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Don Pepe y su sobrino

Sección:
La verdad es indivisible; por eso, no puede conocerse a sí misma. 
Quien quiera conocerla tiene que ser mentira 

(F. Kafka - Aforismos) 

En Valencia se confirmó lo que ya se apuntaba desde el partido frente a Osasuna: estamos ya instalados, por fin, en la estrategia de la presa y hemos olvidado al depredador, alabado sea Dios. Los clubes que padecen delirios de grandeza no son grandes, son locos. A Valencia fuimos a empatar y empatamos. Así se crece desde el suelo firme de Mendilibar y el techo elástico de Sánchez Flores, seguridad y esperanza; eso es lo que necesitamos en estos momentos. Siguen debutando jóvenes como Veliz, pocos minutos pero presencia poderosa. Hannibal va cogiendo cuerda para tiempos mejores. Vamos al nuevo Bernabéu, regalo de Almeida y Ayuso a Florentino, como siempre con todo en contra; en esa atmósfera nos sabemos mover, aunque perdamos casi siempre, pero esa no es ahora nuestra liga. Si seguimos como presa, podremos dar algún bocado.

El sevillismo ha sido siempre muy realista porque, como decía aquel grupo de artistas plásticos británicos, nada es más radical que la realidad. El recuerdo de esta tradición realista me ha acogido en estos últimos días como una sombra protectora de la memoria de la infancia, que está asociada siempre a la radio, y verán de dónde viene este realismo… Mucha gente, en estos días, se pregunta en las redes por qué los dirigentes del Betis le han cogido tanta fobia a Europa. La explicación es bien simple: por la misma razón inversa que nosotros le hemos cogido tanto cariño. El asunto se llama fracaso y éxito, cuestiones de la impronta que cuando es negativa, el nombre es trauma, y cuando es positiva, se llama hábito. Ellos saben que la ventaja alcanzada por el Sevilla Fútbol Club es inalcanzable y prefieren disputar el derbi eterno en un terreno más favorable. No es nada nuevo.

Cuando yo era pequeño, es decir, antes del Antropoceno, las criaturitas de mi barrio presumían de ser el primer equipo español en cuanto a goles olímpicos (goles directos desde el córner). Por lo visto, ese coriano de elegante y cansina zancada, Rogelio Sosa, había conseguido en un Carranza alguno. Otro jugador bético de mi infancia, Macario de Rociana, también ostentaba el estrafalario récord de haber sido el primer jugador de las ligas nacionales en conseguir un gol con la nariz. Leyendas que contábamos los niños por la Alameda de Hércules. Nosotros también contábamos historias fabulosas, como aquel imposible salto de Marcelo Campanal por encima del larguero o la alucinante visita del Gran Poder al taller de Araujo en Nervión. La diferencia era que nosotros solo competíamos en nuestras fantasías con nuestra propia imaginación y ellos querían, sin poder, como en Europa, competir con nosotros a la baja, y de ahí el estrambote estrafalario de récords y primacías deliciosamente estúpidos.

Ellos han alargado la inercia fabuladora hasta nuestros días, ora perpetuando mentiras escandalosas in illo tempore que responden más bien a traumas inconfesables, como aquello del club víctima de la represión franquista cuando fue exactamente lo contrario, y si no, miren la biografía de José Cuesta Morenero, comandante de Estado Mayor de la Región Militar de Andalucía en 1936. Del negociado de bulos de las criaturitas se ha encargado de desmontar con datos y rigor empírico notable el área de historia del Sevilla Fútbol Club. Y como las mentiras, incluso en la era de la postverdad, tienen las patas muy cortas, cada vez las usan menos, al menos intramuros, porque a extramuros siguen rodando alegremente. Ora, y aquí está su verdadera especialidad: desempolvando ridículos ratings de superioridad, como el del número de espectadores o de haber sido el primer club sevillano en jugar la Conferencia europea.

Nosotros, a Dios gracias, no hemos tenido que seguir viviendo del gol imposible que le marcó Biri al Santander o del ingrávido tanto de Bertoni al Español, ni siquiera de la zurda de seda del portuense Enrique Montero, del regate subterráneo de Moisés de la Candelaria o de los toques a la bolita de papel de Maradona en aquella esquina de Gol Sur. Nosotros, como solo competíamos con el techo elástico de nuestra fantasía, hemos vivido mucho más de lo que la más fabulosa de nuestras ideaciones hubiese podido generar en aquellas tardes de la Alameda: siete, siete… el número con que la cábala judía nombra el infinito. Podemos decir con inmenso orgullo que nuestra realidad ha superado a nuestra de por sí ya generosa imaginación.

En los años sesenta y setenta, en Radio Sevilla de la cadena SER, había un debate en clave de humor los lunes entre un sevillista (el tío, Manolo Vara) y un bético (el sobrino, Pepe Da Rosa). Yo lo seguía con la misma ilusión que ahora sigo La Bombonera debate; los guiones eran obra del gran periodista canario Juan Tribuna, si la memoria no me falla. Tribuna, que venía de las islas, había captado muy bien la identidad de unos y otros; esto ocurre mucho para sofocón epistémico de la escuela antropológica de investigación de la observación participativa. El tío contemplaba con serenidad y una cierta ternura los desvaríos imposibles del sobrino en su afán de emular y superar al tío. El referente absoluto del sobrino era el tío, pero el referente del tío no era sino compasivamente el sobrino. El tío solo limitaba al norte con sus propios sueños y al sur con la nostalgia de antiguas glorias. Dos conclusiones finales. Una, para el tío eterno, sigue fabulando solo, no tengas más techo que tu propio cielo. Otra, para el sobrino eterno, olvídate del tío y vuela, criaturita.

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