estadio Ramón Sánchez-Pizjuán sevilla fc
El estadio Ramón Sánchez-Pizjuán, en los prolegómenos del partido que enfrentó al Sevilla FC y al Shakhtar Donetsk en semifinales de la Europa League en mayo de 2016 | Imagen: David Ramos/Getty Images

Escribo estas líneas en plena vorágine de suspensiones, aplazamientos, puertas cerradas, vuelos cancelados, partidos sin disputarse y todo tipo de circunstancias excepcionales con motivo del archiconocido coronavirus que parece no tener solución a corto plazo. No me detendré en lo acertado o desacertado de dichas decisiones dado que no dispongo de la información suficiente y, admitámoslo, no debe ser fácil lidiar con este toro bajo tanta presión y con todo el gremio médico en tu contra. Prefiero centrarme en un hecho que se está constatando en medio de toda esta tormenta, la insustituible figura del aficionado o hincha en el mercantilizado hasta el extremo mundo del fútbol.

Pese a no ser del todo de mi agrado y abanderar una escuela neofilosófica del universo del balompié, reconozco que Marcelo Bielsa ha dado varias veces en la clave en lo que algunos conceptos del fútbol se refiere. En concreto, recuerdo una rueda de prensa en la que vino a afirmar que “el espectador es un tipo que mira y disfruta (o no) según la belleza de lo que se le ofrece. El hincha es otra cosa. Por eso digo que en el fútbol, lo único insustituible son los hinchas”. Dicha distinción me pareció completamente genial pese a su aparente similitud. Pudimos comprobarlo amargamente el día del encuentro de Liga de Campeones entre el Valencia y el Atalanta, el cual se disputó en un fantasmagórico Mestalla carente de alma por completo. En estos casos puede comprobarse que, tras las plantillas millonarias, los modernos estadios, las caras equipaciones o el portentoso himno de la Champions, hay un elemento absolutamente imprescindible, la hinchada. Sin ella el resto de factores acaban siendo reducidos a una ridícula puesta en escena que resulta absolutamente deprimente.

El próximo derbi sevillano tiene opciones (cada vez menos) de disputarse a puerta cerrada. Mayor sinsentido aún. Se trata de un partido que, sin el estado de excitación en el césped y en la grada que conlleva, no merece ser disputado. Una vez más, acudo a Enric González en un genial artículo donde defiende la importancia del colectivo en este deporte: “El fútbol tiene importancia, y una cierta trascendencia, por lo que volcamos en él: desde lo colectivo, como la política y la historia, hasta asuntos estrictamente personales como la alienación, la soledad o la rabia. Como gran fenómeno de masas del siglo XX y, por lo que se ve, del XXI, el fútbol consiste en la reglamentación más o menos estricta del furor social. Quien ha acudido a un estadio sabe lo que se siente y lo que se grita. Al día siguiente, la vida sigue. El fútbol funciona como una droga administrada de forma recreativa: nos hace saltar los límites de la corrección y de la sensatez, pero no nos destruye”. Más claro, imposible.

Por ello y por mucho que Javier Tebas y su pleitesía a las televisiones se empeñen, jamás será posible imaginar el fútbol sin la locura controlada que provoca en los hinchas.

¿Derbi a puerta cerrada? Nos hemos vuelto definitivamente locos.

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