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Cien a uno

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Hace unas semanas, comentábamos por aquí la iniciativa de la Peña Sevillista Coke Andújar de organizar un concurso de relatos en torno a la figura de Diego Armando Maradona como homenaje tras su fallecimiento el pasado mes de noviembre. Los ganadores del mismo formarían parte de un libro que, bajo el genérico título de “Uno de los nuestros”, reunirá las propuestas literarias de una serie de autores sevillistas con el Pelusa como argumento principal. Buenos amigos de esta casa como Manuel Machuca, Sara Portillo, Eduardo Osborne, Martín Lucía, Paco Gallardo y así hasta un total de quince apasionadas firmas que han querido prestar generosamente sus letras para un fin tan ilusionante como solidario, pues los beneficios de la venta del libro irán destinados a fomentar la Escuela de Fútbol de Louga, en Senegal, con la que la Peña Coke Andújar viene colaborando desde hace tiempo.

Finalizado el plazo de presentación, la Peña ha recibido más de un centenar de relatos procedentes de toda España y, en una significativa proporción, de Latinoamérica.

Como no podía ser de otra manera, un servidor se ha unido entusiasmado desde el primer momento al proyecto aportando su colaboración escrita. No se trata de un relato, sino de cinco microrrelatos, todos con un motivo común: el mítico minuto 55 del Argentina – Inglaterra del Mundial de México de 1986.

Con la única intención de que les vayan entrando ganas de comprar el libro cuando se publique (y que también incluirá dos firmas de lujo para el prólogo y el epílogo), les dejo con uno de esos cinco microrrelatos. Espero que les guste:

MINUTO 55 – #5

Las cosas en el Cielo no marchaban bien. Algo grave había tenido que suceder para que las Trompetas Celestiales estuvieran tocando a rebato, lo que significaba que el Jefe había convocado consejo de administración extraordinario y por la vía de urgencia.

Todos acudimos prestos a Su llamada y nos fuimos sentando a Su Derecha, lo que provocó una estampa a todas luces ridícula. Con su infalible Bufido nos conminó a ordenarnos alrededor de la gran mesa. Los doce nos colocamos como ya hicimos en su día, cuando celebramos aquella última cena de despedida que tanto dio que hablar.

Tenemos un problema, comenzó diciendo con su Voz celestial. Un problema más grave que cuando a aquel sinsustancia se le ocurrió comparar la religión con el opio. Más grave incluso que cuando aparecieron las cadenas locales de televisión e inundaron la madrugada de programas de adivinadores, curanderos y charlatanes. Más grave aún que el último invento del maldito Demonio, el Satisfyer ese…

¿Más grave que el Satisfyer?, pensamos todos para nuestros adentros. Nos mirábamos y no dábamos crédito. El silencio era más espeso que cuando fuimos convocados para anunciarnos que Benedicto XVI volvía a llamarse Ratzinger…

Maradona acaba de marcar un gol con la mano, dijo con una frialdad sólo comparable a la rabia contenida.

Pues tarjeta roja y expulsión, ¿no?, respondió uno, más por relajar el ambiente que por aportar soluciones.

Ha sido gol. Contra Inglaterra. ¿Sabéis lo que eso significa?, preguntó. Lo que sabíamos era que se trataba de una pregunta retórica, así que nadie se atrevió a contestar. Significa, prosiguió, que si Argentina acaba ganando el partido, a Maradona le preguntarán por la validez del gol. ¿Y sabéis lo que responderá? Dirá “Lo metí con la mano de Dios”. ¿Lo entendéis? Con Mi mano… Con Mi mano… Y ya conocemos a los argentinos, ¿no? De ahí a proclamar que Maradona es su nuevo Dios van menos de dos mates… Todo el Negocio al carajo. Todo el Esfuerzo a la mierda. Ni crucifixión ni resurrección. Nada habrá servido. Un gol no anulado. Esa será la nueva religión del mundo a partir de mañana…

¿Hay algo que podamos hacer?, preguntó a Su Derecha Pedro acariciando compulsivamente las llaves de su llavero.

Sólo una cosa. Desesperada, sí, pero es la única. Uno de vosotros tiene que bajar a esa cancha, meterse en la piel de un delantero inglés y, en lo que queda de partido, para que no haya dudas, marcar tres goles.

¡Un hat-trick!, grité. Todos me miraron como si hubiera roto uno de los ventanales de una pedrada. Lo llaman así los ingleses, me excusé.

Señalándome con el Dedo Índice me dijo: Bajarás tú, ya que tanto sabes.

Salté de mi asiento eufórico y me puse a calentar allí mismo, alrededor de la Santa Mesa, como si de la banda del campo de fútbol se tratara.

¡Vete ya, no hay tiempo que perder!, me gritó.

Y allí estaba yo, en el minuto 55 del partido, en el centro del campo, enfundado en la remera albiceleste con el 12 a la espalda de Héctor Enrique, haciéndole un pase medido a Maradona.

Me cuentan que, en ese momento, Él se echó las manos a la cabeza y, tirándose de los pelos de Su larga Melena blanca, gritó: ¡¡¡Otra vez no, Judas!!!

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