Un aficionado levanta su bufanda | Imagen: Ismael Molina

El otro día me llamó la atención la discusión entre un joven padre y su hijo (no tenía más de seis años). «¡Qué no papá, qué es mentira! El Sevilla nunca ha estado en Segunda», decía el chaval, y el padre le respondía con una sonrisa: «Si hombre, hace muchos años, pero tu no habías nacido». El crío le volvía a decir que era «mentira» mientras tomaba su zumo enfurecido. «Los sevillistas jugamos finales papá». Bendita inocencia. Entonces se me vino a la cabeza aquel 1 de junio de 1997 en el Carlos Tartiere de Oviedo. Empezaron a brotar recuerdos y sensaciones que me llenaban de orgullo, tristeza, alegría…

1 de junio de 1997

Ese domingo nuestro autobús salía del Sánchez Pizjuán con rumbo a Oviedo. Éramos muchos sevillistas los que partíamos esperanzados en el milagro de la salvación y no importaban las 13 horas de carretera que nos esperaban, más las 13 horas de vuelta. Nuestro Sevilla todavía tenía alguna esperanza de conseguir la salvación y teníamos que estar con el equipo. Teníamos que dejarnos la garganta para animar con más fuerza que nunca, para que los nuestros no se sintieran en campo ajeno. El Tartiere tenía que teñirse de rojiblanco. No importaba la pesadez del viaje, pasábamos las horas con chistes, con cánticos, muchos cánticos. Uno llegó a decir: «¡¡Quilloo como sigamos así llegamos todos roncos, vamos a parar un poco!!», «Te quié y ya home» le respondió otro, entre las risas del resto de los que estábamos en el autobús.

Llegada a Oviedo

Por fin llegamos a Oviedo (al final se hizo hasta corto el viaje). Ya había sevillistas por las calles, recuerdo ver matrículas de Sevilla en varios coches aparcados y recuerdo cómo poco a poco iban apareciendo más y más sevillistas. Allí se creó un ambiente que jamás podré olvidar. En cuestión de minutos ya eras amigo de toda la vida del que tenías al lado. «Paco, la cosa está complicada, pero verás como lo conseguimos», decía uno. «No me llamo Paco, pero si nos salvamos me cambio el nombre del tirón», respondía el otro. Mucha sidra, muy buen ambiente y todos hacia el estadio. Iba a comenzar el partido y nadie podía faltar. 

El partido

Y el partido dio comienzo. Allí, en el Tartiere, había una familia de 3.000 almas rojiblancas. No hizo falta escuchar el silbato del árbitro para que la familia animara a su equipo. En el calentamiento, cuando daban la alineación y con el partido empezado, aquella maravillosa familia no paraba de animar.

El encuentro fue malo, tampoco esperábamos ver un fútbol espectacular, ni mucho menos. El empate nos mantenía esperanzados en ver al Sevilla marcar en alguna jugada aislada. Recuerdo como se cantaba sin cesar una y otra vez. «Ohhhh alé alé, alé alé forza Sevilla alé» y cuando los nuestros recuperaban el balón ese mismo cántico sonaba con más fuerza

¡Sevilla sois de Primera, Sevilla sois de Primera!»

Sin embargo marcó el Oviedo y, matemáticamente, éramos equipo de Segunda. Miraba a mi alrededor y eran todo lágrimas, niños y mayores, la familia estaba rota de dolor, llena de tristeza. Sin embargo, no se dejó de animar a los nuestros y surgió algo que nunca olvidaré. Los sevillistas empezamos a corear el nombre de nuestro rival: «Oviedo, Oviedo», coreamos el nombre del equipo que nos había derrotado, porque nos salió del corazón. Ellos no tenían culpa de nada y nos habían tratado maravillosamente durante todo el día.

Desde el otro Gol del estadio aficionados ovetenses saltaban hacia la zona de preferencia, para estar más cerca de nosotros, mientras gritaban con fuerza: «Sevilla sois de Primera, Sevilla sois de Primera». Sevillistas y ovetenses intercambiaban bufandas y camisetas.

¡¡Qué salga el equipo, qué salga el equipo!!»

Pero ahí no quedó la cosa, habíamos ido para estar con los nuestros, para que nos sintieran a su lado en un momento tan sumamente difícil y trágico para ellos y, por supuesto, para nosotros. Con las gargantas rotas pedimos al equipo que saliera al campo: «¡¡Qué salga el equipo, qué salga el equipo!!».

Por supuesto que salieron todos, jugadores, entrenador y presidente. Hundidos, como nosotros, llorando, como nosotros y dando la cara como la dimos nosotros.  En esos momentos de dolor no cabían reproches ni insultos y gritamos, con las cuerdas vocales ya reventadas: «¡¡Sevilla hasta la muerte, Sevilla hasta la muerte!!». Entretanto, los aficionados ovetenses que permanecieron en el estadio, aplaudían el espectáculo tan emotivo que estaban viviendo. 

En el trayecto del Tartiere al autobús, la gente de Oviedo nos daban ánimos y nos aplaudían intentando consolarnos. Vi a un matrimonio sevillista abrazado llorando a lágrima viva, y se les acercó un policía antidisturbios y les abrazó. Estaban preparados para emplear las porras, para evitar peleas, pero se encontraron con 3.000 personas llenas de amor hacia sus colores.

Amor puro e incondicional

Qué forma mas bonita de llevar a la máxima expresión el sentimiento hacia unos colores. El 1 de junio de 1997 no hubo incidentes, ni insultos, ni altercados en la calle. Ese día permanecerá grabado en la mente de todos los que estuvimos allí y permanecerá en la historia de nuestro centenario club, como una de las fechas en la que el sevillismo, la familia sevillista, gritó a los cuatro vientos su amor incondicional. Aquel 1 de junio, en todos los rincones del planeta dónde había un sevillista quedó clara una cosa: A la familia sevillista le late el escudo más que el corazón.

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