicos. Todos a una, y el uno lo marcó Luuuuuuuuuuk Deee Jooooonggg.

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